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Cinco en historia

Editado por la Universidad de Cartagena, “Crónicas de la región más invisible” es el último libro del periodista Rubén Darío Álvarez y después de leído me pregunté: ¿Estamos en Cartagena ante una época de cambios o, más bien, estamos ante un cambio de época?

En estos días mi hijo, que cursa cuarto elemental, sacó cinco en el examen de historia. Se le interrogó sobre los fundadores de Santa Marta, Cartagena y Bogotá. Le preguntaron sobre quién pegó el grito de la independencia y, quién fue el último virrey de estas tierras. Aquella buena nota me pareció una mala noticia. Primero porque es lo mismo que me hicieron memorizar hace unos treinta y cinco años. Y segundo porque en esa historia, en esa memoria no estamos nosotros.
Están los protagonistas de siempre que son los mismos de hoy. Protagonistas que fundaron nuestros territorios, que los siguen fundando y, para ello, requieren machacar el mismo relato de siempre. Entonces apareció el libro de Rubén y comencé a leer a mis hijos una crónica todas las noches. Pretendo demostrarles que lo que enseña la seño de sociales es la versión de quienes ganaron la guerra de independencia y que, más bien, nosotros estamos del lado de quienes perdimos. Es duro, pero ellos entienden. Que lo que ocurrió entonces fue un tramposo cambio de poder de una élite a otra. Un cambio que, aún hoy, se hace con trampas: cuando se cambia la constitución para repetir un período presidencial o cuando se compran y venden votos o cuando los gobernantes se disfrazan de negros, de indios o de pobres.
Entonces aparecen los libros de Rubén y ahí comencé la lectura nocturna de crónicas sobre la gente, los barrios, los oficios, la violencia, la champeta, La Popa, el mercado de Bazurto, sobre lo que ocurre dentro de las busetas, sobre los vendedores ambulantes, los viejos, los enfermos, los nacimientos, los entierros y los atracos. Entonces, niño y niña, me hacen muchas preguntas. “¿Por qué tenemos que pagar la luz a una sola empresa?”, “¿Por qué dan mareo las busetas?”, “¿Por qué hay gente que come basura y no se enferma?”, “¿Dónde están los papás de los pandilleros?”, “¿Por qué aquí no hay parques como en Medellín?”, “¿Quién inventó los barrios?”, “¿Por qué tu amigo escribe estas cosas?” “¿Por qué la gente de La Popa se matan entre ellos?”, “¿Por qué tu eres negro?”. Esas son las preguntas que se deberían contestar en el colegio. Y, por supuesto, no sólo ahí. Hay que preguntarle a la gente, como lo hace Rubén.

“-Esto es un atraco- anunció el pandillero-
-Entonces, tendré que darte estos papeles, porque no tengo plata.
-Te voy a dar un cuchillazo.
-Dámelo –dijo Hurtado sin apartar la mirada-, pero yo sé quién eres tú, aunque tengas la cara cubierta.

Esta última afirmación fue suficiente para que el forajido desenfundara una navaja de acero y le propinara una herida en el pecho de la cual nunca emanó sangre”. El anterior es un pasaje de la crónica “En trece de mayo hay una ventana que sana heridas”. Un pasaje, sin duda, tenebroso. El texto escolar de mi hijo pretende ser un tramposo cuento de hadas con final feliz, cuyo propósito es ocultar que nuestra historia es la del mestizaje y que, lejos de ser armónica, está llena de muchas violencias. Esta ciudad y este país fueron fundados múltiples veces. Cuando uno lee “Uno nunca termina de huir” que trata sobre una pareja de desplazados bogotanos en el barrio de El Membrillal, se da cuenta que ellos vienen con un mito fundacional en la cabeza. Es por eso que a los niños y a los jóvenes hay que darles claves para interrogar. La clave es simple: la historia no es una, sino varias y, ahí, es donde Rubén practica la multiplicación de los relatos. La historia oficial, es oficial, porque nos excluye. En el libro de Rubén, no sólo estamos contados sino implicados e interrogados de esta forma: ¿Nos vamos a resignar a que nuestra ciudad siga así engañada, abusada e ignorada?
Aquella noche celebré el cinco en historia de mi hijo y juntos leímos “Me gusta la champeta, pero no se lo digas nadie” en el libro de Rubén.

ricardo_chica@hotmail.com

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