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Carne fresca para Frankenstein

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Hace un año me tocó viajar a Villa de Leyva. En la sala de embarque nacional del aeropuerto presencié un éxodo de familias cartageneras. Jamás había visto tantos locales juntos montados en avión.

En ese ámbito se ven extranjeros y nacionales de casi todos los rincones, pero, ¿tantos cartageneros felices y entusiasmados esperando sus turnos, haciendo sus filas? Huimos. Y si las fiestas novembrinas fueran a mitad de año o a principios sería igual. ¿Nos vamos a resignar a seguir viviendo, o padeciendo, una ciudad que se deteriora, se degrada y retrocede, así nada más?
El fin de semana pasado hubo once homicidios por los motivos más absurdos. Es claro que estamos viviendo un período de consecuencias a causa de las decisiones políticas y económicas que se aplicaron a principios de los años noventa en casi todo el mundo. Para entonces vivía en México y me acuerdo cuando se promovió el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá. El efecto fue casi inmediato: el Estado se deshizo de sus empresas, las mal vendió y se enriquecieron unos cuantos. La mayoría quedó sin referentes de futuro, sin oportunidades y desesperados. Ví con mis propios ojos, cómo se desocuparon pueblos enteros en el istmo de Tehuantepec; ví, también, cómo los jóvenes comenzaban a abandonar el trabajo en la Sierra de Michoacán, para engrosar organizaciones clandestinas que hoy llaman el narco; conocí un México muy lindo, el de los ochenta, y alcancé a ver el momento de la transición y cómo millones entraban en la más aterradora de las incertidumbres. Tal cual como pasa aquí. Y lo digo porque, cuando los grandes poderes corporativos y globales tomaron la decisión de desaparecer el empleo y contratar a todo el mundo a destajo, se perdieron los referentes. Es simple: el hombre primero come y después piensa. Eso significa que, en las nuevas condiciones sociales y económicas, la gente se resigna o se desespera, es decir, pierde su dignidad, sus principios y pierde el respeto hasta de su propia vida.

Los asesinatos de la semana pasada y los que (Dios no quiera) vendrán en la temporada de fin de año, son manifestación de la degradación colectiva. Hay gente que culpa a los jóvenes, cosa que me parece muy injusta, son ellos los que llevan la peor parte; pues, desde hace veinte años, están expuestos a los peores referentes sociales que jamás se hallan visto en Colombia: la aparición de traquetos, sicarios, prepagos, fleteros, mulas, extorsionistas, entre otros, son los nuevos oficios de esta economía que profundiza, de un solo salto al abismo, la injusticia social.

Hay que ver lo que pasa, por ejemplo, con la Mara Salvatrucha. Se trata de una pandilla con treinta años de antigüedad (como las nuestras) que apareció en el contexto de la guerra centroamericana y se extendió, mediante la dinámica migratoria, hasta Los Ángeles en los Estados Unidos. Hoy es imparable porque está asociada a todas las formas de delincuencia de alcance transnacional y tienen mucho que ver con la degradación social acaecida en el México de los narcos. A estos últimos, se les hizo muy fácil controlar las rutas de inmigrantes ilegales para cruzar armas, drogas, contrabando y gente que, por su condición ilegal, no tienen derechos. Es por eso que es fácil secuestrarlos en masa, pedir rescate a sus familias, o, de lo contrario, sobreviene el horror como el asesinato de los setenta y dos inmigrantes, encontrados en una finca al norte de aquel país.

Frankenstein es un monstruo que representa el fracaso de la promesa incumplida de un mundo mejor, construido por el hombre (un proyecto del hombre europeo; ojo, porque esto no lo aclaran en el colegio. Cuando en los textos escolares aparece la palabra “hombre”, no se están refiriendo a nosotros). Cada muerte violenta que sucede en una ciudad hecha de retazos como la nuestra (retazos que forman el monstruo) es carne fresca para Frankenstein y lo podemos ver en las noticias. El que se quiera ir que se vaya, qué más da. Una buena parte se encierra a esperar que pase la erupción, la convulsión, mientras perdemos la ciudad y sus fiestas a punta de miedo y del olvido de su significado de libertad, soberanía popular y de justicia para todos.

ricardo_chica@hotmail.com

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