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Bibiana Vélez: Mar de ofrendas

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“Sigo pintando porque me encanta embadurnarme las manos de pintura y cubrir un lienzo como me lo va dictando el ritmo del momento”, confiesa Bibiana Vélez (Cartagena, 1956), quien exhibe su Mar de Ofrendas, en el Centro Cultural Gabriel García Márquez, en Bogotá.

Son 24 acrílicos sobre lienzo en gran formato, en homenaje al poeta Raúl Gómez Jattin, “mi gran amigo y ángel clandestino”, que en este mayo de 2012 cumplió 15 años de haber partido cuando le faltaban 9 días para cumplir 52 años. Hoy cumpliría 67 años.

La obra más grande de esta exposición es la Gran ofrenda, que tiene 6 metros de largo por 180 de alto. Me encerré seis meses en Cartagena a trabajar en esta serie en la que el color es tema y lenguaje. Me considero anter todo una artista ecléptica porque bebo de todas las fuentes y encuentro sabiduría en cada una de ellas. Mi pintura es expresionista pero no me gusta encasillarla. Hay figuratividad y abstraccionismo. A lo largo de mi vida artística he trabajado no solo la pintura, sino también las instalaciones, los videos y acciones. Uno pinta un solo cuadro en su vida y lo que cambia es la manera de tratarlo en el tiempo.

Para mí lo pictórico es esencialmente   abstracto. Vivo desde hace doce años en España y no dejo de estudiar y volver a ver la obra de Picasso, Goya, Velásquez, El Greco. Me encanta volver a ver los grabados de la serie El sueño de la razón, de Goya. Y Las Meninas de Velásquez. Lo que más me sorprende de Picasso es su tratamiento de la espacialidad, su recursividad de dibujante para captar los elementos, para detenerse en un ojo o en una mano. El arte es atemporal, el  tiempo no desgasta la magia de estas pinturas, cada vez que las miro siento que mantienen la contundencia que tuvieron en su momento.

El mar que yo pinto es un paisaje simbólico, un sentir cósmico, es el alma. Es probable que si hubiera nacido al pie de los Alpes, estuviera pintando montañas, pero nací aquí y es el mar el que me atrae. Ese mismo mar al que nuestros sabios Koguis llaman Madre Mar, principio de todo lo que existe, espíritu de lo que vendrá, pensamiento y memoria. Este mar con su oleaje panteísta es también movimiento de lo infinito, hay olas, ondas, espirales, todo un pretexto para acercarme a la totalidad, al infinito, a la divinidad”.

Ese mar que Bibiana Vélez asume con su paleta de azules desbordados, naranjas y rojos matizados, intimistas, viscerales, desde diversas perspectivas, desde una cercanía y una distancia terrenal y cósmica, encuentra nuevos matices de interpretación e indagación filosófica. Ha trascendido su obra “Dificultad inicial”, con la que ganó el Primer Premio en el Salón Nacional 1988. Cada vez la figura humana, su propio retrato frente, ante y dentro del mar, se disipa, se diluye y se insinúa como una revelación. Hoy incorpora una sirena que abraza sus dos colas.

Bibiana Vélez ha creado una obra  de una alta y profunda coherencia visual y conceptual. No sólo está el mar como paisaje, sino el cuerpo, el horizonte visto desde adentro y afuera, como fuera y cerca del planeta, el mar como metáfora del nacimiento incesante, como el gran útero que florece en el agua. La ofrenda que crea Bibiana se entreteje con flores, caracoles, flores, labios, pétalos, cuerpos, ángeles, úteros, espirales y ondas que ascienden hacia la plenitud de un universo que se expande sin una orilla posible.



Bibiana Vélez es una de las pintoras representativas del Caribe colombiano. Inició sus estudios en la década del 70 en el Taller de Nora Avendaño y David Manzur.

A comienzos de los 80 viajó a París y estudió en la Eccole Supérieur des Beaux Arts y en el performance Taller con Ginna Pane. En 1989, Bibiana estudió en los talleres de dibujo de José Luis Cuevas, en México, y de Santiago Cárdenas en la Escuela de Bellas Artes de Cartagena, y en la Ecole Superieuré de Beaux Arts (París).

Forma parte de la generación que en los años 80 retomó la pintura como medio de expresión, rescatando aspectos que parecían ser parte de la tradición artística como el paisaje y el autorretrato, apunta la historiadora del arte Isabel Cristina Ramírez Botero en su investigación “El arte en Cartagena a través de la colección del Banco de la República”.

Bibiana Vélez lo hace de manera novedosa. Una novedad que consiste “en que une estas dos dimensiones y se aproxima al paisaje a través de la representación de su propia presencia y, por tanto, el paisaje parece ser una extensión de su cuerpo y de su mundo interior”. Se destacan en esta generación junto a Bibiana, la obra de Martha Amorocho y Delcy Morelos,

En 1989 obtuvo un premio en el Salón Nacional de Artistas, reconocimiento que la insertó en el circuito nacional, con su obra Dificultad Inicial (1988).

Ha participado en más de 50 exposiciones colectivas en Cartagena, Barranquilla, Bogotá, Cali, Medellín, Sincelejo (Colombia), Valencia, Castellón y Madrid (España), Caracas, Maracaibo y Zulia (Venezuela), Santo Domingo (Rep. Dominicana), Guadalajara (México), Nueva York, Londres, París y Bruselas, entre otras.

Su obra forma parte de colecciones particulares y de instituciones en Colombia, América Latina y Europa. Actualmente la pintora reside en España.

Cuando me dice “divinidad”, le digo que bajo ese nombre laten muchos universos diversos y ella me dice que por eso le gusta Rumi: “este poeta místico era de tal tolerancia que acogía cristianos, judíos, musulmanes, ateos. Me encanta el arte visual de los musulmanes que en sus mosaicos jamás intentaron representar la divinidad y lo hicieron de manera indirecta, a través de la búsqueda de lo infinito en sus  percepciones de la matemática y la geometría. Vivo en un tiempo de mucho relativismo y creo que el arte que algunos de manera escéptica dicen que desaparerá, en  verdad va a seguir existiendo como técnica milenaria y como posibilidad estética de cuestionar la noción de contemporaneidad”.

Esa es Bibiana Vélez. Una encantada de los colores, según el poeta Gómez Jattin.

Pintar con las manos sobre un lienzo es  para ella “un proceso espontáneo e impetuoso guiado por una reflexiva meditación jubilosa. La ofrenda se me ofrece. Me interesa tanto, la dimensión concreta de la pintura: superficie, pigmentos, formato, soporte, como las posibles ilusiones que ofrece el hecho pictórico: profundidad, volumen, representación, mímesis”.

El mar sale a buscar a Bibiana. La elige y se vuelve luz derramada sobre el universo.



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“Todo arte de alguna manera es conceptual en cualquiera de sus manifestaciones. Nuestra historia no es un relato único ligado a Europa,  a la civilización occidental, podemos ver el mundo bajo otras perspectivas. Un ejemplo. El esplendor estético de nuestros indígenas muiscas, quimbayas, zenúes, que no tenían nada de primitivos”.

Bibiana Vélez

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