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Baseball Town, cuento

Cualquier extranjero conocedor de las costumbres del mundo habría dicho que en ese momento, posterior al almuerzo, la ciudad entraba en un trance místico similar a las horas sagradas de Oriente Medio.

La ciudad, en verdad, era otra: su alegría y agitación características daban paso a un acuerdo tácito de no salir a la calle, pero más por ocio que por religiosidad. Era la hora de la siesta. Ni el estallido de una bomba, ni una revolución política, ni el triunfo en el exterior de un jugador de béisbol nativo, ni todas las anteriores juntas, podrían espantar el sopor que se respiraba a esa hora como lo haría un grito: ¡Ratero!

Fue la palabra necesaria para revolverle las entrañas a esa patria de Grandes Ligas frustrados que era el vecindario. Decenas de hombres sintieron sus sentidos agudizarse al escuchar la algarabía que procedía de la calle principal. Más aún cuando vieron a un joven correr despavorido por entre sus casas: el ratero. El tendero del barrio se resguardó detrás de una vitrina, y en un ataque de sensibilidad decidió no usar su revólver, a menos que el ladrón atentara contra su propiedad. No así lo hicieron sus vecinos, para quienes la ocasión significaba el adelanto del juego del domingo. ¡Ratero!

Acudieron con prontitud a sus bates, abandonados en algún rincón de la casa, y salieron resueltos a darle una paliza al ratero. Muchos de ellos daban físicas muestras de haber interrumpido la siesta. A medio vestir y descalzos en su mayoría, estos hombres, bate en mano, se sumaban a la persecución. Mientras tanto, sus mujeres, plantadas en las ventanas, los seguían con una mirada cómplice, satisfechas de que sus maridos salieran a hacer respetar una sociedad más segura para ellas y sus hijos. ¡Ratero!

Por donde el joven pasaba los ánimos crecían. Como una bola de nieve, cada vez más personas se sumaban a la muchedumbre. Luego de que recorrer toda la calle principal, el ratero dejó atrás al tendero, girando en la esquina que ocupaba el establecimiento. Tuvo que hacer una pausa en su carrera para no darse contra las rejas de una vivienda. Por un momento pensó en pedirle auxilio al propietario, pero el grito una vez más se pronunciaba. ¡Ratero! De la vivienda salió otro hombre armado con un bate. Al verlo venir, el joven dio vuelta lanzando un grito que se ahogó en otro mayor que le perseguía cada vez más de cerca. ¡Ratero!

No le quedaba otra opción: debía continuar con su carrera, girando en cada esquina, y correr con movimientos zigzagueantes que le permitieran esquivar las piedras que tras su paso comenzaban a lanzarle esos peloteros que habían hecho de su oficio un arte. Aunque el corredor era bueno, el grito era su peor enemigo. Ya se oía más allá del vecindario. ¡Ratero! Y más allá también salía gente de las casas.

Sólo un milagro lo salvaría. Pero el grito parecía espantar los milagros. ¡Ratero! Al llegar a la esquina siguiente, en donde se suponía que el ladrón iba a doblar esta vez a la izquierda, ¡Ratero!, un hombre mucho mayor que él salió de la nada, ¡Ratero!, lo apresó con una mano y lo sirvió en bandeja de cara a sus persecutores. ¡Ratero!

El joven trastabilló, intentando no perder el equilibrio, luchando por levantar su cabeza, que se aproximaba vertiginosamente al suelo. Con una de sus rodillas, impidió que el pavimento se le viniera encima. Pero, a pesar de su aparente agilidad, no podía hacer lo mismo con la multitud. ¡Ratero!

Al levantar la cabeza reconoció la figura regordeta de su más ferviente persecutor, que venía a la cabeza del grupo y blandía un bate a lo zurdo. Con una fuerza desmedida, acentuada por la velocidad de la carrera, este hombre descargó su furia haciendo estallar el bate en la sien del ratero. El joven se alzó por un momento y volvió a caer estrepitosamente. La ovación de la muchedumbre no se hizo esperar.

Todos acudieron hasta donde el ladrón. Lo levantaron por la boca superior de la camiseta. Parecía más un títere que un humano. Lo dejaron caer y le dieron vuelta para desarmarlo y buscarle en los bolsillos lo que había robado. Pero, contrario a lo que esperaban, no encontraron nada: ni armas, ni objetos de valor, ni documentos de identidad... absolutamente nada.

Fue entonces, luego de que hubo cesado el grito, cuando preguntaron en voz alta qué había robado este hombre y a quién. Boca a boca, la pregunta recorrió el camino de vuelta, hasta los barrios más remotos. Nadie respondió. Nadie acusó al ratero. La única persona que podía hacerlo yacía inmóvil sobre el asfalto.



* Uno de los jóvenes narradores destacados de Cartagena. Este cuento cedido por su autor figura en su libro El hombre que hablaba por mí, publicado por Pluma de Mompox.

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