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Béisbol en Cartagena

Fue una breve temporada beisbolera, organizada por el periodista Guillermo Guerrero Ramos, “Don G”, muy amigo de mi familia, quien años después dirigió por mucho tiempo las páginas deportivas de El Universal.

Recuerdo a La Cabaña como un intento de estadio, con graderías de madera y techo de zinc, cuyas medidas en el campo no eran muy extensas (267, por el jardín izquierdo; 290, por el  derecho;  y, 350 por el central), lo que se prestaba para que los bateadores sacaran la pelota del campo con frecuencia.   Una vez hubo que suspender un partido en el sexto “inning” porque se acabaron las bolas de tanto “home - run”. Decían, aunque yo nunca lo vi, que Chita Miranda bateaba cuadrangular cada vez que se volteaba la cachucha, con la visera hacia atrás.     No tenía grama y el campo de juego era de tierra y caracolejo, lo que, por la cercanía a la bahía interior, se prestaba para que los cangrejos hicieran sus hoyos.   Cuenta Raúl Porto Cabrales en su “Historia del Béisbol Aficionado en Colombia”, que  en un partido el pelotero Arturo Saladén Marrugo, después ilustre abogado, pegó un “home run” de piernas (correr todas las bases hasta llegar al plato con un solo batazo, sin sacar la pelota del campo) dado que el “outfield” no encontraba la bola porque había caído en un hoyo de cangrejo.

De esa primera experiencia presencial en La Cabaña, se me quedó grabada en la memoria la singular ubicación del árbitro principal, o “chef umpire”, que era detrás del “picher”, no, como hoy, detrás del “cacher”, seguramente por carecerse en esa época de los elementos de protección que hoy se utilizan para ese oficio. También recuerdo que la caseta de radio - trasmisión estaba en las graderías altas (que no lo eran tanto), detrás del receptor.  Consistía en unas láminas que medio separaban a los locutores del público.

La Cabaña fue, realmente, el primer campo cerrado, más o menos formal, que tuvimos en Cartagena para los juegos de béisbol.  Se construyó por los hermanos Enrique y Guillermo  Piñeres en un lote de su propiedad, situado en el barrio de Manga, en cercanías del terminal marítimo, hoy urbanización La Cabaña, y tomó su nombre de una cabaña que allí existía, que se rentaba a  quien la quisiera para “veranear”.

Se inauguró el 25 de diciembre de 1930 con un partido entre la novena norteamericana Macon,  de la organización de la Florida, y una selección de peloteros cartageneros, con boletaría agotada y una gran expectativa de los aficionados.  La selección cartagenera, todavía bisoña, perdió apaleada, con un resultado de 36 carreras a cero. Los gringos conectaron 12 “home runs” y mostraron una superioridad gigantesca (Fue la ocasión en que se agotaron las bolas en el sexto episodio)

La Cabaña siguió  siendo durante 17 años el primer  templo del béisbol, con algunos altibajos, hasta 1947, cuando se construyó el estadio “Once de Noviembre”. Melanio Porto Ariza, Meporto, rememora en su libro “Periodista sin Periódico” la vez en que el caudillo liberal, Jorge Eliécer Gaitán, lanzó allí la primera bola, llevado y aclamado por sus legiones de seguidores.



Nace la pasión

Al universalizarse el béisbol en todos los estratos de la ciudad, una serie de acontecimientos deportivos lo convierten en pasión de todos los cartageneros.

El primero de ellos es la participación de Colombia en la VII Serie Mundial de Béisbol aficionado, llevada a cabo en Caracas en octubre de 1944, con una selección dirigida por Andrés “Venao” Flórez, con la asistencia técnica de Juan González Cornet, futuro magnate del béisbol profesional, selección que, a pesar de haber ocupado el sexto lugar entre ocho, tuvo una actuación decorosa, que comenzó a mover  las fibras de la afición cartagenera.

Posteriormente, la conquista del subcampeonato en la VIII Serie Mundial, en octubre de 1945, en la misma ciudad de  Caracas, con un equipo de puros cartageneros, bajo la batuta del maestro cubano Pelayo Chacón, verdadero forjador de nuestros grandes beisbolistas. Este hecho produjo una euforia colectiva en Cartagena, con trascendencia nacional, e inspiró el porro “Beisbolistas Colombianos”, que la gente tituló “Para Caracas” o “Los Peloteros”, cuya letra se atribuye a la conocida cantante  cartagenera Berta Delgado Iglesias y la música al maestro Eusebio Montesinos, grabada por la orquesta de Radio Colonial, con la voz de Remberto Brú, porro que se oía en todas las emisoras de la Costa Caribe y en algunas de Bogotá y se repetía en los escenarios musicales de la época, casi como el himno nacional del deporte, y cuya primera estrofa, la más conocida, decía:



Para Caracas, para Caracas

se fueron los peloteros,

en ellos se destaca la gloria y el orgullo

de ser cartageneros.





* Fragmento de artículo del historiador y abogado cartagenero Rafael Ballestas Morales

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