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¡Calor!

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De la maldad. Tener que preguntarme, en un rito tortuoso, porqué la gente hace lo que hace, porqué hay una capacidad infinita de daño. Al pie de mi ventana había un nido de chorlitos. La ola de calor hace inservibles los ventiladores y los aires. Aquella tarde, después de las dos y después de ver el noticiero salí al centro de la ciudad y el sol era implacable, ya van tres semanas así, y desde hace unos días ando asustado, porque no recuerdo en mi vida una temperatura como esta en Cartagena. Ando asustado porque esta ola de calor tiene fuerza pre apocalíptica. Justo iba a coger por la sombra y del lado del sol reposaban muertos un par de chorlitos, infartados de calor. Observé los cadáveres sin inmutarme, busqué una actitud de emergencia para protegerme de aquella señal. Fue inútil, cincuenta metros más adelante, encontré más cadáveres de pájaros, petrificados en el pavimento caliente.

El chicamóvil está insoportable a esa hora. Ya saben lo caliente que es un renault 4 en nuestro entorno y por eso estoy cogiendo taxis colectivos para hacer las diligencias. Lo bueno es que la gente, en aquellos vehículos, habla. El otro día un señor, que iba junto al chofer, nos contaba a todos el sufrimiento de una muchacha que trabaja en una camaronera, que no se dejó curar del médico una venita de camarón que penetró su dedo índice. Me acordé, en seguida, de un cuento de García Márquez que se llama “Tu rastro de sangre en la nieve”, sobre una muchacha que también se puyó el dedo con una espina y se murió. Cuando me monté en el colectivo cogí enmochilado el cuento, pero, las pistas de lo hablado iban in crescendo. Disfrutaba del alivio del aire acondicionado del taxi zapatico, lo que me permitió concentrarme en el relato, desde el bario El Bosque hasta Manga antes de cruzar el puente Román. Lo que más me llamó la atención es que el calor siempre fue referencia obligada, mientras se podría el dedo de aquella obrera que al final le tuvieron que rajar. Aquel pasajero contó con improvisado lenguaje científico cómo, al pasar los días, el dolor, el pus y la hediondez  de la infección hacían estragos. La verdad es que nadie se quería salir del taxi, para no soportar el calor y para no perderse el final del cuento. Casi pierde su trabajo, pero, la muchacha se salvó.



Estoy dispuesto a cambiar el chicamóvil por una bicicleta, desde hace un par de años vengo acariciando esa idea, pero, cómo. Si hace como diez años me robaron la avenida Crisanto Luque y me la cambiaron por una carretera industrial, por un corredor de carga de vía rápida de tractomulas donde han muerto centenares de personas, quizás más de trescientas. Me acuerdo, cuando se inauguró semejante adefesio criminal, que El Universal llevaba la cuenta de los muertos, de los atropellados y cuando iban como por doscientos, se cansaron de contar. Asumo que hace rato pasamos de trescientos muertos. Haciendo esas cuentas me encontré con la noticia que algunos concejales proponen masificar el uso de la bicicleta en la ciudad. Confieso que sentí un poco de escepticismo al enterarme de la propuesta; en especial, porque, ante esa idea todos nos imaginamos cosas distintas. Lo cierto es que no he cambiado el chicamóvil por la bicicleta porque no quiero que me aplaste una tractomula. Quiero saber cómo convivirá una cicloruta con un corredor de carga. La otra cuestión es manejar bicicleta con este sol, con esta temperatura que año con año aumenta y no va a parar si no hacemos algo serio. De manera que no es cuestión de una cicloruta, si no de un paradigma urbano democrático y sustentable y para eso se necesita una actitud mental sofisticada. Lo más lógico es que trabajemos de noche y durmamos de día. Tal y como lo hacen, desde hace muchos años, los campesinos y trabajadores del mercado de Bazurto. La vaina es que en Cartagena no tenemos paradigma urbano, nunca lo hemos tenido. Un desorden barroco que genera unas imágenes insospechadas que, finalmente, nos embarrutan en la cara la realidad de las cosas: como el video porno filmado en el Castillo de San Felipe, esa es la verdadera marca ciudad. “Cartagena huele a sexo” ha dicho Oscar Collazos. El calor amenaza con extinguir las parejas muralleras y es una lástima porque en esas piedras viejas, calientes y orinadas se procrearon generaciones enteras de cartageneros. Mientras secaba el sudor con una toallita, el sparring le dijo a un desesperado conductor: “cógela suave porque el estrés está hijueputa” A mí me pareció una recomendación sensata, para no quedar como los chorlitos infartados.



ricardo_chica@hotmail.com

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