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Sábado 04 Febrero de 2012 Ediciones anteriores |
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Desde que tengo uso de razón estética, he sido casi indiferente a los reinados de belleza. Al Nacional y al de La Papa, al del Café y al de la Arracacha, pasando por el de las Flores, del Plátano y el de la Caña de Azúcar, si existen, porque en Colombia no hay producto de la tierra que no tenga su exhibición femenina y festiva.
Recuerdo que, de adolescente, escuchaba la transmisión del Concurso Nacional de la Belleza. La escuchaba; no la veía. Como escuchaba la Vuelta a Colombia y los discursos de “Gurropín.” La belleza se oía, no se veía. Y esto era preferible: imponía una dosis poética de imaginación.
Hasta hace dos décadas, las bellezas departamentales competían y sus gobernadores se despelucaban a gritos. Hoy, las “niñas” compiten en una carrera hacia sus futuros de presentadoras, de “periodistas”, de modelos, de diseñadoras, de “actrices”. La antigua competencia producía un fervor regional sano, pero, poco a poco, la belleza de cirugía y el modelo único mataron las peculiaridades regionales.
El narcotráfico trastornó hace 20 o más años la función de la belleza y los concursos. Penetró, en todos los sentidos, grietas antes amables de la cultura popular, como las competiciones de belleza y la ejecución de vallenatos, por ejemplo. Estos no se componían para el compadre sino para el Padrino.
No contentos con el patrocinio de equipos de fútbol, los mafiosos patrocinaron reinas, ocuparon plantas enteras de los hoteles de lujo, se casaron o amancebaron con bellas niñas y crearon alrededor de sus vidas una riqueza ilusoria que no era de “sangre azul” sino del efluvio sangriento del crimen. Fueron épocas doradas…del fútbol y los reinados.
Los grandes medios de comunicación les dieron a los concursos de belleza la más sólida de sus bases: pese a la gradual falta de entusiasmo colectivo, la televisión, la radio y los periódicos siguieron presentándolos como importantes. La explicación es sencilla: detrás de la belleza están los anunciantes de varias industrias.
Hace pocos años cobró importancia el reinado popular de las fiestas de la Independencia. La naturalidad de esta belleza no tenía recursos para visitar al cirujano. Apareció una belleza elegida y aplaudida por los vecinos. Y esto le dio un giro radical a las fiestas novembrinas. La belleza podía ser pobre, negra, mulata y mestiza.
Las reinas populares no destronaron a las reinas nacionales. Ocuparon sus propios escenarios y se les metieron en el rancho callejero y barrial de la ciudad. Pero no soy muy optimista: a mediano plazo, las niñas pobres imitarán los métodos de las niñas ricas, que ya no son tan ricas como antes sino que buscan trabajos ricos.
La naturalidad de la belleza de barrio será acariciada por la mano del cirujano, algo que cuesta y no pagará la junta comunal. Las narices chatas de los espléndidos cuerpos oscuros serán finas y rectas, lacio el cabello y, gracias a las lipos, será reducida la incipiente celulitis de las dietas de arroz y ñame. Las clases de etiqueta borrarán del mapa el desparpajo Caribe. ¡Habrá triunfado el artificio!
*Escritor
Comentarios
2010-11-13
7:44 AM
Muy buen comentario, Si analizamos la situaciòn, nos damos cuenta que las reinas populares cada vez màs se van pàreciendo a las de belleza.
2010-11-13
6:47 AM
Dios no lo oiga. Quiero que las reinas populares sigan siendo populares y que el plato preferido de ellas siga siendo el de peltre.
2010-11-13
11:37 AM
estoy muy de acuerdo contigo