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Bajo la mirada de Federico García Lorca

Debajo de un olivo de Granada, que parece susurrar secretos, está enterrado Federico García Lorca.

Debajo de un olivo de Granada, que parece susurrar secretos, está enterrado Federico García Lorca. Los árabes llaman ese lugar convertido en fosa común la Fuente de las Lágrimas. Miles de fusilados duermen allí, víctimas de la Guerra Civil Española. A Federico lo sacaron de la casa de su amigo el poeta Luis Rosales, cuyos hermanos mayores eran falangistas. Federico vivía desde hacía quince años en Madrid y solo regresaba a su tierra natal en el verano a ver a su familia. La misma familia decidió protegerlo escondiéndolo en la casa de los Rosales en Granada. Y Federico creyó siempre que en Granada no le pasaría nada. Un día antes de su muerte, el 15 de agosto, se encontró  inesperadamente  en el bar Lyon d´Or, con su amigo José Pepín Bello, con el que compartió vivencias en la Residencia de Estudiantes de Madrid. ¿Cómo ves todo?, le preguntó a su amigo, a propósito de la tensión  delirante del clima político de España en aquel 1936. “Lo veo muy mal, Federico, muy mal”. Federico abrazó a su amigo y se fue para Granada.  Allá lo esperaba la muerte. Fue detenido al día siguiente y fusilado en la madrugada del 17 de agosto. Tenía 38 años.

(Lea más sobre Federico García Lorca)



Un hombre con duende

Federico García Lorca tenía duende. José Pepín lo conoció en 1919, al llegar a la residencia universitaria. El padre de Federico, un “hombre un poco rústico de la vega de Granada”, inteligente y rico,  le había dicho que si no estudiaba y no traía un título académico a la casa, jamás contaría con su apoyo ni le pagaría la edición de ningún libro de poemas. Así que Federico se matriculó en Derecho, pero no estaba interesado en estudiarlo. Recibió el título de Abogado “sin haber cogido un libro de Derecho en toda su vida”, recuerda Pepín Bello.

“Federico era una persona extraordinaria, luminosa, brillante de verdad. Todo el mundo le tenía simpatía. “Estando con Federico no hace buen ni mal tiempo, hace Federico2, solía decir Jorge Guillén. Un color nítido, bello, era “un color Federico”. Lo bien que se estaba con él. Lo divertido que era, exuberante, una estrella en el firmamento. Era una constante sorpresa. Una fuente que estaba manando siempre.  Gesticulaba muchísimo con las manos. Tenía mucho acento de Granada, aunque cuando quería hablaba un español perfecto. Tocaba el piano admirablemente. Tenía una cultura literaria extraordinaria. Lo sabía todo, lo había leído absolutamente todo. Tenía una memoria magnífica”.

“Federico era un hombre abierto, era un hombre fácil, era muy simpático pero, ante todo, era un hombre interesante”, dijo al evocarlo en 1984 su amigo, el poeta Luis Rosales, de cuya casa de Granada lo sacó la Guardia Civil Española para matarlo, en aquel 16 de agosto de 1936.

A Federico García Lorca lo mató la envidia de los mediocres ante sus éxitos. Yo estuve presente en la reunión familiar en la que se decidió que Federico se escondiese en nuestra casa de Granada y la verdad es que pudo haberse decidido pasarle a la zona republicana. Esta solución hubiese sido sencillísima y hubiese evitado el asesinato. Pero nadie fue capaz de sospechar tanta bajeza”.

¿Cómo era Federico García Lorca? El poeta Luis Rosales, el mismo que acogió al poeta colombiano Héctor Rojas Herazo cuando se residenció en España, lo describió así:

“Todo lo que hacía Federico interesaba. Tenía un poder comunicativo casi mágico, y naturalmente sorprendía. Sorprendía con su conversación, sorprendía con su risa, sorprendía con su manera de entender las más diversas artes. Era un gran pintor, era un gran dibujante, era un músico, era un gran poeta, era un gran prosista, era un gran pensador... y era también un gran actor, y por lo tanto tenía una dosis de teatralidad, de enfatismo, que era sumamente atrayente”.



Bajo la luz de agosto

Para Federico había dos ríos en España. El Guadalquivir y el río de la sangre derramada. Un río de llanto y otro de sangre. Pienso en la impiedad contra los gitanos y los negros. Pienso en la sutileza y en la infamia del racismo que aún no se han desterrado de la sociedad española. En la perfumada doble moral de quienes hoy se sacuden las vestiduras al referirse con temor  y miedo al holocausto de la Guerra Civil española, que ha necesitado más de medio siglo para que alguien intente narrarla en su desmesura de horror y exterminio.

“Yo quería hacer el poema de la raza negra en Norteamérica y subrayar el dolor que tienen los negros de ser negros, en un mundo contrario; esclavos de todos los inventos del hombre blanco y de todas sus máquinas, con el perpetuo susto de que se les olvide un día encender la estufa de gas o guiar el automóvil o abrocharse el cuello almidonado, o de clavarse el tenedor en un ojo”, confiesa Federico en Poeta en Nueva York.

“Vuelvo a leer bajo esta luz de agosto dos libros que han sido claves para mi vida: Romancero gitano y Poeta en Nueva York. Muchas de las canciones de Federico cruzaron el Mediterráneo hasta el Caribe, sus nanas infantiles y sus susurros de pájaros y se integraron al espíritu de nuestros pueblos. Su obra poética, pictórica, musical y escénica ha dejado una huella en el mundo hispano y en general en el alfabeto emocional planetario.

“Quiero ser poeta por los cuatro costados, amanecido de poesía y muerto de poesía”, le dice en una carta al poeta colombiano Jorge Zalamea en 1926, a quien invita a conocer Granada.

“Vine a este mundo con ojos y me voy sin ellos”.



El enigma de Federico

Setenta y seis años después de su fusilamiento,  Federico García Lorca sigue siendo el más universal de los poetas españoles del Siglo XX. En medio de los despojos de otros fusilados, aún en 2012 no se identifican los restos del poeta. Crecen las flores de su casa convertida en museo en su tierra natal de Fuente Vaqueros, Granada, desde 1986. El antiguo granero de la casa es hoy una sala de exposiciones que alberga sus cartas, dibujos y libros. España y el mundo aún no se reponen del asesinato de su más grande poeta. Aún perviven espíritus de aquellos años siniestros. Gente interesada en que el silencio sobre los crímenes de la Guardia Civil Española de aquellos años se mantenga en el olvido. Pregunté por todas partes por Federico García Lorca. Y mi sorpresa al cruzar el río Guadalquivir en seis horas de viaje hasta llegar a Sevilla, fue ver el desconcierto en los rostros. De Federico se habla con devoción, reverencia y un misterio salpicado de culpa. España no se repone de semejante brutalidad y torpeza humana. Muchos prefieren callar, olvidar, dejar que el muerto no les pese tanto en la conciencia. La Guardia Civil española jamás supo que el cuerpo al que estaban apuntando en aquella madrugada con el designio fatal de silenciarlo, era el alma del país. Por la carretera de Vísnar a Alfá se oyeron los disparos. De su sangre caída sobre el verdor granadino, no dejan de beber los pájaros del siglo XXI.

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