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Beethoven tropical

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En abril de 1924, Cartagena de Indias a través de su Centro Artístico preparaba una velada  musical para celebrar el centenario de la Novena Sinfonía de Beethoven.

Para esa misma fecha el músico colombiano Eliseo Hernández confesaba que haber escuchado la Novena  Sinfonía en el Metropolitan Ópera House de Nueva York, el 13 de abril de 1913, había sido la mayor emoción musical de su vida. Pues bien, para los colombianos en general ha sonado Beethoven en el firmamento de la alborada, en la “Noche en blanco”, un concierto de los 56 que, se realizaron en el Primer Festival Internacional de Música, denominado “Bogotá es Beethoven”. Organizado por el Teatro Julio Mario Santo Domingo y la Alcaldía de Bogotá.

Un espacio que tuvo como protagonistas a Puerto Candelaria, Antonio Arnedo y la Mojarra Eléctrica, quienes recrearon desde su propio universo tropical y del jazz algunas piezas de Beethoven, en especial los tres movimientos de la Sonata Patética. Una de las obras más intensas de Beethoven, publicada en 1799, cuando tenía 27 años, perteneciente al período temprano.

Antonio Arnedo, uno de los músicos que lleva la marca mayor del “jazz colombiano” con raíces del folclor nacional, abrió la “Noche en blanco” con fragmentos de la Sonata No. 5, respetando el arreglo del formato con el que lleva trabajando muchos años, que es el cuarteto con guitarra, contrabajo, batería y saxofón, continúo con el tercer movimiento de la Sonata No. 3 arreglada con una intención de chandé y terminó con el segundo movimiento de la Patética.

Con ese espíritu de contraste, ahora desde un sonido moderno afrocolombiano fusionado con el reggae, funk, soukus y la timba cubana, la Mojarra Eléctrica interpretó, extractos de la Quinta sinfonía a ritmo de agua bajo del Pacífico, la Romanza en G a ritmo de abozao, el lied “In questa tumba abscura” a ritmo de bullerengue del Atlántico y la Sonata “facile” a ritmo de currulao.

El golpeteo de los tambores se relaja y ahora la tensión emocional pasa a Puerto Candelaria, un grupo con un sello personal indiscutible, fundador de ritmos como “cumbia underground” y “jazz a lo colombiano”, que interpretó fragmentos de la Sonata para piano “Claro de luna” y de la Marcha fúnebre de la tercera sinfonía a ritmo de porros, gaitas y cumbias. A partir del primer movimiento de la Patética hicieron un danzón.

Esta diversidad no es gratuita, pues Beethoven compuso una variedad de géneros para una amplia serie de instrumentos musicales, cuya principal fuente de inspiración estuvo en la naturaleza, muy cercana al río, al campo, a los senderos de bosques, a la gente del pueblo. En el transcurso de su vida, Beethoven, tenía como costumbre, en la temporada de verano, trasladarse a Heiligenstadt (un pueblo cercano a Viena) a descansar y mantener la sensación de libertad. En esos viajes fueron muchas las ideas musicales que le surgieron.

Lo  clásico y lo contemporáneo se conjugaron demostrando que en el lenguaje de la música la heterodoxia prevalece por encima de cualquier género. En la música existe una función intrínseca que alcanza una resonancia inesperada.

En 1802, Beethoven, ante la pérdida de sus capacidades auditivas escribió un documento que más tarde se conocería como el “Testamento de Heiligenstadt”, donde expresó su desesperación y amargura ante la idea de volverse sordo. Frente a ello, los estudiosos de la música se preguntaron cómo pudo escribir música sin poder oir, tal vez porque estaba sumido en la situación actual de Europa de ahí su estilo imaginativo y novelesco propio del romanticismo.

Esa noche el romanticismo alemán tuvo connotaciones distintas, al estilo colombiano. Las agrupaciones que interpretaron las obras escogidas de Beethoven lo hicieron con una “fuerte tendencia nacionalista”.  Juancho Valencia, de Puerto Candelaria, de una manera divertida, expresó que, a Beethoven seguro le gustaba la tierra caliente, que tal vez muy en el fondo de su corazón conocía la banda pelayera y las procesiones de Semana Santa. La Patética que guarda una fuerte carga emocional, se convirtió en una parodia de risas y alegrías, haciendo un homenaje a la libertad de sentir y concebir la música. Un espacio abierto para la improvisación que los músicos aprovecharon al máximo.

La idea de este experimento partió de Sandra Meluk Acuña, música y pedagoga de profesión, Directora Programación del Teatro Julio Mario Santo Domingo. Se hizo una curaduría de lo que querían esa noche y Meluk continuando con la idea que,  más le interesa de su trabajo, de ser “un puente entre músicos, instituciones y estudiantes”, hizo la propuesta.

El resultado para Alejandro Montaña, de la Mojarra Eléctrica fue “muy interesante porque dentro de la investigación que hicimos para buscar las piezas de Beethoven encontramos que hay muchos puntos en común con la música tradicional colombiana, sobre todo a nivel melódico”.

“Risas, sabor, alegría, y creo que después de este experimento, más gente disfruta de la música clásica. También se reafirma la inmortalidad de este maestro”, es la percepción de Juancho Valencia de Puerto Candelaria.

Antonio Arnedo cree que, “vale la pena volverlo hacer, el contraste es fabuloso, los tres grupos son totalmente diferentes y la manera de aproximarse a la música es distinta, cosa que hace más interesante la apuesta en escena”. De hecho ya existe una propuesta para repetir el concierto con la participación de los mismos grupos.

Para él, fue un reto la propuesta de intervenir la música clásica, tener que improvisar a ese nivel. En este tipo de contexto siempre pasa algo diferente, nunca es lo mismo, porque abrir la pieza a la improvisación genera un nuevo discurso.



*Periodista de la Universidad Central de Bogotá.

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