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Arropados de luces, carmeros dicen que sin bolas de fuego no hay fiesta

Cuenta la historia que el 15 de julio de 1906, cuando la imagen de la Virgen María llegó a El Carmen de Bolívar proveniente de Barcelona, era de noche y los lugareños se inventaron unas antorchas con pelotas de tela y varas de lata, las cubrieron con petróleo y encendieron, arropándose de luces para mirar la imponencia de la imagen de su santa.  De la emoción por ver la hermosura de la Virgen, los carmeros tiraron las varas y patearon las pelotas, iniciando de esa forma una tradición de más de cien años, que hoy emociona a muchos y desconcierta a otros por el peligro que representan.

EN CARNE PROPIA

Son las 8:05 de la noche del 13 de julio del 2015. La plaza principal de El Carmen de Bolívar está medio llena y los niños juguetean con el agua de la fuente; un grupo de adultos baila al ritmo de la interpretación que hace la banda de ‘Sabores del porro’; un muchacho corretea por la plaza parodiando un noticiero y una cola de jovencitos lo sigue, riéndose de sus payasadas. Todos parecen estar ocupados en sus propias distracciones, hasta que un hombre en overol atraviesa la plaza cargando un racimo de bolas de fique y un señor alto de sombrero se acerca a los diferentes grupos para hacer el aviso esperado: “ando en busca de alguien que ayude a comprar la gasolina... y ese alguien eres tú”, dice y tras entregar un billete de mil o dos mil pesos, los adultos empiezan a sacar a los niños de la plaza. (Fotos: Las bolas de fuego de las fiestas en El Carmen de Bolívar)

A las 8:20 la banda toca un aburrido ritmo que los asistentes ignoran, los músicos ya están acostumbrados a que las últimas canciones no sean bailadas, así que terminan y se van por el costado derecho de la iglesia. Del otro lado, Mingo, el del overol y Ramiro, el del sombrero, se encuentran con El Piña, que carga con él, otro paquete de bolas y una pimpina.

Ramiro coge una botella, saca una bola grande que está suelta y la pone en un muro, le vierte el líquido de la pimpina  y le lanza un fósforo. Se hace la luz y tras unos segundos, hasta cuatro bolas encendidas  están volando sobre las cabezas de los presentes en la plaza. Literalmente, se prendió la fiesta.

LOS BOLEROS

Mingo, Ramiro y El Piña, son los responsables de que desde el 7  hasta el 15 de julio, muchos carmeros se reúnan en torno a una pelota encendida. A pesar del riesgo que representa y de los varios quemados que hay durante las fiestas, ellos y otros carmeros han recibido de sus padres y abuelos la responsabilidad de hacer las bolas para la Virgen y cumplen su compromiso en cada novena, aunque con el pasar de los años se haga más difícil conseguir los materiales. Las bolas se hacen de fique y alambre, que conseguían antes fácilmente con las tabacaleras y las ferretería, pero con el cierre de las primeras, la tarea parece complicada. “Este año parimos el fique”, afirma El Piña, mientras muestra cómo se hacen las bolas.

DIEZ GENERACIONES

Las bolas se queman en todo el pueblo, los barrios tienen una especie de comité que las hace y cada noche se visten con zapatos y ropa que se pueda dañar, para jugar con candela, sin tener en cuenta el peligro. En la plaza central se han llegado a tirar hasta cien bolas en una noche, todas hechas por ‘Los boleros’ y los ayudantes más jóvenes que se van apasionando  con esta tradición.

“¿Quién quedará cuando nosotros nos vayamos?”, pregunta El Piña a los ‘pelaos’ que les ayudan. Fue la misma pregunta que le hizo su padre, un señor de noventa y tantos, que hasta hace dos años todavía apretaba el alambre para hacer una ‘bola de servicio’.

Los tres han recibido la herencia de los viejos, y sus hijos y sobrinos los siguen a ellos. ¿Por qué lo hacen? responden de forma simple: “una fiesta de la Virgen del Carmen sin bolas de candela es como un entierro con mucha gente. Las bolas son la esencia de los días de novena y de la fiesta en sí”, puntualiza Mingo.

¿JUBILACIÓN?

A las 8:50 se acaba la gasolina y la gente se apacigua mientras se terminan de apagar las bolas que seguían en juego. “El otro año no hago”, dice El Piña, sentado en el andén, aburrido porque la gente no quiere dar plata para comprar más combustible. Mingo agarra un racimo de bolas y se la pone al hombro. Ramiro se seca la frente, agarra la pimpina y se acerca a un hombre canoso que está a un lado de la calle, “ando en busca de alguien...” y el tipo le suelta un billete de 10 mil. El Piña se vuelve a animar y agarra otra bola para prenderla; detrás suyo, Mingo y Ramiro se ríen, “todos los años dice que se va a jubilar, pero apenas ve que otro se emociona, busca fique y alambre para cumplirle la manda a la Virgencita”.

LOS QUEMADOS

Durante las novenas de la Virgen, varias personas resultan quemadas por las bolas de candela. Ni siquiera los lanzadores de las bolas se salvan. Este  joven se quemó mientras cargaba la ‘Vaca Loca’ y el mismo Ramiro tuvo quemaduras graves hace unos años, cuando la bola lo bañó con gasolina y terminó prendido.

Minutos antes de empezar ‘el festejo’, los establecimientos comerciales cercanos a la plaza cierran sus puertas y los niños son retirados del sector. Quienes se quedan, lo hacen para correr detrás de la bola  y para vivir el espectáculo, cargado de adrenalina.

SIEMPRE RUEDAN

Las bolas de candela han rodado por las calles a pesar de las épocas violentas en que la población debía recogerse temprano y burlaron a más de un teniente que pretendía imponer demasiado orden durante los días de fiesta. “Hubo un año en que la Policía prohibió quemar las bolas en la plaza. Entonces las tirábamos y nos escondíamos. Los teníamos locos”, cuenta Ramiro. Cansados de correr, los patrulleros se remangaron los uniformes y se pusieron a patear también. “El siguiente año, el mismo teniente los puso a llevar cinco bolas cada uno, para contribuir a las fiestas”.

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