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60 años de un libro prodigioso

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En la novela histórica el autor parte de un acontecimiento o un personaje verídicos para hacer su narración, y éstos no son el resultado o la consecuencia de un esfuerzo íntegro de la imaginación, como sí ocurre en el caso de la novela de ficción. En la novela histórica el autor evoca un pasado y lo reconstruye para presentarlo con herramientas propias, y acaso esa intervención suya subjetiva es lo que le vale la censura de los historiadores académicos que le exigen precisión y exactitud. Pero es que los propósitos de la novela histórica no son los mismos que los de la crónica o la biografía. Lo suyo es interpretar con mirada creadora aquello que puede cotejarse en la realidad documental.En el caso de la biografía, por ejemplo, el autor registra lo que ha sido producto de su exhaustiva y rigurosa investigación. En la novela histórica, en cambio, el escritor da una versión de lo que aconteció, y eso es lo que hace Marguerite Yourcenar en las Memorias de Adriano. Lo recrea desde esa realidad comprobada de donde proviene y que ella aprehendió de sus indagaciones históricas. El resultado es una autobiografía imaginada que a ella le sirve para emprender su novela y resolver con ésta la honda

inquietud que le produjo una reflexión de Flaubert: “Los dioses no estaban ya, y Cristo no estaba todavía, y de Cicerón a Marco Aurelio hubo un momento en que el hombre estuvo solo”. Ese hombre, generalizado en la frase Flaubert, cobra vida individual en el pensamiento luminoso de Marguerite Yourcenar, y se convierte en una identidad con nombre propio que la persigue desde el año 1924, cuando ella apenas tenía veinticuatro años y trató de ordenar sus ideas en unos manuscritos que luego fueron desechados y que, según cuenta la autora, volvió a reescribirlos en largos períodos de tiempo hasta quedar reducidos a una sola frase en 1934: “Empiezo a percibir el perfil de mi muerte”. No es difícil suponer que desde esta frase que resonará con insistencia en su cabeza, Marguerite Yourcenar avance paulatinamente para reconstruir a este personaje que bien podría localizarse en el momento histórico al que se refiere Flaubert. En esa declaración concebida seguramente para la voz de Adriano está contenido lo que ella intuyó que debía ser la idea central de la novela: una larga reflexión que se hace Adriano sobre la vida, mientras en su condición de enfermo condenado espera la inevitable muerte.

Las memorias de Adriano fue pensado en sus mínimos detalles por Marguerite Yourcenar. El proceso de gestación del libro como tal tuvo una duración de largos años. El 5 de diciembre  de 1951 se edita por primera vez para el público, y el mundo recibe una joya literaria en la que la historia, la ficción, y la poesía se entremezclan primorosamente, y le hacen un texto casi insuperable en su género.

Para hacer ese recorrido a través del Imperio Romano y de la mente de Adriano, uno de los emperadores del siglo II de nuestra era, la autora escoge narrar en primera persona, que es el yo de Adriano compartiéndole a su sucesor Marco Aurelio sus memorias. Esta elección la justifica así la propia Marguerite Yourcenar: “Si decidí escribir estas Memorias de Adriano en primera persona, fue para evitar en lo posible cualquier intermediario, inclusive yo misma. Adriano podía hablar de su vida con más firmeza y más sutileza que yo”. Y se cumplieron los propósitos de la autora porque su personaje Adriano encontró un medio propicio para exteriorizar los aspectos más íntimos de su vida con una lucidez e inteligencia, que el lector valorará correspondiéndole con atención y entrega.

La técnica narrativa que la escritora usa en Las memorias de Adriano está basada en la precisión. Esta característica le facilita al lector interiorizar en el personaje y conocerlo ampliamente con los datos que él mismo suministra. Los consejos y las recomendaciones del emperador a Marco Aurelio constituyen un tratado de filosofía que convence y que lo empuja a uno como lector a querer llegar hasta la última página de este recorrido por el testimonio de una vida que se consume inexorablemente, y que fue la vida a la que Marguerite Yourcenar quiso levantarle un monumento que no está construido de piedra sino de su prosa hecha memoria. Este libro es un peregrinaje por la sabiduría y la grandeza de uno de los espíritus más libres de otro tiempo, y es una aproximación a la soledad de la existencia de quien contribuyó a instaurar el esplendor de Roma. “Esta mañana pensé por primera vez que mi cuerpo, ese compañero fiel, ese amigo más seguro y mejor conocido que mi alma, no es más que el monstruo solapado que acabará por devorar a su amo”. Esto escribe Adriano sobre la enfermedad que le anuncia su final, y esto escribió la autora mientras le daba vida literaria en una de las obras más brillantes del siglo XX: “Me di cuenta muy pronto de que estaba escribiendo la vida de un gran hombre. Por tanto más respeto por la verdad, más cuidado, en cuanto a mí, más silencio”.

Nacida en Bruselas en 1903, Marguerite Yourcenar fue la primera mujer en ser admitida como miembro por la Academia Francesa de la lengua en 1980. Residió en Estados Unidos en la isla Mount Desert con Grace Frick, con quien convivió en pareja durante cuarenta años. En 1968 recibió el premio Fémina por Opus Nigrum (1968), otra de sus obras en la que da prueba de su eficacia como novelista e investigadora, ya que su argumento gira en torno a la figura histórica de Zenón, el médico alquimista. Entre los títulos que sobresalen en su vasta trayectoria de escritora podemos citar los siguientes: Alexis o el tratado del inútil combate (1929), Denario del sueño (1934), Fuegos (1936), Cuentos orientales (1938), Tiro de gracia (1939), Como agua que fluye (1982), Recordatorios (1974), y El tiempo, gran escultor (1987). Aunque la novelista, autora de teatro, y traductora, murió en 1987, en la actualidad sus libros gozan de gran aceptación en el mundo entero.

vergaraglenda@hotmail.com


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