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Alberto Sierra: El profesor de Estética

Cientos de bachilleres de 30 promociones salidas del Colegio de la Esperanza o del Fernández Baena pueden dar cuenta que amaba esa película y nos transmitía ese amor de manera tan contundente, que terminamos hablando de ella con tanto detalle como si la hubiéramos visto.En cuarto de bachillerato del Colegio de la Esperanza, los martes y jueves de 10 a 11 de la mañana, navegábamos por la fantasía del cine, la música y el teatro universal, a bordo de un salón con paredes blancas y vigas verdes, con capacidad para 28 sillas, 26 que tenían el brazo en el lado derecho y 2 que lo tenían en el lado izquierdo.

Estoy seguro que esos 28 estudiantes nunca tuvimos otra clase tan maravillosa como la suya.

Han pasado 34 años, y Alberto Sierra, como en esa época, camina silencioso, semejante a la noche, con la cabeza enfundada en una gorra de beisbolista de larga visera, meticuloso en cada movimiento, como si le estuviera pidiendo permiso al mundo.

Enemigo de las formalidades disciplinarias impuestas por rectores con vocación de tiranos, cuando alguien, a principios de mayo, le iba a poner las quejas de que le habían robado el cuaderno de Estética (la materia que dictaba), él respondía serenamente:

—Si no aparece de aquí a noviembre, vamos a la rectoría.

Un día nos estaba hablando de Ludwing Van Beethoven y escribía en el tablero, con su letra impecable de tizas de colores, el listado de sus obras maestras. Mientras escribía “Sonata para piano y orquesta Nº 18 en Mi bemol mayor”, empezó a sonar un escándalo de golpes sobre una pared cercana, ejecutado por varios obreros que hacían refacciones. Cuando el ruido se estaba volviendo insoportable, Alberto nos miró seriamente y exclamó:

—Concierto Nº 1 para martillo y cincel en La mañana.

Cuando descubrimos que escribía una columna de crítica de cine en el Diario de la Costa, aumentó la admiración por ese profesor descomplicado que vestía pantalones de terlenka en diseños irrepetibles y mantenía un peinado meticulosamente similar al de Albert Finney en “Crimen en el Expreso de Oriente”, con una franja de pelo engominado fija a la frente.

Pudo ser un escritor de prestigio nacional e internacional, pero no quiso, porque le hubiera tocado asistir a demasiados actos sociales multitudinarios, y eso lo aterroriza. En cambio, encontró la felicidad dictando clases en 12 colegios y coordinando 17 cineclubes al tiempo, escribiendo poesía y crítica cinematográfica, filmando películas en formato Super-8, montando sus propias obras con grupos estudiantiles de teatro y organizando más de 30 semanas culturales cada año.

No pudo lograr el propósito de la plena reserva, porque el sigilo se hizo notorio y Alberto Sierra, muy a su pesar, es un personaje ineludible en la historia de la cultura de Cartagena y en la de Colombia, aunque los reseñadores oficiales no quieran reconocerlo, con lo cual terminaron paradójicamente haciéndolo feliz, al mantenerlo en los rincones solitarios donde se siente a sus anchas.

Confío en que Alberto Sierra se refugie todavía en esa casa de la calle Charles Chaplin del barrio San Fernando, a la que bautizó como “Puerta de Lilas”, una película clásica del francés René Clair que está entre las mejores de todos los tiempos. Es allí donde puede ejercer a plenitud su vocación de fantasma sigiloso, que a veces se escapa de noche hasta los recovecos del escenario del Teatro Heredia y, envuelto entre las gruesas cuerdas de la tramoya, repite la escena de aquellos tiempos serenos de mayo de 1972, cuando el público oía el ruido de un pedazo de palo golpeando repetidamente contra una mesa de madera y a continuación un tono cavernoso anunciando: “Teatro de Cámara de Cartagena presenta...”

Alberto sigue dando clases y dirigiendo cineclubes universitarios, a veces publica artículos en las revistas dominicales de algunos periódicos, y seguramente sigue escribiendo poesía.

Pero lo que más le ha ocupado su tiempo en los últimos 15 años es un proyecto enorme y ambicioso: un diccionario alfabético con las biografías de 3 mil escritores, cuyas obras han sido llevadas al cine, incluyendo la minuciosa reseña de todas las versiones que se han hecho, sus directores  y sus intérpretes.

Lo más asombroso es que lo está escribiendo a mano y ya lleva 9 cuadernos rayados de 100 hojas.

Después de esta tarde, ustedes lo verán seguramente en muy escasas ocasiones, caminando sigiloso por los rincones más irreales de esta ciudad que es su gran amor, y cuya agonía en una sopa de corrupción e informalidad  lo deprimen, a tal punto que cada vez que sale a la calle y observa la caótica vida cotidiana local, repite la frase que lo hizo famoso en todos los colegios:

–¡Qué horror!

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Comentarios

EXCELENTE GERMAN , YO TAMBIEN

EXCELENTE GERMAN , YO TAMBIEN SOY EGRESADO DEL COLEGIO DE LA ESPERANZA , Y ESTE ES UN GRAN HOMENAJE AL GRAN MAESTRO QUE FUE EL SEÑOR ALBERTO SIERRA ( PAZ EN SU TUMBA )