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Antes del festival

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Unos diez años antes de la aparición del Festival de cine en 1959, Cartagena tenía poco más de ciento veinte mil habitantes y 19 cines regados por una gran cantidad de barrios nuevos.

Se puede decir que cada barrio que aparecía, venía con su propio cine. En 1951, por ejemplo, se inauguran el cine “Miriam” en El Bosque y, ante el crecimiento poblacional del barrio Lo Amador, aparece el cine “Laurina” en 1952. Para entonces, no puede decirse, que en todas las casas había radio, pues, desde siempre nuestros sectores populares han sido muy pobres y, más bien, la gente se juntaba en la residencia de algún buen vecino para escuchar la programación de radio local que ya tenía tres grandes contenidos bien definidos: el béisbol y el boxeo; los concursos de canto y música; y, las radionovelas.



En cambio, una entrada de cine, a principios de los años cincuenta, costaba cincuenta centavos. De manera, que esta fue la única diversión que tenía la gran mayoría de la gente en la ciudad. Más que diversión, se constituyó en un importante contacto con todo lo que acaecía en el mundo, pues, antes de cada película, se proyectaban noticieros que –desde los años cuarenta, por ejemplo- daban cuenta de los acontecimientos de la segunda guerra mundial. La sensación generalizada, al exponerse a este tipo de contenidos, consistía en vincularse con la conflagración mundial a través de las emociones, la incertidumbre, el miedo y la toma de partido por los países Aliados, frente a los países del Eje, con Hitler a la cabeza, aquel temible villano.

La boleta, podía subir de precio, en caso de que se presentara en vivo, algún artista internacional. Por ejemplo, el dos de agosto de 1955 se presentó Benny Moré, en el Teatro Padilla (en lo que hoy es el centro comercial Getsemaní). La boleta costaba 1 peso e incluía la película. Ese día cayó domingo. Mario Martínez Ballesteros, venerable Getsemanicense y gran coleccionista de música del Caribe, me describía un domingo como aquel: “Era un día familiar. Tú podías ver que familias completas llevaban la comida del día. Iban tíos, primos, hermanos, abuelos. Y, ahí, en el teatro, era un momento en que se reunían todos y se repartían los guisos, los arroces y las bebidas”. La boleta costó dos pesos el día que llegó María Félix, ello ocurrió el 25 de agosto de ese año, en el mismo cine, pues, este podía albergar unas cinco mil personas. Aquella noche, la diva mexicana, hizo otra función en el Circo Teatro con lleno total. María Félix venía de Barranquilla, se hospedó en el Hotel Caribe y, al siguiente día, tomó un avión para Medellín; antes de su partida, ofreció una corta rueda de prensa, mientras era acompañada por su amigo el médico Juan Zapata Olivella. Su show fue protagonizado junto a Andrés Soler, otra celebridad del cine de entonces; se trataba de un sketch titulado: “Prohibido para menores”, lo que suscitó reacciones de rechazo entre ciertos miembros de la élite local, por su vulgaridad y sus situaciones subidas de tono. Otras celebridades argentinas, mexicanas y españolas llegaron a Cartagena; pero, particularmente, me llama la atención la presencia de la cantante y bailarina norteamericana Josephine Baker, negra nacida en St. Louis, Missouri. Baker se presentó en el teatro Cartagena en Marzo de aquel mismo año y, al día siguiente de su show, adoptó un niño negro que le trajeron de Puerto Tejada y se lo llevó a París donde vivía.

Año prodigioso aquel. El alcalde era el Capitán Cervantes, quien, para financiar parte de las fiestas de noviembre decretó un impuesto de cinco centavos a las boletas. Al día siguiente, los 19 cines de Cartagena, entraron en paro. La ciudad duró sin oferta cinematográfica casi tres semanas. Los cines de Turbaco anunciaron en los periódicos locales y, quien podía y tenía con qué, subía la loma. Mientras tanto, Don Víctor Nieto Nuñez había comenzado a acariciar y compartir la idea de organizar un Festival Internacional de Cine, tal y como lo había visto en otras partes del continente. Era propietario del Cine Miramar, en el Pie de la Popa, y para entonces había creado una importante actividad cultural de vanguardia: el Cine Club Cartagena. Al final, el alcalde derogó el decreto. Y un puñado de años después apareció el FICCI, con estrellas fílmicas de Europa, Estados Unidos y Latinoamérica. No hubo entonces, ni hay forma para esta ciudad, de vivir sin cine.



ricardo_chica@hotmail.com

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