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Catalino Parra, el río canta de pie

La madre de Catalino Parra nunca pagó por las costuras de sus pantalones y camisas. Teresita, la modista, se perdía en la voz del artista. Una ranchera de Jorge Negrete o un bolero bien cantado servía para compensar con creces el favor. Y es que a Cato, como le llaman, la música lo invadió desde los 15 años. “Donde quiera que tocaban la totuma” estaba él.

“De esa tierra de Cocula, que es el alma del mariachi, vengo yo con mi cantaaaar, voy camino a Aguas Calientes, a la feria de San Marcos, a ver lo que puedo hallar”, canta. Tiene ese tono de voz que pareció desaparecer con los artistas de antaño.

En Soplaviento por primera vez existirá un festival de gaitas. Será el primer Festival Nacional de Gaitas Catalino Parra Ramírez, pues nadie más idóneo para homenajear que este maestro de la percusión.

Hablamos a ‘calzón quitao’. Debajo de su uniforme de gaitero estaba su ropa de diario. Mientras cantaba se desabotonaba la camisa, se quitaba los pantalones blancos y doblaba su pañoleta roja. Con amplio talento y sencillez es considerado todo un señor de la música.

Conversar con él es estar en un musical. Recuerda cada nombre, cada fecha, cada letra. Cuenta que su éxito ‘A la orilla de mar’ nació en las playas de Marbella. “Vi a una muchacha que soplaba la brisa y le batía el pelo, así que empecé’: morena baila esta cumbia que yo te voy a cantar, al vaivén de las palmeras, que están a la orilla del mar, ¡ay morena! contigo he de bailar’ ”. Con orgullo comenta que la canción fue el tema principal de una telenovela mexicana.

SANGRE EN LA UÑA

Apenas entrado en los 20 años, el maestro hizo parte de un popular grupo musical que recorría Villanueva, Santa Rosa y Cartagena en medio de tragos y canciones. “A Soplaviento llegó Alejandro Manjarrés y me vio tocar y cantar. Me dijo: ‘Cato, oiga, usted tiene buena voz. Yo toco caña’ e millo. Vamos a formar un grupo’ ”. Ese día fabricaron ellos mismos sus tambores. Eso fue en los años 60, si mal no recuerda.

“Al grupo lo dejaron Sangre en la uña”, dice en medio de una carcajada. “Lo apodó la mujer de Alejandro porque ella era muy celosa y le decía: ‘vee en lo que está ‘so’ perro sangre en la uña’ y en Soplaviento le engancharon así”.

Ahí donde soplan los vientos se respira la música del gran Catalino. Aunque no como antes, todavía se bailan Manuelito Barrios, El morrocoyo, Josefa Matías, Donde canta la paloma, La vaina ya se formó, Animalito del monte y La concepción.

“Celestina, Celestina, no me sigas provocando... te volaste cuatro noches y me dejaste encerrao... por tu culpa me botaron …. de ‘aonde’ estaba trabajando, Celestina, Celestina quizá me estabas provocando”.

GAITEROS DE SAN JACINTO

El personaje principal, quien logró que se formaran los Gaiteros de San Jacinto, fue la destacada investigadora, folclorista, bailarina, profesora y directora de su compañía de Danza Ballet Folclórico, Delia Zapata Olivella.

“Nos veníamos a rebuscar donde los Hermanos Tabares en Getsemaní. Acá en Cartagena. En el Centenario. Ahí nos encontramos con ellos. A Delia Zapata Olivella le comentaron que sabían que ella estaba formando un grupo y que en Soplaviento había un muchacho que le podía servir. Al día siguiente mandó al doctor Manuel Zapata Olivella, a mi casa y nos pusimos a tocar. Cogió a Mingo (Saldívar) a compae Alejo y a mí”.

Los siguientes años el artista recorrió “varias naciones”, como les llama. El renombre de los Gaiteros de San Jacinto se extendió con el surgir de una nueva música campesina de gaitas y tambores que estremecía desde el más pobre hasta el más rico. En su grupo estaban los juglares Toño Fernández, Nolasco Mejía, Juan Lara, José Lara y Andrés Landero. “Dejé de salir con Delia como en los 90”, recuerda.

Cato fue profesor de música e invitado especial por diversas universidades que buscaban rescatar las expresiones folclóricas de la Costa Caribe. También fue instructor musical y por supuesto constructor de instrumentos. Trabajó en Cartagena en el Colegio Mayor, el Colegio Nocturno Rafael Núñez, el Colegio de la Casa de la Cultura y con el Equipo Misionero de la Bahía, enseñando percusión y danza. Cuenta que por amor al arte trabajo gratis cuatro años y que luego de salir de las aulas ya no quiso volver a enseñar, porque los años le rogaban una vida más tranquila.

Su esposa Tita Isabel Parra Vega (Q.E.P.D.) fue el amor de su vida. Una compañera cuyo deceso en 2010 le costó a Catalino una crisis arterial y por poco una profunda depresión. Cantando salió adelante y cantando se mantiene. Sus hijas son Vilma Rosa, Rosa Eliza, Betsaida, Rosa Georgina, Inés Aminta, y Etimia. “Nació en el año 54 el 13 de junio, lo recuerdo porque ese fue el día que salí de Colombia con doña Delia”, dice de esta última. Nunca olvida esa fecha.

UN MAESTRO MUY CASERO

De la música hoy le quedan su casa y las regalías que le paga Sayco, suerte con la que no corrieron otros gaiteros, sumidos en la pobreza. “Algunos eran muy entregados al trago. Yo tenía un amigo que eso lo mató, a Antonio Orozco. Él me preguntaba que por qué cuando yo venía de los toques no formaba parranda como hacían otros y yo le decía: ‘no .. yo cuando vengo de por allá vengo es con ganas de acostarme con mi mujé’ ”.

Cuando empezó cantando boleros y las hermosas rancheras de Jorge Negrete, quizá no pensó en convertirse en un ícono de la música en Colombia al compás de su llamador. Hermosas se oyen las canciones en la voz de este maestro de entrañables amigos como el juglar Adolfo Pacheco, a quien le canta (cuando se puede) ‘A mí no me consuela nadie’.

Los dichos de Cato evocan a su Soplaviento, donde tiene su hogar y asume un rol más casero, eso sí, cuando no pasea con su cantar que alegra corazones.

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