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Carlos Fuentes para siempre

Siempre he creído que la literatura aspira a la elevación de las ideas a través de una obra. También pienso que su surgimiento tuvo que ver directamente con el descubrimiento que el ser humano hizo de su instintivo poder creador.

Si la naturaleza estaba ahí, como laboriosa y magnífica gestión de un ente superior, ¿por qué su inteligencia no podía también ser la suprema artífice de otras cosas? Ese interrogante, con clara connotación ontológica, es lo que lo impulsa a no conformarse con el entorno que le ha sido dado. La respuesta, entonces, la encuentra en esa curiosidad que le sirve para superar sus limitaciones y trascender en un plano cuyo objetivo es un ejercicio de creación. Por esta convicción que me asiste, es que mi experiencia con la literatura es de tipo intelectual y emocional. La aproximación inicial a las manifestaciones artísticas proviene de mi insaciable pasión por el saber.

Me interesa, en primera instancia, escudriñar  lo que motivó al autor de aquellas: qué pensamiento recóndito, qué teoría secreta, qué filosofía personal o ajena. Luego paso a la etapa en la que me recreo con ese objeto que ha resultado de un proceso de la imaginación, y surge el estado de exaltación de mis sentidos frente a eso que recibo como novela, cuento, poesía. Es la hora de la emoción, de una luz que se enciende a causa de una súbita chispa. Entonces el milagro se produce y me inclino sin resistencia ante el genio que se manifiesta en su obra y me la ofrece para que establezca con ésta una relación. Mi inteligencia y mis sentimientos están comprometidos, no hay duda. La razón y el corazón me involucran,  y ya no es posible la indiferencia.

Mi experiencia con la creación literaria me provoca una reacción que es tan natural como la que experimentaba en la edad de la infancia, cuando el asombro latía en mis venas y transfiguraba mi rostro cada vez que asistía a las primicias y novedades de la existencia. Entro en un trance en el que me desligo de todo lo que no tiene que ver con la obra y mi condición de lectora. Lo demás queda inevitablemente suspendido y en esa contemplación subjetiva mi sensibilidad alcanza cumbres elevadas. Es la literatura y yo en una posición de entendimiento y coincidencia, de protagonistas ambos de un dialogo cordial en el que los dos discernimos libremente. Eso me ocurrió con Carlos Fuentes, mucho después de que el lenguaje escrito me hubiera mostrado joyas inmortales como el Poema de Gilgamesh, la más antigua narración sumeria grabada originariamente en tablillas de arcilla con escritura cuneiforme;  el Poema de Mio Cid, texto fundacional de  nuestra literatura española; a Cervantes y su Quijote; a La Señora Dalloway y el modernismo deslumbrante de Virginia Woolf; y a su compatriota Juan Rulfo con una de las novelas más breves en la que están consignadas todas las claves literarias: el insuperable Pedro Páramo. En La muerte de Artemio Cruz me encontré con un autor que he querido guardar para siempre, intenso y sabio,  que innovó y fue uno de los pioneros de la nueva novela hispanoamericana, a través de una estructura narrativa sin la presencia del narrador omnisciente, usando los diferentes puntos de vista de un yo, un tú, y un él para dar vida a uno de los personajes que refleja con magnifica profundidad la moralidad humana y sus contrastes, en un marco del realismo histórico de la sociedad posrevolucionaria mexicana.

Ese es Carlos Fuentes: el escritor con el que se fue acrecentando mi amor por la lectura,  a causa de esa afinidad que establezco con el texto cuando me ocurre que olvido que aquello que leo me lo está narrando alguien, y como afirmó Flaubert, que como lectora “tenga la impresión de que está autogenerándose bajo mis ojos, como por un acto de necesidad congénito a la propia novela”. La región más transparente, Las buenas conciencias, Cambio de piel, y el breve relato titulado Aura, que es la alucinada exposición de la identidad por medio de lo sobrenatural, donde lo fantástico y lo histórico se confabulan para exaltar conceptos como el amor y la muerte, en un ambiente misterioso y siniestro que no impide que se tenga la sensación de estar ante una hermosísima y mágica quimera, han sido las razones de que desee a un Carlos Fuentes para siempre.

No hay trabajo que no esté dirigido a obtener unos fines específicos. En unos casos serán bienes y en otros serán servicios. Tal certidumbre me orienta a contradecir la teoría de Paul Auster sobre la inutilidad del arte en comparación, por ejemplo, con el oficio del fontanero y  con el de las innumerables labores que satisfacen necesidades prioritarias para la supervivencia individual y colectiva.                            

Para mí el arte ofrece productos que son demandados ni más ni menos que por una aspiración a la felicidad y allí, sin lugar a dudas, es que radica su sentido y su significación. ¿Qué no es útil la literatura? ¿Qué no es esencial para hacer del universo un lugar mejor? Yo creo que la historia de la humanidad sería otra sin  Carlos Fuentes y sin esos hombres y mujeres que época tras época han usado su inspiración para el progreso de la cultura y del pensamiento.



vergaraglenda@hotmail.comn

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