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¿Por qué decir obscenidades puede ser útil?

¿Decir groserías sirve para disminuir el dolor ante un accidente, como el golpearse el dedo pequeño del pie con la pata de la cama? Parece que sí, sugiere un estudio sobre el tema.

A todos se nos ha escapado una. Sea fruto de un golpe en el dedo pequeño del pie o un machucón con una puerta, la grosería está en la punta de la lengua, lista para responder al accidente.

Algunos la dicen con fuerza, como a gritos, mientras que otros la cambian a mitad de camino y terminan diciendo algo como “juepucha”, “juemadre” o “marina”.

¿Por qué ante un golpe viene la obscenidad? La psicología, que ha estudiado el tema, tiene una posible respuesta.

QUÉ MALDITO FRÍO

En 2009 un grupo de investigadores de la Universidad de Keele, en Inglaterra, se dio a la tarea de analizar si maldecir afectaba la forma en la que diferentes individuos percibían o resistían el dolor. Aunque las malas palabras son una respuesta común al dolor, el tema no se había estudiado, dice el estudio.

La idea le surgió al psicólogo Richard Stephens, quien lideró el estudio, luego de escuchar el vocabulario de su esposa mientras daba a luz.

Para la pesquisa se les dijo a 67 estudiantes que sumergieran sus manos en agua fría y que aguantaran el dolor. El estudio midió ritmo cardíaco, percepción de dolor que tuvieron y qué tanto tiempo soportaron con sus extremidades sumergidas en el líquido helado.

Antes del ejercicio se les pidió que escribieran una de dos palabras: un adjetivo para describir una mesa, o algo que dirían si se golpearan el dedo con un martillo. Cuando sumergieron sus manos en el hielo se les explicó que podían decir cuantas veces quisieran la palabra que habían apuntado.

Al maldecir, los voluntarios reportaron sentir menos dolor (es decir, disminuyó su percepción de este), aumentaron su ritmo cardíaco, y duraron unos 40 segundos más que los otros, con lo que podría decirse que mejoró su resistencia.

Sumado a estos aspectos, la indagación también tuvo en cuenta diferencias de género, el temor al dolor, la ansiedad y la catastrofización del dolor (ver recuadro). El único caso donde maldecir no aumentó la tolerancia fue en hombres con tendencia a la catastrofización.

La consecuencia de las obscenidades tanto en la percepción del dolor como en su resistencia fue descrito como hipoalgésico. Es decir, que interrumpe o disminuye el estímulo doloroso, sea en el lugar donde se encuentra el dolor, o en su procesamiento en el cerebro. El efecto, señalan, podría ocurrir en este último, donde las groserías inducirían un estado de lucha o huida, una respuesta de los organismos al sentirse atacados o amenazados.

Este estado, que literalmente prepara a los animales para luchar o huir por su vida y ha sido estudiado con amplitud por la ciencia, puede anular el miedo al dolor o la percepción de este del organismo mediante una descarga de adrenalina y otras sustancias, entre una variedad de posibles reacciones. Es decir, el dolor sigue ahí, pero dejamos de sentirlo o temerlo tanto.

¿EL PAPEL DE LA AMÍGDALA?

A pesar de lo anterior, la forma como maldecir lograría efectos físicos no es del todo clara. Para algunos psicólogos pareciera estar la amígdala cerebral, una región del cerebro que se encarga del procesamiento de reacciones emocionales.

¿Por qué? Una explicación, indicada en 1999 por investigadores de áreas de la psiquiatría, la psicología y la neurobiología, sería que las amenazas verbales son procesadas en esta parte del cerebro, a diferencia de otras expresiones del lenguaje.

Es decir, que la amígdala cerebral cumple un papel a la hora de interpretar el peligro que se deriva del lenguaje (como cuando alguien amenaza a otro, lo que a menudo conlleva el uso de obscenidades).

También, la amígdala cerebral está en la capacidad de activar el estado de lucha o huida y, entre otros, enviar órdenes para la activación de neurotransmisores, como la adrenalina. El aumento del ritmo cardíaco de los estudiantes del estudio estaría relacionado con la activación de la amígdala cerebral.

Esta explicación, apunta el portal especializado Scientificamerican.com, está apoyada por otros autores. Según el medio, el psicólogo de Harvard Steven Pinker señala en su libro El mundo de las palabras (2007) que “maldecir activa un reflejo defensivo similar al de un animal que es herido de repente o encerrado, y que estalla en una lucha furiosa, acompañada de una vocalización violenta, para asustar e intimidar al atacante”.

LA SEGUNDA PARTE

En 2011 Stephens y Claudia Umland, de la misma universidad, repitieron el experimento del agua fría y las obscenidades. En esta ocasión buscaban determinar si maldecir con más frecuencia hacía que las obscenidades perdieran su efecto para reducir el dolor después de un golpe. La investigación halló que, en efecto, entre más maldijera una persona a diario menor era el beneficio.

El resultado trae a colación una explicación tanto interesante como necesaria para estas investigaciones. No es que nuestro cerebro esté biológicamente programado para producir adrenalina cuando escucha una mala palabra. De entrada, esta idea se refutaría con las diferencia entre obscenidades según el idioma.

El motivo, dice el estudio, es que el mecanismo que ayuda a aumentar la tolerancia al dolor es la respuesta emocional (gracias, tal vez, a la amígdala cerebral) que provocan las obscenidades.

Ahora, no es que maldecir en cualquier momento produzca un efecto analgésico. Existen casos de personas que toleran igual de bien el dolor en silencio, pero si usted es de los que se les sale una grosería al golpearse, dígala tranquilo.

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