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Ganador del Premio Alfaguara de Novela 2010

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Como todos los días, Hernán Rivera Letelier se despertó temprano. Lo primero que vio fue la pica y la pala con la que tenía que ir a trabajar. De solo tenerlas a su lado sintió que le dolían las manos y la espalda; pero se resignó y se fue a cumplir con su destino.

Luego se despertó. En realidad, esa es la pesadilla que lo sigue persiguiendo 15 años después de haber dejado de ser un obrero que escarbaba las minas de salitre en Algorta y Antofagasta, en Chile, y se dedicó a vivir de la escritura.
Y no es porque le amargue su pasado, al contrario, agradece haber vivido en ese duro sitio, porque de allí, ni siquiera de sus pesadillas, fue que pudo extraer los personajes e historias para libros como ‘El arte de la resurrección’, ganador del Premio Alfaguara de Novela 2010.
En este libro, uno de los promocionados en la Feria del Libro de Corferias, se narran las andanzas de un personaje real de comienzos del siglo XX, el Cristo de Elqui, quien decía que era el enviado de Dios, en los pueblos era recibido como el verdadero Mesías y hasta daba sermones, casaba parejas y daba consejos como un alto jerarca.
“Lo que hago es transformar, en algo mágico, escenas o personajes comunes y corrientes. Narrar a través de palabras, a través de como lo cuente, a través de la poesía o del sentido poético y la gente lo encuentra mágico... es un personaje común y corriente que lo encuentran mágico, para mí es una historia corriente”, dice este escritor nacido en Talca en 1950 y quien visitó Bogotá para lanzar su libro.
Dice que sus personajes son normales “porque no levitan, no desaparecen o no traspasan las paredes, todos simplemente pasaron por el desierto”.
Este hombre, que repite la palabra ‘huevón’, característica de algunos chilenos, explica que el desierto es su Macondo, que mientras otros están interesados en la urbe o en las historias de ciudad, a él le gusta ser un narrador de su paisaje, “contando mi universo, contando lo que me sale de las tripas” que son las historias de lo que sucede en las salitreras.
A este hombre con buen sentido del humor le gusta recordar entre risas que nunca fue a una universidad, aunque un amigo leyó un poema suyo y le dijo: “No, huevón, tú pasaste por la universidad”. Y él respondió: “sí, una vez que fui al estadio, huevón”.
No hubo necesidad de ese estudio. Cuando era joven y a pesar del poco tiempo que le quedaba por sus trabajos en las minas, como vendedor de periódicos y mensajero, leyó los clásicos de la literatura que se convirtieron en sus mejores profesores. De ahí se formó su estilo, del que confiesa tiene dos secretos: el humor y la poesía.
“Cuando digo que una novela me quedó buena, no lo digo a la primera versión. Me he sacado la cresta con siete versiones y hasta 70 correcciones. Descubrí que el humor y la poesía eran fundamentales para volver universal una historia local. Porque con las salitreras no estoy contando nada nuevo, nada diferente de lo que se escribió antes... pero llegué a la conclusión de que antes se quedaban en el leguaje localista”.
Por eso dice que buscó “la forma, el ángulo del tiempo, el lenguaje y descubrí que el humor me salva de no caer en el tono de autoconmiseración y la poesía de no caer en el panfleto, en el discurso incendiario, y creo que de alguna manera lo logré”.
Unido a esa búsqueda de su estilo, afirma que fue fundamental haber vivido en las salitreras, “porque soy un autodidacta, no soy un intelectual. La diferencia de un intelectual y yo es que él cree y yo no, yo tengo fe; él cree en sus títulos, en su master y yo en mi experiencia de vida, en mi memoria, en mi imaginación, en mi intuición”.

El silencio del desierto
Lo ha marcado tanto el desierto que aún vive allí y todos los días, sin importar el lugar del mundo en el que se encuentre, se encierra durante dos horas en una habitación, cierra los ojos y se queda en silencio.
“Diariamente necesito una dosis de silencio y de soledad, los mismos del desierto, son fundamentales. Soy un convencido de que el silencio del desierto fue el que me enseñó algo fundamental para escribir, me dio la fórmula para encontrar la esencia de la soledad. Quedo más lúcido, más inspirado, más sensible, el silencio es como la puerta de entrada a la espiritualidad”.
El pensamiento de Hernán Rivera Letelier parece ser contrario a lo que se vive en un mundo de carreras. “Estamos en una época del ruido. Por eso todo mundo está enfermo y leen libros de superación. No pido que se vayan a un monasterio o de monjes budistas. Pero es que una persona cuando está sola lo primero que hace es prender la radio, es como que no soporta estar consigo mismo, como que no se gusta, no se quiere. Si no te soportas a ti mismo, estamos mal. Me divierto mucho conmigo mismo”.
Su otro modo de escape es la escritura. Para él, sentarse a plasmar la vida con letras “es un placer”. No busca premios, “escribo porque me siento bien y lo voy a seguir haciendo. Si los premios vienen, bienvenidos sean, si no, qué se le va a hacer”.
Para conocer su forma de ser no hay sino que ver los videos en los que aparece en youtube: siempre viste de negro y jeanes: “Desde hace años, desde que dejé de trabajar, dije que no iba a gastar ninguna energía en eso de pensar qué me pongo. Si me invita el Presidente, un diputado… a la mierda, me pongo un blue jean, una camisa, mi chaqueta y chao, es cómodo. Tengo cuatro jeanes, seis camisas, una chaqueta de cuero y un par de zapatos que cuando se me acaban me compro otro. Y no tengo auto, para qué, como en el cuento, el hombre feliz no tiene camisa… no tiene auto”.

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