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Brillante escritor: A veces tan Abad, a veces tan Lince

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Tuvo padres excepcionales: el médico, profesor universitario y líder de derechos humanos Héctor Abad Gómez, un hombre sencillo y doña Cecilia, quien trajo al mundo a Héctor Joaquín, un día de 1958 en Medellín.

Brillante escritor, columnista polémico, agudo y mordaz conferencista, pero tímido entrevistado. Así es Héctor Abad Faciolince, reciente premio literario de la Casa de América Latina de Portugal. Hombre de palabras.

1. DEMASIADO HUMANO
Eso de ser único hombre entre cinco hermanas lo hubiera echado a perder, y por momentos tambaleó. Sin embargo, se sobrepuso —de qué manera— y se volvió el de mostrar de la casa.
Tuvo padres excepcionales: el médico, profesor universitario y líder de derechos humanos Héctor Abad Gómez, un hombre sencillote y campechano que se crió entre Jericó, Antioquia y Sevilla, Valle.
Y doña Cecilia Faciolince, quien trajo al mundo a Héctor Joaquín, un día de 1958 en Medellín.
“Mi papá fue como un padre ideal, o quizá mejor que el ideal, un poco exagerado con su afecto y con su confianza”, contó el hijo a El País.
Lo pusieron a estudiar en un colegio del Opus Dei y poco después de graduado, Héctor papá fue nombrado consejero cultural de la Embajada Colombiana en México, 1978. Allá Héctor hijo asistió a talleres de poesía en el centro cultural de la Universidad Autónoma de México.
Un año después estaban de regreso a Medellín y el muchacho empezó estudios de medicina, luego de filosofía y después de periodismo, todos inconclusos, en la Pontificia Bolivariana. La misma de la cual fue expulsado en 1982 por escribir un artículo irreverente sobre el Papa.
Cuando parecía que se echaría a perder, Héctor se marchó a Italia a estudiar idiomas y literatura en la Universidad de Turín. En 1986 se graduó ‘summa cum laude’, y su tesis sobre el escritor cubano Guillermo Cabrera Infante, ‘Tres tigres atrapados’ recibió el ‘Dignitá di stampa’, que significa “digno de publicación”.
En casa respiraron felices y Abad Faciolince regresó en 1987. El 25 de agosto su padre fue asesinado.
“Cuando mataron a mi papá yo me fui de Colombia, a raíz de unas amenazas a finales del año 87, el día de Navidad de ese año. Me fui con la intención de dejar de ser colombiano. Yo odiaba a Colombia y quise hacerlo y lo intenté durante varios años”, confesó años más tarde.
Se refugió en Italia, donde fue profesor de español hasta 1992: “Quise volverme italiano y no lo conseguí. No lo conseguí porque uno es del sitio donde pasa su infancia y su juventud y siempre sentirá en otras partes, aunque esté muy bien, cierta pequeña incomodidad que si uno no la siente de todas maneras los otros se la hacen sentir. Aunque yo hablara italiano como un nativo prácticamente, después de una hora de conversación algo se me saldría y alguien me recordaría que yo no era italiano”, admitió Abad.
De nuevo en Colombia y ya sin amenazas, trabajó como traductor de italiano e inició su carrera de escritor.
“Creo que él sabía que yo iba a luchar con mi escritura para que su vida fuera recordada. Sabía también que tarde o temprano nos olvidarán a él, a mí, a todos nosotros. Y, con Borges, nos dejó el mensaje de que ese olvido no es una tragedia, sino también un consuelo”, comentó Abad a raíz de la publicación de ‘El olvido que seremos’, en que cuenta la historia del crimen contra su padre.
Esta mezcla de representante de una minoría masculina familiar, su lado rebelde, las experiencias del padre maravilloso, la manera como murió y el exilio, marcaron la personalidad de Héctor Abad Faciolince: “Tiene fama de distante, pero en realidad es supremamente tímido y reservado, muy inteligente y sensible”, lo describe Adriana Echeverry, editora de dos de sus libros en Editorial Planeta.
Y Ana María Cano, esposa de Héctor Rincón, director de ‘La Hoja’ de Medellín, ahonda: “Héctor es en esencia sensible, con un inmenso deseo de justicia y de poder hacer de Colombia un país digno”.
A la vez, “es muy tímido. Trata de abrirse a los demás, pero lo traiciona la timidez. Eso lo hace ver como algo pedante, pero en el fondo es incapacidad de acercarse o de revelar toda la fragilidad derivada de su gran sensibilidad”.
Sin embargo, “cuando toma confianza tiene una conversación muy sabrosa, especialmente cuando se le suelta el sentido del humor, pues en ese momento se revela su inteligencia tan vivaz”.
Ana María, quien lo conoce desde hace 18 años, no vacila en describir a Abad como “polémico y peleón, pero eso no molesta, porque es una persona que dice lo que piensa en un país de gente solapada”.
Y complementa Adriana Echeverry: “A diferencia de otros escritores, Héctor Abad conserva intacta su humildad, acepta recibir críticas, sugerencias, orientaciones, y cuando defiende su punto de vista lo hace a partir de convicciones y no de orgullo o de espíritu controlador. Es un escritor de oficio; no es el escritor que quiere sólo figurar en los diarios”.

2. VUELO DE PLUMAS
“Pienso que la literatura no es una actividad tan importante. Tal vez tiene más prestigio de la cuenta y los escritores se creen mucha cosa. La utilidad de la literatura, para mí, es que paso horas leyendo, y esas horas me han hecho muy feliz.
Si consigo lo mismo con algún lector, alguna vez, habré cumplido mi tarea”, afirma Héctor Abad Faciolince.
Detrás de ese aparente desencanto hay un amor ilimitado, que afloró a los 12 años de edad y hoy lo tiene como representante de una generación de escritores situados más allá del realismo mágico.
Sus primeros escritos, por allá a comienzos de los años 70, pasaron por los ojos del novelista Manuel Mejía Vallejo y del poeta Carlos Castro Saavedra, pues “mi papá era muy amigo de los dos”, vecino de Castro y coterráneo de Mejía, pues ambos eran de Jericó.
Héctor Abad lo confesó: “En realidad mis poemas yo se los entregaba a una poeta que se llama Olga Helena Mattei. Yo era compañero del colegio de un hijo de ella, entonces le mandaba los poemas con su hijo. Además de leerlos y comentármelos, ella también se los mostraba a Mejía Vallejo. En una ocasión él me mandó unos comentarios. Con Castro era porque mi papá se los mostraba”.
Pero Héctor no estaba contento, “pues a mí no me gustaba mucho mostrar lo que escribía y estuve en desacuerdo con que mi papá se los hubiera mostrado a Carlos Castro, entonces eso se suspendió”.
Abad cree que “mi papá siempre tuvo el sueño de ser escritor. Entonces el hecho de que yo hubiera escogido esta profesión a él no sólo le gustaba sino que le entusiasmaba y la apoyó con muchísimo afecto”.
De hecho, “yo empecé a estudiar medicina y no vi un gran entusiasmo de parte de él. Cambié muchas veces de carrera y siempre me apoyó completamente en todos los cambios”, confesó Abad.
Y los explicó: “La literatura no es una carrera y estaba preocupado en cómo podía ganarme la vida. Al final tuve la suerte de poder combinar escritura, libros, lectura, traducción como una pasión que es también una manera de ganarme la vida”.
Y vivió los avatares del escritor desconocido, cuando ya era relativamente conocido: “escribí ‘Tratado de culinaria para mujeres tristes’ (1996) lo mandé a nueve editoriales y todas dijeron que era un mal libro. Y lo publicó mi novia, de su propio bolsillo, porque yo no tenía plata. Yo estaba seguro de que era un libro bueno, y después de que lo publicamos, ¡tan!, lo vieron los editores y les gustó”.
Algo parecido sucedió con el libro de viajes ‘Oriente comienza en El Cairo’ (2002) “que en España se vendió menos que todos mis otros libros. A Colombia lo trajeron a un precio exorbitante. Lo triste es que en España lo iban a picar y yo importé los libros que quedaban” para regalarlos.
De todas las novelas escritas por Héctor Abad Faciolince, ‘El olvido que seremos’ es la que lo dejó más satisfecho, “no me importa lo que digan sobre ella. Porque lleva en sí misma mi propia recompensa”.
Cuando comprobó el éxito que tenía con el público, “por primera vez en la vida me siento satisfecho con lo que hago”, dijo a El País en 2006. “Parezco muerto. Voy a ver si las dificultades de la escritura me devuelven a la vida”.
Abad siguió escribiendo, pero no pudo eludir la satisfacción: hace unos días ganó el premio literario de la Casa de América Latina de Portugal y se embolsilló 10.000 euros (US$12.700).
“Es el único libro que he escrito por necesidad, por una necesidad íntima, y al mismo tiempo por obligación: es la única novela (digamos que es novela), que yo mismo me he impuesto como una obligación personal”, escribió en el prólogo, porque “yo fui testigo de una injusticia cometida contra alguien de mi propia familia. Cuando uno es testigo de algo así, hay una obligación moral de protestar contra esa injusticia, de hacer algo. Este libro es mi manera de hacer algo”, explicó Abad Faciolince a El País.
Fue una obra que le costó mucho dolor, afectivo e intelectual: “Por eso me demoré tantos años, casi veinte, antes de escribir este libro, o este testimonio novelado. Uno en literatura no puede dejar correr libremente las emociones pues en bruto funcionan muy mal por escrito”.
Además, “desnudar la propia vida frente a un montón de personas que no te conocen causa fuerte resistencia. Contar lo íntimo, lo familiar, tiene mucho de impúdico, y hay que superar muchas resistencias para poder contarlo”, admitió.
A pesar de lo cual, “lo escribí sin pedir permiso, pero lo publiqué con el permiso de mis hermanas y de mi mamá, que no quitaron nada de lo que escribí, sino que le añadieron detalles a la historia. Digamos que pulieron mis recuerdos”.
Adriana Echeverry, editora de Planeta, lo dijo: “El éxito de ‘El olvido que seremos’ lo tomó por sorpresa. Él no quería escribir un ‘best seller’, sino contar una historia que tenía atravesada entre pecho y espalda. Pero esa historia no deja de crecer, de popularizarse, de ganar premios, y año tras año, semana tras semana, sigue en la lista de ‘Los 20 libros más vendidos’. Así que su éxito no fue cuestión de moda, sino que se está convirtiendo en un nuevo clásico de la literatura colombiana”.
Pero Héctor Abad Faciolince —un eterno inconforme— asegura que “mi dificultad es que nunca podré ser tan buen escritor como mi papá pensaba que yo era y eso me condena a no estar nunca satisfecho con nada”.

3. EL PADRE ABAD
Héctor Abad Faciolince hace honor a su apellido paterno: es discreto y silencioso como un padre abad. Es más lo que calla que lo que habla, en especial sobre su vida privada.
Por Ana María Cano, esposa de Héctor Rincón, director de ‘La Hoja’ de Medellín, se sabe que toma vino en ocasiones, que le gusta comer bien, “pero no sé en una parranda larga qué toma, pues nunca he estado con él en ninguna”.
Se sabe que estuvo casado, pero hasta el nombre de esa esposa es omitido: “He conocido a varias mujeres que han estado con él, pero no sé qué tipo de mujer le gusta. Conocí a la esposa, con la cual tuvo sus hijos, y a una novia. Escribió un texto sobre las mujeres fuertes y espero que sea una declaración del tipo de mujer que le gusta”, añadió Ana María.
Por su parte, Adriana Echeverry, su editora en Planeta, afirma: “No creo que él sea consciente del enorme atractivo que ejerce sobre las mujeres, pero conozco muchísimas que le darían el sí ya mismo, y se casarían con él sin pensarlo dos veces”.
Abad tiene dos hijos: “No soy de esos padres que alaban a sus hijos delante de todo el mundo”, dijo a El País en una ocasión, pero tiempo después aseguró: “Me parece que mis hijos son perfectos. Sé que no lo son, pero lo que hacen me encanta. Y siempre estaré de parte de ellos, hagan lo que hagan y aunque no me gustara lo que hicieran”, admitió.
El silencio de Abad sobre su familia es poco usual en un antioqueño, pero es que él no encaja en el paisa típico: “Tengo el grave defecto de ser antioqueño. Y éste, como todos los demás defectos, tienden a empeorar con la edad”, dijo.
Así es su relación con Antioquia: “Yo me siento bien en muchas partes del mundo. Pero la única cultura que entiendo a fondo es la mía, la única lengua que entiendo a fondo no es el español, sino la variante del español que se habla en Antioquia. Sé que el pobre cerro Nutibara de Medellín o mi cabaña en La Ceja son los sitios a los que tengo que volver siempre, y donde quiero morir. Yo lo que soy es un montañero de Antioquia, que ha salido a tomar aire, a respirar, pero que se siente en esas montañas más cómodo que en ningún otro sitio”.
Ana María Cano explica la ambivalencia: “Abad está en desacuerdo con ese orgullo provinciano de los antioqueños, que tanto daño nos ha hecho y que nos hace creernos una raza distinta y superior. Él toma distancia de esa actitud, pero si se le habla del paisaje, de determinados escritores antioqueños, de determinados aspectos de Antioquia, él se deshace en elogios”.
Y uno de esos escritores que admira probablemente sea el poeta sonsoneño Carlos Framb, el mismo que en 2007 le aplicó la eutanasia a su señora madre de 82 años de edad, por pedido de ésta. El escritor fue acusado de homicidio y encarcelado. Al enterarse del caso, Héctor Abad Faciolince, conmovido, pagó el abogado que obtuvo veredicto de inocencia para Framb.
Es que la justicia es un tema que aparece en el ideario de Abad. Tal vez por ello, “recientemente descubrió un interés por la política y por la participación en un cambio de este país. Eso es importante, porque es un líder de opinión”, dijo Ana María Cano.
Otro aspecto develado de Abad, aceptado por él a regañadientes, es su gusto por la poesía, que escribe en secreto. “He publicado una poesía en mi vida y he escrito en mis cuadernos. Antes pensaba que iba a ser un poeta póstumo, que iba a dejar eso por ahí, por si mis hijos querían publicar algunos poemas míos. Últimamente he pensado que tal vez antes de morirme publique un librito de poesía, pero no sé cuándo”, admitió.
Como reveló que no tiene rituales para escribir: “Cuando era muy joven tenía que escribir con pluma y con tinta sepia y en cuadernos muy bonitos. Todavía uso cuadernos bonitos, pero no tanto, y ya me gusta más escribir con bolígrafos baratos. He dejado atrás ciertas vanidades”.
Al referirse a su oficio de columnista de prensa, dice que este ejercicio “me mantiene con los pies en la tierra” y en sus escritos “ataco a los autoritarios, ataco a los que combaten la alegría y los ataco con furia, porque se lo merecen y porque ellos me tratan así. Si ellos atacan la alegría y la libertad con esa persecución reaccionaria, conservadora y fanática, pues yo me burlo de ellos también con toda la fuerza. Creo que toca”, se exalta con sólo pensarlo.
Abad piensa que vive del periodismo y no de sus libros. Los 10.000 euros que recibió hace dos semanas en Portugal parecen insinuar otra cosa.

EN POCAS PALABRAS
“Soy un escritor al que le tienen sin cuidado los géneros. Ni mis novelas son novelas en el sentido tradicional, ni mis cuentos son siempre cuentos”. Héctor Abad F.
“No creo que él sea consciente del enorme atractivo que ejerce sobre las mujeres. Conozco muchas que se casarían con él sin pensarlo”. Adriana Echeverry, editora de Abad, en Editorial Planeta.
“He conocido a varias mujeres a su lado, pero no sé qué tipo le gusta. Escribió sobre las mujeres fuertes y espero que esa sea el tipo que le gusta”. Ana María Cano, periodista.
“Aunque no le temo a la muerte, tampoco quiero que me maten. Ojalá no me maten: quiero morir rodeado de mis hijos y mis nietos”. Héctor Abad Gómez, en ‘El olvido que seremos’.
“Como carezco de verdadera imaginación, y como no tengo aptitudes para la literatura fantástica, todo lo que escribo está filtrado por la experiencia”.
“Ser cuentista o ser novelista es una cuestión de estado de ánimo, de pereza y de tiempo disponible. El cuentista es un novelista que sufre de haraganería”. Héctor Abad Faciolince, novelista y cuentista colombiano

ESCRITOR DE PELÍCULA
‘Fragmentos de amor furtivo’, de Héctor Abad será llevada al cine.
“Siempre pensé que tenía ese carácter y me sorprende que no me lo hayan ofrecido antes”, dijo.
El autor quiere que la protagonice Angie Cepeda.
“Es una comedia, pero no del tipo de las que se han hecho en Colombia”, añadió Abad Faciolince.

SONETO POLÉMICO
Tengo algunas personas que me odian con una fidelidad y una constancia que ya se quisiera el amor”, dijo Héctor Abad en 2006, como anticipándose a la polémica que se suscitó por el soneto hallado en el bolsillo de su padre cuando fue asesinado:
“Ya somos el olvido que seremos./ El polvo elemental que nos ignora”.
El soneto dio título al más famoso libro de Abad, quien atribuyó el poema a Jorge Luis Borges.
En 2009, el poeta bugueño Harold Alvarado Tenorio reclamó el soneto y cuatro más, escritos “por ver si era yo capaz de hacer algo que se pareciera a su obra” (la de Borges), escribió, y calificó a Abad como “el más ilustre de los huérfanos, el único que ha ganado millones con el fusilamiento de su papá”.
Abad devolvió atenciones al tratar a Alvarado de “ridículo sobrino por lo mucho que lloraste el secuestro y la muerte de tu tío Rogelio”(Tenorio).
María Kodama viuda de Borges, niega que el soneto sea de éste, pero expertos argentinos aseguran que sí.

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