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La tristeza y pobreza aún no se han ido de Pichilín

La tristeza y la pobreza aún no se han ido de Pichilín...
El olvido y la impunidad siguen reinando en esas tierras de los Montes de María, atacadas durante varios años por diferentes grupos al margen de la ley.

Eso fue evidente ayer durante el homenaje que familiares hicieron a las 12 víctimas de la masacre ocurrida en ese corregimiento un miércoles 4 de diciembre de 1996.
Tras caminar tres kilómetros, desde la cabecera municipal de Colosó hasta el corregimiento de Pichilín, que es jurisdicción del municipio de Morroa, familiares de las víctimas con pancartas y banderines blancos expresaron el dolor que sienten por la manera como les ha tocado vivir en esa tierra tan lejana y olvidada.
En ese corregimiento, que parece no pertenecer a ningún municipio, fue instalado un monumento, simbólico y rudimentario, pero muy significativo para sus habitantes.
Aquellos que han vivido en carne propia el terror, la desidia, el olvido y peor aún, la pobreza, pusieron nueve piedras en las que después grabaron los nombres de las víctimas de ese macabro miércoles 4 de diciembre de 1996. Fueron 12 las víctimas, pero sólo nueve nombres fueros escritos, pues las otras tres personas asesinadas no eran de Pichilín, sino los conductores de tres de los vehículos que utilizaron los paramilitares para poder entrar al sitio.
Luis Enrique Salgado Rivera, un viejo campesino y uno de los fundadores de la población, aún recuerda el día en que a la plaza de Pichilín, llegaron cerca de 11 vehículos (tipo Jeep) repletos de aproximadamente 50 paramilitares portando armas largas.
“Nosotros estabamos construyendo la casa de Juan Rivera, cuando los paramilitares dieron la orden de reunirnos todos los hombres, mientras que a las mujeres se las llevaron detrás del puesto de salud junto con los niños, y de inmediato dispararon contra Manuel Pérez y después cogieron al otro muchacho, lo pusieron boca abajo y le dieron un tiro de fusil, eso fue como a las 2 y 30 de la tarde, luego se llevaron a ocho más, entre ellos a un sobrino mío, a quienes mataron y sus cuerpos los regaron por la vía que conduce hacia Palmito. También quemaron dos casas, donde estaban los billares”.
La masacre de Pichilín, que era la primera que cometían los paramilitares en el departamento de Sucre, dejó 12 muertos y cientos de desplazados. Por eso, ayer cuando se cumplieron 13 años de esa triste escena de tortura y muerte, sus habitantes rindieron homenaje a sus muertos realizando el mismo recorrido que hicieron los paramiltares para llegar hasta el pequeño poblado conformado hoy por 28 casas.
El recuerdo aún está perenne entre sus habitantes y en cada vivienda hay una historia que contar sobre la violencia que han tenido que soportar desde hace más de 13 años.
Luis Enrique Salgado Rivera es un hombre de 74 años, oriundo del municipio de Morroa y que lleva 36 años de estar viviendo en el corregimiento de Pichilín. Se fue a vivir a ese lugar, lleno de sueños y esperanzas, tras recibir un pedazo de tierra de parte del Incora, y después fue beneficiado con un pequeño préstamo para comprar ganado, el que más tarde tuvo que malvender porque el verano acabó con el pasto.
Luego se dedicó junto con otras 21 familias más a la agricultura. Fue una población que fue creciendo con el tiempo y cuando ocurrió la masacre ya eran 36 familias en total las que conformaban el corregimiento.
Fueron verdaderos momentos de terror los que vivieron las familias de Pichilín después de la masacre. El 8 de diciembre de 1996 se fueron todos a vivir a Morroa, dejaron al viejo Luis Enrique y a su familia encargados de todas sus pertenencias. Las cosas no podían ser peores, en Morroa pasaron hambre y, por eso, esas mismas familias temerosas tuvieron que nuevamente regresarse al corregimiento el 22 del mismo mes.
“Nosotros dormíamos en el monte a la merced de mosquitos, culebras y todo tipo de animales, huyendo de cualquier ruido que oíamos, o camión o carro que llegaba; quedamos muy nerviosos, y después se metió la guerrilla también a golpearnos”, dijo el anciano.
Cinco años después de la masacre, los habitantes de Pichilín también fueron hostigados por algunos grupos guerrilleros, lo que terminó en el asesinato de dos jóvenes hermanas, Diana y Rosiris.
“Hace como siete años mataron a las dos muchachas, de llamarse Diana y la otra Rosiris, eran hermanas. Después de eso, ponían bombas, encontrábamos alambres raros que eran escarbados por las gallinas”, asegura en voz muy baja Luis Enrique.
Años más tarde, algunos habitantes se fueron yendo hacia Colosó, Toluviejo, Sincelejo y Morroa. Sin embargo, ahí siempre ha quedado el campesino más viejo del lugar, junto con su compañera Gloria Margarita Tovar, una anciana un poco mayor que él, y con cuatro de sus 10 hijos, Doris, Dany, Noly y Oneida.
Los que aún habitan en Pichilín expresan una y otra vez que están abandonados, sin vías de acceso en buen estado, sin agua potable, pues con la que cuentan es con la que sacan de un pozo, cuya agua no es apta para el consumo humano. También les faltan servicios médicos, pese a que hay construidos dos puestos de salud, uno de ellos dotado de camillas y otros elementos, pero desde el día de la masacre, nunca más recibieron apoyo para su funcionamiento.
En Pichilín hay una escuela, pero los maestros no dictan las clases completas, si acaso un 50 por ciento, porque cuando llueve los carros no pueden cruzar los arroyos que están sin puente, y los maestros viven, uno en Sincé y el otro en Corozal.
“Estamos mudos de todos los servicios que el ser humano necesita para vivir, no tenemos nada, ni siquiera los títulos de nuestras tierras, pero trabajamos y vivimos de la agricultura, aunque el Gobierno nunca nos ha ayudado en nada”, precisó el campesino.
Hoy con ayuda de algunas organizaciones no gubernamentales han regresado a sus vidas las esperanzas de contar con un mejor mañana.
Ese 4 de diciembre de 1996 cuando les arrebataron brutalmente las vidas a Manuel Pérez, Jorge Luis Torres, Emiro Tovar Rivera, Luis Eduardo Rivera, Ovidio Castillo, José Daniel Rivera Cárdenas, Federman Rivera Salgado, Luis Salgado, Eberto Tovar, Denis Ruiz, Manuel Vergara y Germán Vergara, también les arrebataron a los pichilineros la alegría montemariana que los caracterizaba, los pocos bienes que tenían, la paz, sus sueños, y a cambio les dejaron sembrado el silencio. Han sido 13 años de no decir ni escuchar.
Hoy reina el olvido porque la institucionalidad no quiso volver hacia ellos su mirada, además de 13 años de impunidad.

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Comentarios

gracias a la prensa por no

gracias a la prensa por no olvidar a nuestras victimas, y tener presente a nuestra region que ha estado en el mas profundo abandono estatal