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Cine on line

Yo me acuerdo claramente de las bancas del Cine Miriam, que quedaba a un costado del asilo San Pedro Claver en el barrio El Bosque. Bancas rústicas, largas, de madera, cabía un número indeterminado de espectadores. Piso de cemento, espacio destechado, olor a orín y a maní tostado y caliente. Formar fila en la taquilla siempre fue un asunto de desorden. De reventa de boletas, de billetes mugrosos, de monedas reunidas, de los vueltos no dados. Y la noche.

Barrio y noche, creo que serían las palabras clave para descifrar la experiencia de ir al cine en aquel entonces. Digo “noche” porque ese momento marcaba una rutina de congregación, como ir a misa.  A principios de los setenta no era tan común una televisión en cualquier casa. Además, su programación era tan precaria que no constituía un atractivo poderoso como para atornillar a la gente en las salas, en las alcobas. De manera que ir al cine, además de un quehacer junto con los otros, aún era fascinante, porque la noche reclamaba salir de las casas. Se trataba, en últimas, de ver la misma ventana juntos, bajo la luz tenue de las estrellas y el fresco que soplaba de la bahía. Y le llamo ventana a la pantalla porque, desde siempre, ha servido para ver el mundo. Un mundo mediado, confeccionado, relatado, actuado. Un mundo que, sabemos, es más o menos real. O, mejor dicho, un mundo al que le atribuimos credibilidad, le damos valor verosímil.

La televisión era un asunto vespertino. No hablo aquí de la programación matutina de telenovelas de entonces, porque estábamos en el colegio. Por eso, para niños y jóvenes, era tan importante una franja que iba de cuatro a seis de la tarde. Un par de horas donde predominaron series como “El Capitán Centella”, “Meteoro” o “El Avispón Verde”, sin dejar de lado a “Plaza Sésamo”. Para cuando desaparece el Cine Miriam a fines de ésa década, la programación televisiva se postulaba con más claridad, la rutina de la noche al interior de las casas del barrio, comenzó a organizarse por franjas de contenido cada vez más definidas. Ya no era tanto como ir a la misa – cine. Ahora era rezar el rosario – televisión.







Me acuerdo como si fuera ayer del silencio en la calle de Las Américas, al frente de la embotelladora de la Kola Román.  La televisión trajo el silencio barrial. Ni nos dimos cuenta en qué momento desapareció la algarabía comunitaria que caminaba hacia el cine casi todas las noches. Bulla en la fila, durante los trailers, durante la película y cuando regresábamos a casa. Una noche me mandaron a comprar la leche y me di cuenta de la soledad callejera, mientras pasaban por televisión la serie “Raíces”. Lo interesante eran las conversaciones que se formaban al día siguiente, en especial, con los temas de telenovela nocturna: “La Marquesa de Yolombó”, “La Mala Hora”, “La Mala Hierba”, “El Caballero de Rauzán”, “La Pezuña del Diablo” entre muchas; además de la serie nacional, “Caso Juzgado”, cuyo contenido era tabú de casi media noche. Novelas que aún sirven para calibrar el dolor ajeno y el dolor propio. No era difícil imaginar que un día el cine iba llegar a las casas. No me estoy refiriendo a las películas que programan por televisión. Ese es un peldaño que ya se conocía desde entonces. Me refiero a los canales de televisión especializados en cine. O, mejor aún, al cine On Line.

Ya esto ni es bulla – cine, ni misa –cine, ni televisión – oración del rosario. El cine On Line es ir al baño. Es una actividad tan solitaria, tan individual, tan impersonal, tan secreta, tan íntima. Cierras la puerta cuando te dan ganas y ya. Ser espectador de cine hoy es difícil porque se necesita un fuerte criterio de selección de películas, con miras a programar un contenido que valga la pena. Y vaya que lo hay. Nunca en mi vida había visto tanto buen cine latinoamericano, asiático, hindú, africano o europeo. Además del gringo, por su puesto. Aunque, eso sí, me cuesta mucho trabajo asumir el cine como un placer egoísta y solitario. Es cuestión de costumbre.



ricardo_chica@hotmail.com

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