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Cartagena antes de la lluvia

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La brisa arrastra el vaho del invierno. No hay una sino múltiples ciudades dispersas  cohabitando en Cartagena de Indias.

Como colchas de retazos de colores disímiles, como un arcoiris de pieles y espíritus,  que no acaba de reconocerse y reencontrarse. Es la sombra de la ciudad con casi cinco siglos desiguales, en el tormento y en la maravilla, contabilizados por la memoria hispánica. Es fácil descubrir más allá de toda apariencia sofisticada que aquí convive la miseria y la riqueza extrema. Y que los descendientes de aquellos africanos esclavizados que murieron en la construcción de la ciudad, aún sobreviven en los oficios más insólitos e inimaginables, en el rebusque diario. A pocos minutos de la ciudad antigua, poco queda de un pueblo de pescadores y de su cementerio borrado por las olas del mar en la que sus habitantes no alcanzaron a llegar al medio siglo. El esplendor del inevitable desarrollo también desigual con los más pobres, ha agigantado las diferencias y las oportunidades de una mejor vida. El más grande escritor forjador de un pueblo mítico que terminó pareciéndose a todo el Caribe en su desgracia histórica y en sus desmesuras humanas sorprendentes, necesitó mirar el pasado para descifrar el presente. Cada fragmento de ciudad,  es la evocación secreta e íntima de una larga y dolorosa epopeya tras la libertad. Cada piedra de la muralla está forjada con sangre de africanos. Y cada milímetro de tierra fue soñada por los ancestros indígenas, los primeros habitantes de Cartagena, cuya memoria fue borrada y vuelta a ignorar  en la celebración del bicentenario de la Independencia. No hay ningún homenaje a la comunidad indígena en Cartagena. Solo el tributo lírico de un escultor español que se sintió cartagenero toda su vida y erigió su propia versión deificada de la niña indígena raptada por un español que terminó siendo española a la fuerza, luego de darlo todo hasta su propia dignidad y el secreto de los suyos. Pero ni siquiera los negros tienen su propio monumento en Cartagena. El mestizaje siempre fue conflictivo y afortunado a la vez, hasta este presente en que para ponernos de acuerdo en un propósito de felicidad  la vida nos cobre tanta sangre y tantas lágrimas. Nadie puede negar hoy que una de las ciudades más bellas del mundo privilegiadas por su naturaleza, su paisaje, su patrimonio arquitectónico y su condición humana, sueñe en esta coyuntura de su historia en reinventar el abecedario tan maltratado y desgastado de su democracia. Y propiciar la oportunidad inigualable de conversar como parientes que se encuentran sobre las encrucijadas sociales y políticas de nuestro tiempo. Y hacer de este encuentro un momento cumbre para desnudar las verdades escamoteadas. Aquí hay pobreza y no debemos ruborizarnos al decir que somos una paradoja viviente: riqueza en la inmensidad de la pobreza. Y que dejaríamos de ser menos pobres si incentivamos la primera fuente del desarrollo: el ser humano. Es decir, abrir la compuerta de las oportunidades sin dependencias ni proteccionismos dañinos. Ver en cada ser y en cada comunidad un potencial dinamizador de nuestro propio desarrollo como nación. No ha empezado el invierno y el solo rocío que arrastra el viento asusta a los más pobres de Cartagena. No somos autosuficientes en el manejo de nuestra propia naturaleza. Y la pobreza de pensamiento también ha empobrecido la relación del hombre en su entorno. Sin inversión en educación y cultura es casi imposible un cambio de panorama en la ciudad. La gran empresa del pensamiento y la creatividad puede aportar iniciativas al desarrollo local. Nadie tiene la última palabra porque la sabiduría no se improvisa, es la síntesis de los consensos. Es preferible el silencio y la prudencia antes que la palabra o la acción precipitada.

Las eternas preguntas nos acechan antes del invierno: ¿Qué clase de desarrollo queremos impulsar en la ciudad y para quiénes? ¿En cuánto tiempo podemos transformar los espacios sociales del miedo y la memoria vulnerada en nuevos lugares para la reconciliación y el disfrute de la vida? ¿Cómo podemos transformar la pobreza en riqueza?

Caen las primeras gotas, livianas y calientes de un invierno impredecible. Gotas de lluvia como espumas que vienen del mar. Como lágrimas de un ángel abandonado y a la intemperie.

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