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Cronista de los invisibles

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Con su crónica “Comer basura, otra forma del reciclaje”, el periodista Rubén Darío Álvarez (Cartagena, 1965), acaba de ganar el Premio Nacional de Periodismo Colprensa 2009.

Autor del libro de crónicas “Noticias de un poco de gente que nadie conoce” y del libro inédito “Crónica de la región más invisible”, estas crónicas suyas nos revelan el alma desconocida e ignorada de los habitantes de la otra Cartagena, en la más espeluznante pobreza y miseria. Estas fueron sus confesiones.

—¿Cuál cree usted que es el mayor desafío que encara un cronista urbano a la hora de captar lo invisible de lo terriblemente visible de la realidad?
—Creo que el primer desafío es el entrenamiento de un olfato que permita captar cosas interesantes más allá de las noticias escuetas. El segundo es tratar de desarrollar un lenguaje que permita conmover a los lectores, quienes finalmente terminarán aceptando que esas historias existen. Y, además de aceptarlo, es posible que empiecen a mirar con otros ojos la realidad que los rodea.
El tercero es asumir esa tarea con la mayor sinceridad posible, sin tratar de sacar historias impresionantes de donde no las hay, evitando la espectacularidad innecesaria, ya que cada tema se exalta por sí solo. Todo depende de encontrarle el enfoque adecuado y las palabras precisas.
La sinceridad también consiste en escribir con el corazón, decir lo que se siente sin miedo y sin tapujos. Al final te encuentras con la “sorpresa” de que mucha gente piensa como tú, ya que los seres humanos estamos conectados por hilos invisibles que sólo los hace visible el arte bien elaborado.
—¿Cómo ha sido la experiencia personal de descubrir, investigar y narrar una historia como la de su crónica del joven reciclador que encuentra su comida entre los desechos de los abastecedores del mercado local?
—Un poco dolorosa, empezando porque no tenía ni idea de que eso estuviera sucediendo en Cartagena, a pesar de que sí sabía de la enorme miseria que se respira en ciertas zonas de la ciudad.
Tenía entendido —y hasta hice una crónica al respecto— que había personas que tomaban las hortalizas desechadas de los camiones que vienen del interior del país. Pero esas hortalizas se desechan, sólo porque tienen, por ejemplo, una manchita que, en términos comerciales, les resta calidad. Pero eso no significa que no se pueda comer y que sea dañina para los seres humanos. Las personas que las recogen las venden más baratas y con eso se ayudan y ayudan a las familias que no tienen para hacer un buen mercado.
Pero el enterarme de que otras personas sacan hortalizas, frutas y hasta carne semi descompuesta de la basura, fue una sorpresa tremendamente dolorosa.
Lo otro es que cuando uno entrevista a un muchacho como Armando se da cuenta de que la mayoría de elementos extraviados (llámense pandilleros, fleteros, prepagos, etc.) que conviven con nosotros en Cartagena, vienen de familias descuadernadas, donde el padre, la madre y los hijos andan cada uno por su lado y de cualquier manera.
Es un gran problema de sálvese quien pueda el que se registra en el trasfondo de las familias no siempre pobres de esta capital.
—¿Qué matices, tendencias y logros percibe usted entre los nuevos cronistas?
—No me considero tan veterano ni tan experto como para tratar de hablar de los nuevos cronistas, pero sí veo muchachos con ganas de hacer cosas diferentes en el periodismo, sobre todo en el escrito.
Y algo que me llama la atención es que esas tendencias las están asumiendo las mujeres. Conozco chicas interesadas en todo, con una enorme curiosidad por la vida, por la lectura, la escritura y sobre todo por la realidad que está más allá de lo que normalmente muestran los medios de comunicación como hechos noticiosos.
Si no se enfrían esos ánimos, creo que ahí tendríamos doble ganancia: por un lado, la crónica periodística fortaleciéndose; y por el otro, las mujeres aplicando su mirada y su sensibilidad a esos temas que insisten en quedarse escondidos.
—¿Cómo mira la relación entre los cronistas y los narradores de ficción; y el riesgo de crear ficciones en formato de no ficción?
—Hace 50 años los grandes escritores comenzaban siendo periodistas vinculados a revistas o a periódicos. Después, terminaban escribiendo ficción, y el resultado era bueno.
Ahora —y desconozco por qué— veo escritores que son excelentes creando ficciones, pero en cuanto incursionan en el periodismo, específicamente en la crónica, como que pierden la naturalidad. Lo que escriben no se siente real.
No sé si eso obedecerá a que no logran apartar al escritor de ficciones del periodista literario que pretenden asumir.
Aventurando otra respuesta, eso podría obedecer a los métodos de trabajo, pues el escritor de ficciones tiene sus maneras de llenarse de argumentos, que no siempre puede utilizar en el periodismo; y viceversa.
En cuanto a lo de crear ficciones en formato de no ficción, lo considero un riesgo que es bueno asumir. Me parece válido. Yo creo que si alguien tiene suficientes argumentos para escribir ficción, pero se siente más seguro haciéndolo en formato de crónica, puede hacerlo, siempre y cuando advierta que se trata de ficción.
Pienso que eso es preferible, a que pretenda atormentar al público con una mala novela un mal libro de cuentos.
—Hablemos de su nuevo libro inédito: ¿qué punto de encuentro o ruptura hay con el anterior?
—Se llama “Crónicas de la región más invisible”, y creo que no tienen puntos de ruptura, porque se trata de crónicas que no cupieron en “Noticias de un poco de gente que nadie conoce”. Es decir, es como una continuación del anterior.
De pronto lo diferente consiste en que las crónicas están mejor pensadas y un poco mejor elaboradas, pero en esencia es igual al anterior: historias de gente invisible, gente que no es ganadora de nada, ni gran protagonista de nada; más bien, perdedores que tienen algo distinto que decir.

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