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Africanía en la costa chica

Era 1987. Había salido del Distrito Federal desde las once de la noche, ya era de madrugada y el bus serpenteaba cuesta abajo por la Sierra Madre mexicana. Cruzábamos por el estado de Guerrero rumbo a Zihuatanejo, un pueblo de pescadores muy cerca de la Costa Chica.

Observaba el paisaje y detallaba pueblos que se sucedían uno tras otro: “Esto es igual al Magdalena con todo y gente” Pensé. Los colores de la ropa que usan, la risa, el estilo de montar bicicleta, la fachada de las casas. Cuando el bus nos dejó en la terminal de Ixtapalapa vi un par de muchachas negras vendiendo dulces típicos en una esquina.
“En México no hay negros” nos dijo con mucha categoría una profesora en el Centro de Estudios para Extranjeros, donde estaba inscrito como requisito previo para entrar a la Universidad Nacional de México. Y con esa idea anduve un par de años hasta cuando me topé con esas dos muchachas. En un taxi colectivo llegué a Zihuatanejo, que, sea dicho de paso, su bahía se parece mucho a la de Taganga en el Magdalena. Caminando y caminando hacia el final de la tarde me encontré con un grupito de tres cocineros afrodescendientes: dos mujeres y un hombre, que vendían comida al pie de una calle de tenderetes que emanaban una urdimbre aromática de sus calderos, asadores y comales. Entre ambas mujeres confeccionaban tortillas de maíz blanco. Eran cuatro manos que, en suerte de malabarismos y espasmos, hacían brincar aquel disco de diámetro generoso. Me acerqué al ventorrillo. Tomé una tortilla recién hecha, humeante. Le puse un poco de sal y la unté con guacamole. La probé y, acto seguido, supe con certeza que podía morir tranquilo. “De dónde eres” Me preguntó el negro mientras meneaba un jarrón de vidrio lleno de agua de Jamaica. “De Colombia” contesté. Las mujeres me miraron. “Pareces de Veracruz” dijo una de ellas. “De dónde son ustedes” pregunté. “De la Costa Chica” contestó el hombre. “Y allá la población es negra” dije. Y lo dije porque, en esos días, había conocido a Hermman Bennett, un estudiante del doctorado de historia de la Universidad de Duke en Carolina del Norte. Hermman, como yo, era negro y su tesis versaba sobre los asentamientos cimarrones en México y me lo había dejado claro: la Costa Chica era África en México. “No” me dijo aquel cocinero de estatura mediana, de labios gruesos, pelo duro, músculos fibrosos envueltos en camiseta blanca, con dientes incompletos y algunos forrados en oro. Me dijo: “no”, aquel hombre de piel negra. “Aquí no hay negros. Aquí somos mexicanos”. Cambié de tema y comencé a preguntar por aquellos platillos de exquisitez inconmensurable. Mientras comía me ardieron en la espalda los latigazos del olvido histórico.
El miércoles pasado, me conmoví con “Africanía” un proyecto para el fortalecimiento de la identidad afrocolombiana en Cartagena. Francamente me sentí en mi primer día de colegio, o de universidad. Es que en el colegio me enseñaron que no existíamos. Que mis ancestros construyeron las murallas y ya. En los textos escolares no estamos reflejados, no formamos parte de la historia. Los noventa paneles exhibidos en el claustro de la Merced hacen referencia a diversos aspectos de la dimensión africana en Iberoamérica. Cada panel es un flash en la cara: luces que lo reflejan a uno. Unos flashes son conocidos, la mayoría los desconocía. No sabía que hubo conquistadores negros, por ejemplo. Sabía de esclavos nacidos en España, llegados a América y que hablaban castellano. Ahí es cuando a uno se le mueven las placas cognitivas de la estructura mental y sobreviene el terremoto: ¿Conquistadores ibéricos de origen africano o, en todo caso, negros? Con el paso del tiempo me he dado cuenta que los afrodescendientes en Cartagena estamos escritos en lo que el profesor Jaime Arocha llamó las “globalizaciones disidentes”: de ahí la importancia de la música champeta, pues, esta es resultado del intercambio cultural que mantenemos con África en el marco de la vida cotidiana de Cartagena. De ahí la importancia de Africanía, pues, pretende ordenar nuestras ideas de lo que significa la diáspora africana en América y no quedarnos con restos, con pistas o con sospechas. Se trata de responder quién soy. Con “Africanía” se aprende a ser negro y a quererse como tal. Jamás olvidaré el sabor de las tortillas que aquellas cocineras negras reposaban en un comal puesto al carbón. “Te gusta” Me preguntó sonriendo una de ellas. “Ajá” le contesté.

ricardo_chica@hotmail.com

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