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Ridículo y asco

Las tragedias cuyo componente intelectual y espiritual -el político se agotó- requieren de reflexiones para que comprendamos la dimensión de su gravedad, tienden a ser valoradas bajo la preponderancia de una percepción de lo ridículo. 

El acto o la suma de torpezas que labran la tragedia son, indudable, grotescos, desfachatados, estrambóticos, como si la vulgaridad fuera la escalera que anuncia escalón tras escalón la estafa final.

Es posible que esta manera de enfrentar la desgracia tenga un elemento de protección de la salud mental y los sentimientos del ciudadano inerme. Ese que sobrevive a la orfandad del Estado, a la insolidaridad del vecino, a la campana de vidrio que lo rodeó de tanto no ser escuchado. La protección le sirve para no sucumbir al desencanto total. Para no resignarse a la vida como un hastío inconmovible.

Un día, es el consuelo de este ser que inverna en la incubadora de la injusticia y la desigualdad, todo perecerá. Allí tendrá un instante de gozosa venganza. O anticipará la catástrofe como los desesperados que destruyen con champeta y gasolina a su enamorada y después se ahorcan con tiras sudadas. O los que arrinconados en la sin salida, afilan el machete, descabezan a sus hijos que aprendieron a dormir en el suelo de cemento irregular, a su mujer, a ellos mismos.

Ver el ridículo, aun con asco, hace reír. La risa del justo que proclama el derecho a la alegría.

Esa risa con su ingrediente de burla fue la que explotó fuera de Colombia cuando supieron que el país solemne, el de un solo dictador de uniforme y alamares y otros con el frac del orangután que vio Darío Echandía, el país de retóricas y versos, ofrecía gratis el sainete de actores baratos de su recién descubierta índole criminal.

Pero ocurre que el desprecio de la ironía que despierta el ridículo, la indiferencia digna, no completan el cada vez más débil impulso de corrección que alienta todavía en la Sodoma de micos que nos proponen como país. La máscara con la cual ocultamos nuestros actos inaceptables no soporta espejo, se raja sola oxidada por la vergüenza y la necesidad de justicia. No se puede vivir así.

El sobresalto reciente, ahora las tragedias son sobresaltos, con la reforma a la justicia no parece aleccionador ni que provoque propósito de enmienda. Los sobresaltos son escándalos chabacanos para aumentar la dosis de vértigo que asedia al ser humano de hoy. Lo confunde. Ni siquiera le permite la oración o el pensamiento propio. ¿No será el silencio una terapia de choque?

Quién no considera ridículo que a un ministro de Justicia lo expulsen de la reunión donde van a dar redacción final a unas normas con diferencias entre Senado y Cámara. Así como un día no dejaron ingresar a una reunión política en un club al dirigente de izquierda que no usaba corbata. O la vez que García Márquez no podía ingresar al teatro Colón a ver la adaptación de uno de sus cuentos por la bendita corbata que a otros heliotropos no le exigían. Y qué decir de los honorables magistrados mendigando pesos por las libras livianas de sus conciencias.

Colombia requiere urgente un cambio total. O lo hace o terminará en el bamboleo incierto de quienes sacrifican cuanto hay por el dinero que no alcanzarán a gastar en sus vidas de miseria.

El sainete no ha bajado el telón.



*Escritor



rburgosc@etb.net.co 

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