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Adolfo Meisel Roca: El Caribe perdió el siglo XX

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Algo más que economía. El rezago de la región Caribe en el siglo XX, tiene profundas razones sociales y culturales, sobre las maneras como hemos llevado a cabo nuestro destino económico, sin planificación de décadas, como lo hacen los japoneses. Ese vivir el día a día es también una prueba de nuestra pobreza.

Siempre se nos dijo que sobre el fracaso de lo contemporáneo florecería el esplendor de una ilusión puesta a andar, pero seducida por la confianza y el descuido humano. Los abuelos fundadores  de empresas en Cartagena y el Caribe, obstinados en su afán de construir un futuro sostenible, tuvieron hijos y nietos que disfrutaron el esplendor para luego vivir la realidad de la quiebra. Convicciones y principios se debilitaron también con la certidumbre  del éxito logrado, y resquebrajaron en las crisis naturales el sentido de la oportunidad para convertir la amenaza en fortaleza. Los casos excepcionales y generales prueban que detrás del criterio económico prevalecían raíces legadas por la historia y la cultura regional no tan visibles ni reconocibles.

Así que la pregunta del libro del economista e investigador Adolfo Meisel Roca: ¿Por qué perdió la Costa Caribe el siglo XX?, publicado recientemente por el Centro de Estudios Económicos (CEER) de Cartagena, colección editorial del Banco de la República, entraña una inquietante revelación para el siglo que vivimos: ¿Estamos condenados a repetir el rezago del siglo anterior y volver a perderlo?

La región perdió el siglo XX porque “el fracaso del sector exportador de la costa Caribe en las primeras décadas del siglo XX llevó a que la economía de la región se rezagara con respecto a la del resto del país”. El historiador Meisel acude al enfoque del producto clave o productos primarios (de la minería, pesca o sector agropecuario) que se exportan. Es la teoría del historiador económico canadiense Harold Innis, quien sostiene que esos productos primarios marcan el ritmo y la orientación del crecimiento económico.

Una de las causas que incidieron en el fracaso económico de la costa fue en primer lugar, la redefinición de las redes de transporte nacionales en las décadas de 1920 y 1930, y en segundo lugar, un mayor crecimiento demográfico de la costa con respecto al resto del país. Colombia  no tuvo un desarrollo ferroviario sostenido: desde 1894 hasta 1950 hubo sistema ferroviario en Cartagena, y al clausurarse la línea férrea los pueblos que alimentaban esas estaciones quedaron a la deriva incomunicados: el tren que era un reloj de partida y llegada, un transporte y un movilizador de productos, se convirtió en referencia fantasmal del pasado. El gobierno central, por otra parte, no invirtió en infraestructuras en la región Caribe. Mientras en  1929 la costa tenía el 26,4% de los kilómetros del ferrocarril del país, hacia 1949 contaba con una participación del 6,7% del total.

Precisa Meisel que a él le atrae como historiador económico no es sólo la historia empresarial sino “el drama cotidiano de los seres humanos”. Y agrega: “En esa medida la historia económica y la historia empresarial son complementarias, dos caras de una misma actividad, el nivel macro y el nivel micro. La historia empresarial nos permite observar las actuaciones de los únicos agentes históricos que la hacen: los individuos. Todos los demás agentes históricos, clases sociales, grupos étnicos y raciales, empresas, mercados, son sólo abstracciones, y sus acciones son la sumatoria de muchas acciones individuales”.

La sorpresa del historiador fue encontrar que en una región que a finales del Siglo XVIII se clasificó su población al 90% como indígena, negra o mezclada, todos sus empresarios no inmigrantes referenciados, eran blancos. Cita a empresarios como Manuel Julián de Mier, Juan de Francisco Martín, Ernesto Cortissoz, Diego Martínez, el de los Obregón y José Vicente Mogollón. “Los dos primeros eran hijos de inmigrantes españoles y el tercero de inmigrantes sefarditas. Diego Martínez era biznieto del coronel del Regimiento Fijo de Cartagena, José C. Martínez, quien murió luchando por la causa patriota durante la independencia. Por otra parte, los Obregón eran descendientes de una familia de comerciantes criollos samarios. De tal forma que en estos seis casos en mención sólo José Vicente Mogollón se salía “de los cánones socialmente aceptados”, pues aunque provenía de una familia socialmente prestante, ya que era bisnieto del prócer de la independencia de Cartagena, Ignacio Cavero...”

Aclara Meisel que “el mundo empresarial de la Costa  parece contrastar con el mundo de la política, donde desde la independencia los mulatos, zambos y  mestizos, e incluso negros libres, empezaron a  jugar un papel muy visible. Por lo tanto, pareciera que la apertura racial que se observó en las fuerzas armadas y en las profesiones liberales, no se dio en igual medida en el campo empresarial. La duda que queda es si la actividad empresarial era más excluyente que otras esferas de la sociedad o si es que no se ha estudiado suficientemente bien la historia empresarial de la región y no se ha detectado aún la presencia de empresarios de origen  racial diferente al blanco  o “blanco de la tierra”. Es probable que la respuesta sea que ambas circunstancias estén presentes, es decir, que había mayor exclusividad racial por parte de la elite empresarial, pero también que aún falten los estudios sobre empresarios mulatos, negros o mestizos”.

Los juicios culturales sobre el rezago económico regional, como el de Luis López de Mesa estaban viciados de prejuicios como el del Sabio Caldas, para quien las regiones calientes y bajas no podían acceder a la civilización y eran territorios de gente improductiva y perezosa. López de Mesa insistió en que los hombres del Caribe, mal del estereotipo que ha dado de qué hablar y filmar en televisión, son criaturas de “expansivo gesto”, “derroche de palabras, de alabanza y vituperio, en casi todo se pronuncia explosivamente: en el hablar, en el reír, en el amor fulminante y fugaz, en el fervor político de una hora, generosos, gastadores sin cuento, imprevisores, eternamente simpáticos”.

Pero esos estereotipos son estudiados y analizados por Meisel: “La gran ventaja de muchos de los trabajos sobre historia empresarial a la cual nos hemos referido, es que al mostrarnos personajes de carne y hueso nos ilustran en forma clara que los estereotipos que suponen una cultura empresarial costeña homogénea, con una esencia inmutable e intrínsicamente diferenciada de la de las zonas andinas del país no corresponde a la realidad”.

Se extraña Meisel que hasta la fecha no se haya escrito una monografía sobre la vida de empresarios árabes en el Caribe colombiano. Personas como Elías M. Muvdi, Salomón Ganem, Salim Bechara, y muchos más, tuvieron una influencia enorme en la actividad económica de la región a comienzos del siglo XX y sus vidas y actividades comerciales deberían ser investigadas para saber más acerca del impacto positivo de esa corriente inmigratoria en la costa Caribe”.

Esta breve nota sobre un libro complejo e interesante, de uno de los más lúcidos y magistrales historiadores económicos de la región y el país. Para evitar repetir el fracaso del siglo pasado.

 

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