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Ciudad inmovil

Hacia finales del 92 conocí a Efraim Medina Reyes. Recuerdo que llegué a su casa con Edgar Gutiérrez el poeta e investigador. La casa de Efraim quedaba en San Pedro y ahí lo ví sin camisa y frente a un computador que había comprado con el dinero que ganó en un concurso literario.

Poco después tuve noticia de su libro “Cinema árbol y otros cuentos”, publicado, entonces, por Colcultura. “Soy hijo de la televisión” me dijo Efraim aquel día mientras nos acomodábamos en la sala para hablar de mi experiencia en la escuela de cine en México.
Efraim estaba empeñado en hacer una película de vaqueros, pero, fue un fracaso. Además yo no tenía cámara, ni forma de conseguirla. Pero él siguió insistiendo, hasta que finalmente cambió el guión por una historia de un tipo que se hacía famoso por una coincidencia absurda y ridícula. Me acuerdo que me mostró algunas tomas realizadas al parecer en las playas de Marbella y había alguien sentado en una mecedora, en medio de las olas. Después le perdí la pista. De repente lo veía disfrazado junto con Edgar Gutiérrez en el Cabildo de Negros en Getsemaní. O, también, en una amena conversación en el Camellón de los Mártires a media noche. O un viernes en la plaza de San Diego junto con su mítico amigo Ciro, quien, casi siempre vestía de negro.
En aquel libro temprano de cuentos sobre cines y árboles, está parte de la semilla de la obra literaria de Medina. En aquel libro primero, hay un cuento que me encanta, no es el mejor, pero en ocasiones lo leo en voz alta a mis estudiantes: “Psique y Melón”. Lo hago porque cuando se lee se siente que está escrito por alguien de los nuestros. Cuando uno lee a Efraim uno sabe que se trata de un man que es la verga herida. “Ay, pobrecita y ¿quién la hirió?” Escuché una vez a una profesora de literatura de una universidad de Bogotá, al disertar sobre la obra en cuestión, y señalaba las metáforas y disparates callejeros que acaecen en la vida cotidiana de las gentes de Cartagena.
El universo literario de Medina ocurre en el espacio de Ciudad Inmóvil y por supuesto se refiere a esta ciudad que se volvió ciudad, pero que no es ciudad. Se refiere Medina a la mediocridad de todo el mundo: de las mujeres, de las madres, de las profesoras, de los amigos, de los periodistas, de los presentadores de televisión, de los jóvenes, de los colegios, de los dirigentes. Bueno y también se pueden meter a los intelectuales, a los vendedores ambulantes, a las putas, a los boxeadores y a los empresarios. No se salva nadie, como en efecto nos pasa. Como es evidente en lo que hacemos todos los días.
A fines de año, percibí el silencio en la ciudad. Se supone que el segundo semestre es el más bullero. Salí manejando mi carro a la Avenida Crisanto Luque en un día hábil, pensé que me estaba quedando sordo. Saliendo del barrio de Bruselas próximo al lugar sin remedio que es Bazurto, caí en cuenta de que era el día sin moto. Iban a ser las nueve de la mañana. No había trancón bajo el puente. Percibí el cambio repentino en la siquis colectiva frente a los otros veintinueve días de torpeza y mala educación generalizada. Ese día de silencio, la gente parecía en estado de reflexión. Un asunto de percepción personal, lo admito, porque no estamos acostumbrados a interrogar, ni a cuestionar nada. Aquel día silencioso Cartagena parecía más inmóvil que nunca.
“Érase una vez el amor pero tuve que matarlo” es una novela publicada en 2002, pero aún puede conseguirse en algunos supermercados o librerías. Y, a pesar de todos los pesares que ocurren en Ciudad Inmóvil, resulta muy divertida. Es más, serviría para acostumbrar a los jóvenes a leer ya que es una experiencia muy audiovisual. Se trata de un tipo a quien nadie le paró bolas, como ocurre con casi todos aquí, porque no creemos en nosotros mismos. Aunque Efraim sea uno de los más leídos en Suramérica y Europa y traducido a varios idiomas. “Érase una vez el amor pero tuve que matarlo” vale seis mil pesos. El periódico Q’uibo facilitó un importante paso colectivo y es leer diariamente. Si pasamos a leer a Medina sería un gran avance. Sin duda.
ricardo_chica@hotmail.com

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Efraín Medina, a quien

Efraín Medina, a quien Ricardo Chica le hizo un homenaje en este periódico, no pierde oportunidad para lanzar insultos innecesarios y gratuitos a García Márquez, buscando ganar publicidad gratuita y notoriedad. Gabo simboliza el esfuerzo de un costeño por salir adelante, por eso su vida se convierte en modelo para todos. Gabo escogio el arte, otros escogen la politica corrupta, el mal camino. Medina escogió ser un payasito de circo y Ricardo Chica es su relacionista público.

Las seudonovelas de Medina

Las seudonovelas de Medina son una colcha de retazos. Fragmentos sin unidad de intención (chistes de esquina). Estudie Linguistica en la universidad, nos querian meter hasta por el culo las novelas de Medina. Se me caian de las manos sus libros, no me cautivaban sus historias de sexo y filosofia barata (para adolecentes como Ricardo Chica). Seguí leyendo a Bukowski, del cual Medina es un imitador tropical. De locales, mejor leer a Pedro Badrán y su: Hotel bellavista y otros cuentos del mar.

Este es un payaso. Es que

Este es un payaso. Es que hasta cara de payaso tiene.