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Cecilia Porras: Una maravilla desconocida

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Cecilia Porras (Cartagena 1920-1971), fue una ráfaga breve y perdurable en la vida artística de la ciudad y el país, y su actitud y su devoción por las formas estéticas más allá de la pintura, hicieron de ella una criatura elegida. Todos sus arlequines y sus ángeles que cruzan el aire, todos sus bodegones, sus retratos de la soledad y el desamparo y sus autorretratos, persiguen atrapar la luz recóndita de Cartagena de Indias.

Cecilia Porras irrumpe en el panorama artístico del Caribe y el país en 1945 al ganar con un autorretrato una Mención de Honor en el Primer Salón de Artistas Costeños, celebrado en la Biblioteca Departamental de Barranquilla. Se inició pintando escenas religiosas que satisfacían las creencias católicas de su padre, el historiador Gabriel Porras Troconis. Discreta y silenciosamente asume el retrato y los paisajes marinos y urbanos con una perspectiva geométrica y una evocación cubista que aún reinaban en el espíritu creativo de esos años. La paleta de la artista se fija en los grises y azules, en las tonalidades sombrías y nostálgicas como en el que ella considera su primera obra “Calle de Sincelejo”, realizado en 1948. Es una escena bucólica y rural: un burro en la plaza, unos niños sentados en un pretil, dos arquitecturas en contraste: la casa de palma en la que salen a flote las altas palmeras de un patio, la calle solitaria con su árbol en la esquina. Todo es pintado con esos matices opacos como si la artista pintara “a través de un cristal ahumado”, como bien lo precisa el crítico de arte Álvaro Medina. Aquella estación gris se confronta cuando Cecilia Porras recibe clases de pintura de Obregón y Grau entre 1948 y 1949 en la Escuela de Bellas Artes de Bogotá. Es el encuentro con el esplendor solar y el descubrimiento de otra luz. “Mi paleta se hizo más clara y luminosa”, confesó la artista. “Me entregué entonces a pintar flores alegres, frutos maduros y cristales transparentes; los pintaba con alegría, y segura de mí misma; habiendo perdido ya el miedo de pintar jugaba desprevenida con la luz y el color y así logré una pincelada más suelta y más segura”.
Todos sus lienzos pasan de la penumbra al estallido de luz. Urgida de misterio, deja que su lienzo se colme de silencios. La ambigüedad es su forma de explorar la existencia. Sus ojos se abren a lo insondable. Mientras intenta descifrar con trazos geométricos, aún con la huella reinante de Picasso, la armonía amurallada de su ciudad natal, los grises se confabulan con los amatistas y los naranjas. Cruza como bien lo señala el poeta y novelista Héctor Rojas Herazo las comarcas naturales de las influencias pero señala rumbos personales a su propia obra y deja de ser la alumna aventajada de dos maestros: Alejandro Obregón y Enrique Grau, para sugerir y reinventar sus propios pasos. Son sus maestros los primeros en maravillarse y ver en ella a una alumna innovadora y decidida en la decantación de su propia voz en el ámbito moderno del arte en Colombia.
Hay en su trazo suelto y a mano alzada un rigor de síntesis en las líneas que perfilan la figura humana y el espíritu de sus criaturas. La niña de ojos negros, profundos y tristísimos que nos entrega en su Dibujo en tinta china sobre papel realizado en 1958, retrata el ánima de orfandad de la niña, la profunda desolación de sus ojos y la patética soledad de sus manos que se juntan como diez soles abandonados. La solitaria delgadez de ese cuerpo sentado que parece no esperar nada de este mundo tiene elementos de contraste que dulcifican la atmósfera desamparada del retrato en ese taburete donde está sentada la niña: la oscuridad está al fondo de ella y en su blusa hay estampados unas flores de seis pétalos. La brevedad expresiva de estas líneas están resueltas magistralmente: los pliegues de la blusa, el cabello suelto los brazos largos, la silueta oscura del entorno, el volumen de la silla y la gravedad del desconsuelo.
La producción artística de Cecilia Porras entre 1956 a 1958 llega a su esplendor, según el juicio de Álvaro Medina, pero ese nivel altísimo se ve quebrantado a principios de los años sesenta cuando la artista retoma la figura humana en grandes dimensiones y se extravía del camino inicial. Las obras que pinta a finales de los cincuenta son asumidos con tendencia cubista y con apertura cromática. Se destacan “Rehilete” (1958), cuya figura alargada en lila contrasta con una policromía en donde se cruzan el rojo, el verde y el amarillo; “Velero y figura” (1958) y el maravilloso “Ángel volador” (1959) en donde prevalece el naranja, el amarillo y el verde. Es una de las mejores y privilegiadas obras de Cecilia Porras: el ángel que sobrevuela una naturaleza en naranja está confabulado con el paisaje, es una unidad fantástica; las alas y las hojas de los árboles tejen entre la tierra y el ángel una cosmogonía mágica.

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