Pues bien, el historiador y columnista de opinión política Carlos Villalba Bustillo (Cartagena, 1939), acaba de publicar su primera novela “Wenzel”, sobre la vida del presidente cartagenero Rafael Wenceslao Núñez Moledo. El libro se presentó recientemente en la Universidad de Cartagena, y se publicó en la serie editorial de esa institución.
La lectura de estas 337 páginas me devolvió al ambiente social y cultural de la Cartagena del siglo XIX, y a las noches terribles e intrigantes del clima político de Cartagena y el país en 1885, previo a escritura de la Constitución de 1886, forjada por Núñez mirando el mar desde su refugio de El Cabrero. Todo lo que se hace mirando el mar tiene que durar más de cien años, y Núñez hizo su constitución viendo el vaivén de la eternidad entre las olas. Lo que Villaba nos entrega en su novela es al ser humano cotidiano y de carne y hueso que era el presidente, estadista, pensador, escritor y político Rafael Núñez (Cartagena 1825-1994). Un hombre enamoradizo y temperamental al que la visión de la ciudad y del país estaban en las líneas de sus manos, con la pasión del que soñó con revolucionar las instituciones y a veces con la decisión implacable de que encaraba a sus enemigos políticos e ideaba estrategias para sobrellevar al país complejo y distinto entre los Andes y el Caribe.
“Si el hombre es enigma bien guardado, en pocos colombianos de ese tiempo encajaba tan bien esa sentencia como en Núñez Moledo”, dice el novelista Villalba Bustillo, quien narra escenas íntimas y amorosas del Regenerador, con sus ideales filosóficos, sus traumas gástricos, y su temple de estadista.
La escena amorosa con Clementina Dugand en uno de los camarotes del vapor Carmelita por el río Magdalena, es inolvidable en la novela. Lo inesperado es la manera como resuelve el lanzazo de la mujer entrando al camarote. Es logrado el contrapunto entre amor- sexo y política. La mujer intuye que el ímpetu amoroso de Núñez preludia su esplendor como gobernante. Pero el personaje de Clementina Dugand no vuelve a tener la contundencia de ese capítulo. Es allí donde el historiador puso a pruebas sus cualidades de narrador de ficción.
“Ella sentía el impacto de los dedos de él como una inyección de fuego que las excitaba hasta el paroxismo... se amaron dos veces en una hora de encierro, con orgasmos simultáneos y sin separarse de inmediato. La liturgia no podía tener fallas que profanaran el sublime rito del sexo. Al salir, Clementina pensó: “Los radicales tienen enemigo para rato”. (pág. 37).
Los diálogos son creíbles y afortunados en ocurrencias satíricas y legítimo humor Caribe. Cuando le dicen a Núñez que se prepare para el ataque de su adversario Manuel Murillo Toro, responde con la mordacidad cotidiana de cualquier cartagenero: “Murillo Toro no come ni lechona ni tamal el 31 de diciembre”. Hoy se diría: “Este no comerá pastel en diciembre”
El retrato humano perfilado por Villalba nos revela facetas poco conocidas de Núñez, mientras bebe sorbos de vino Cancerbero, mastica sus galletas Albert, sorbe su jalea Morton, come su plátano maduro en almíbar o se fuma sus calillas de Ambalema.
“Núñez practicaba la brujería y el pocillo de chocolate que tomaba por las mañanas, a la hora del desayuno o más tarde, durante los sábados y los domingos, se lo pasaba a Manuela Hurtado para que descifrara lo que contenía el sedimento. Lo que Manuela leía en el fondo se lo hacía consultar Núñez a los brujos y las hechiceras amigas de ella y de Lorenzo Solís” (pág. 44).
El Núñez que además de político, incursionó en el periodismo y la poesía, es visto en Wenzel, en su vanidad y versatilidad y en su retirada soledad de pensador:
“El mar y Núñez Moledo fueron amigos y cómplices. Tenían su lenguaje para comunicarse, y hablaban con frecuencia en los buenos y los malos momentos. El mar era su amparo cuando el páramo lo agobiaba, y a consolarse con sus espumas regresaba. Viéndolas morir en la orilla pensaba mejor, porque su susurro adormecedor lo serenaba y lo despejaba. Al mar le confiaría, cuando el final inexorable se aproximara, los secretos de toda una vida” (pág. 17).
La voz de Soledad Román, la esposa de Núñez, resuena en esta novela y sorprende por su valentía para proteger la figura del presidente y defenderse ella misma de su fama de seductor. Carmen Marín, una agitadora de las barriadas de La Merced, Santo Toribio y San Sebastián, le hizo el siguiente ofrecimiento a Núñez: “Presidente, le tengo una ternerita de treinta años, bonita y bien armada, que se da cien caídas por usted”, a lo que Núñez le respondió en un cierre magistral de capítulo: “Carmocha-protestó Núñez-estoy en la edad en que los varones nos parecemos a la cigarra: cantamos, cantamos y n o comemos. Además la sinfónica que tiene Solita, su gran arcano, me deja extática la punta del lápiz” (pág. 114). Qué humor el de Villalba Bustillo.
Enterado de sus andanzas con Clementina, Soledad Román frena los chismes con esta sentencia ante su amiga Amelia: “Amelia, el palitroque de Rafael es un tesoro” (pág. 47). No sé si en el siglo XIX en Cartagena, al órgano genital masculino pudiera llamarse “palitroque”, entre innumerables nombres que ha tenido a lo largo de estos dos siglos. Es probable que “pinga” fuera más creíble, porque hace más de trescientos años los españoles nos fregaron con la designación de “vergüenza” para todo lo que tuviera que ver con nuestra desnudez. “Cúbrase sus vergüenzas”, le decían al niño o a la niña. ¿De qué pueden avergonzarse los hombres y las mujeres del Caribe?
Carlos Villalba Bustillo se sentó a escribir esta novela sobre Rafael Núñez a lo largo de intensos ocho meses, pero tenía dos años de estar escudriñando en biografías, documentos y novelas históricas.
Releyó Tirano Banderas, de Ramón del Valle Inclán; Santa Evita y Perón, de Tomás Eloy Martínez; El señor Presidente, de Miguel Ángel Asturias; La tejedora de coronas, de Germán Espinosa; El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez; la novela de Juan Pablo Llinás sobre Núñez y la biografía La azarosa vida de Rafael Núñez, de Ramón Correa. Y por supuesto, los textos históricos de Eduardo Lemaitre y Indalecio Liévano Aguirre. La había titulado inicialmente La huella del solitario, pero finalmente, quedó en un solo nombre “Wenzel”.
Wenzel era el seudónimo de Núñez cuando escribía poemas. Se firmaba así “por aquellos días en que me alisté al sospechar que en la guerra podía, a mis quince años y enfrentado a la oficialidad institucional, ejecutar una hazaña que superara en valor y heroísmo la defensa que mi padre hizo de Cartagena en el Fuerte de Santa Catalina, cuando el Pacificador la sitió” (pág. 48).
Es la novela de Núñez en tres momentos claves de la historia cartagenera de finales del siglo XIX el año de la guerra en 1885, la Constitución y otro año conflictivo tras la admisión de los billetes del Banco Nacional como papel moneda legal. “Tres fenómenos distintos en un solo gobierno verdadero”, diría Soledad en la novela.
A sus 62 años, Núñez había saboreado la plenitud espiritual: el amor de su esposa, el triunfo político y la bendición del Papa León XIII. Cartagena era para él “el borrador de mis depresiones”. Luego de haber escrito la letra del Himno Nacional salió a preguntarle a algunos transeúntes qué les había parecido y alguien le dijo: “allí hay versos tan enredados que dicen los que saben, hicieron trastabillar a Sindici cuando lo completaba. Aquí curcula un dicho que ponen en boca de don Orestes: A malos versos, buena música” (pág. 292).
Los editores de su novela han señalado con acierto que “los grandes de la historia regresan a sus lares a través de los pretextos de la ficción. Reaparecen liberados de un pasado que los distanció de su solar y de su gente, con otros sueños realizados por la imaginación y la audacia de sus intérpretes. Tal como lo señaló Roberto Burgos Cantor, el autor se acercó con certeza intuición a esa parte de misterio que sólo las artes pueden correr el riesgo de mostrar con justicia”.
Lo demás, es el misterio que encuentra y revela un historiador como Villalba, ahora en los caminos insondables de la ficción, que enriquece e ilumina las penumbras de la historia.
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LA AGUDEZA DEL HISTORIADOR
Carlos Villalba Bustillo es abogado de la Universidad de Cartagena con un posgrado en Teoría del Desarrollo en la Universidad de Kansas. Ha sido un columnista de agudeza mordaz en el campo político y un conocedor de las realidades culturales de la región y el país. Es uno de los más profundos conocedores de la obra política e ideológica de Rafael Núñez.
Abogado, historiador, ensayista crítico y uno de los más destacados bolivarenses de los últimos tiempos.
Ha ocupado los cargos de profesor de la Facultad de Derecho y Rector de la Universidad de Cartagena, Magistrado y Presidente del Consejo Superior de la Judicatura. Ha sido columnista de El Espectador, El Tiempo y El Universal de Cartagena. Miembro de la Academia de Historia de Cartagena. Miembro de la Academia Colombiana de la Lengua.
Es autor de los libros “Entre Núñez y Uribe”, “La revolución inconclusa”, “Los mecenas del desastre”, “Los liberales al poder” y “Escrutinio ideológico del Liberalismo”.
Exmagistrado del Tribunal Nacional de la Judicatura, y expresidente de la misma corporación. Acaba de culminar su segunda novela breve “Plata o muerte”.

