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Bastardos sin gloria

Este es el título de la última película de Quentin Tarantino. El director que realizó en los noventa “Pulp Fiction” y que se convirtió en una película de culto, en un clásico. Un niño terrible que, sencillamente, hace lo que le viene en gana y este caso no es la excepción.

Tarantino, desde su primera película “Reservoir Dogs” (El escondite de los perros) hasta la última, imprime un sabor a cine viejo en especial el de los años setenta.
Ahora que los cines bajaron el precio de las boletas, ahora que las salas se llenan de gente, ahora se siente la vibra del espectáculo colectivo. En más de una ocasión, en este último mes, he sido testigo de los aplausos del público al final de la película. Celebro, pues, el regreso de la sala llena de gente con cajas de crispetas de maíz en mano, lo que nos hace regresar al ambiente cinéfilo de los años setenta y ochenta en Cartagena. Hacía tiempos no veía una fila larga para adquirir boletas.
Ver “Bastardos sin gloria” –cuyo estilo de comunicación es muy setentero- en un ambiente como el arriba descrito se constituye en una experiencia que consiste en un túnel del tiempo. Lo digo porque, si bien, la historia se desarrolla en la Francia ocupada por los nazis en los años cuarenta, parece que estuviéramos viendo una película de vaqueros. La venganza es el tema por excelencia de las historias dadas en el viejo y lejano oeste norteamericano y así lo plantea Tarantino para el caso de un grupo de soldados judíos enrolados en el ejército gringo, infiltrados en territorio enemigo y adelantando operaciones guerrilleras contra el ejercito nazi. Este puñado de hombres no tiene una motivación nacionalista, patriótica o sublime orientada a detener el holocausto. No. Es venganza de la más rabiosa y Tarantino se encarga de visualizar las evidencias de semejante enojo.
Si bien, el estilo fílmico de “Bastardos…” es una de vaqueros, encontramos un elemento que constituye la impronta personal de Tarantino y es mostrarnos a un Hitler fársico que, además, es masacrado por dos de los bastardos. Una pista contra factual como la anterior es imperdible, de hecho, es un dato ridículo y traído de los cabellos pero, precisamente, en eso consiste el cine: en que el espectador se regodee en la verosimilitud dada en el universo del relato. Lo interesante, además, es que a lo largo de las casi tres horas en pantalla, uno siente que hay un empate entre judíos y nazis casi insoportable lo que hace de la película muy divertida, no obstante, su despliegue de sadismo y violencia de la más brutal. Me imagino que hay más de un judío que no le ha gustado para nada esta película.
Pero, bueno, al final –como todas las películas de género bélico de la segunda guerra mundial- pierden los nazis. En realidad, para un espectador desprevenido, eso es lo de menos, pues, a mi juicio el show de la película se lo roba Christoph Waltz quien hace el papel del coronel nazi Hanz Landa. Un personaje que logra magníficamente la perversidad en su estado más racional, más instrumental, más manipulador, más cerebral. En las cumbres del poder político de las naciones, y en su lado más oscuro, seguramente hay gente así como Landa: un núcleo del mal que atrae a la gente como un imán. Landa se dedica a cazar judíos, en especial a los más débiles e indefensos.
Hay que celebrar el bajo costo de las boletas de cine en Cartagena, porque de hecho, se puede postular como un hito cultural en el año. Y cuando hablo de cultura, no sólo me refiero al plano estético, sino a la práctica cotidiana de usar la ciudad para disfrutarla colectivamente, así sea en su actual precariedad vergonzosa; o de otra forma: hay que salir de la casa, porque “Bastardos sin gloria” debe verse en las pantallas grandes de Cartagena.

ricardo_chica@hotmail.com

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Una película genial y con los

Una película genial y con los diálogos más logrados de Tarantino arruinada por Chica.