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Cuando el éxito sabe a hogar

Bajando una lomita está su barrio de callecitas estrechas. La brisa del 24 de diciembre lucha contra el calor de las once de la mañana. Hay vecinos sentados en las terrazas y niños correteando. El cantante cartagenero Kevin Flórez recibió la entrevista con los pies descalzos y caminando sin prisa, mientras alzaba el dedo pulgar a quien lo saludaba.

Su casa es acogedora y está rodeada de plantas ornamentales. A un lado está un columpio de dos puestos. Las barandas que lo sostienen son blancas y están envueltas en una cinta roja. Parecen un caramelo navideño. Un burrito de madera con un detalle muy peculiar en sus partes íntimas mira inmóvil al vacío. “Lo compramos en el pueblo de los burros, en San Antero. Vino así” dice Kevin y se ríe.

“Mucho gusto, Rafael Flórez”, saluda el padre de Kevin. Es un sujeto alto, corpulento y de sonrisa prudente.

“Es mi manager de toda la vida” dice el artista, quien gracias a su padre empezó cantando en cuanta actividad tenía lugar en la ciudad. A los once años fue imagen de la campaña “El Niño Estudioso”, de la secretaría de Educación en 2001, y abrió, en 2002, el concierto de las populares Popstars o “las Escarcha”. En 2004, el talento de Kevin le permitía ser telonero de dos de los artistas más exitosos del reggae y del reguetón, Sean Paul y Don Omar. Tenía 12 años. Una estrecha relación con el picó El Rey de Rocha hizo que su música entrara a los barrios y alcanzara nuevas distancias.

“Mi papá se metía en cualquier evento para que yo me diera a conocer y así la pasó mucho tiempo hasta que nos labramos un nombre”, recuerda Kevin, quien ya no siente nervios cuando se presenta ante cinco espectadores o ante cinco mil.

La familia ante todo
El hermano menor, de rastas largas y rubias, se llama Kingston. Keyner, su otro hermano, está dentro. Él pasea la sala envuelto en una toalla y se mete de nuevo a una de las habitaciones. Su cuñado, también de rastas y barba poblada, se sienta a su lado y hace algunas tomas con la cámara. Es el ‘Tata’. Así, el ‘Tata’.

Sentada en una mecedora en la entrada de la casa está María Eugenia Rodríguez, la madre de Kevin. Ella se ríe al menor comentario, mientras entabla una conversación con Kishany, su nieta. El pequeño Kymani, hijo de Cindy Flórez, hermana de Kevin, entra en busca de su prima. Se les une Kingston, quien repite el nombre de su padre, y Kyan, el recién nacido hijo de Keyner. Él está en brazos de su madre.

Kishany, de 3 años, espera sentada. Ella tiene una gracia natural y es la protagonista de los videos en Instagram de su padre. Mira de reojo a quien se le acerca a Kevin y no pierde oportunidad para decirle ¡paaapi! y derretirlo. La casa permanece llena de gente. Su familia, amigos y vecinos aprovechan el poco tiempo que tiene el artista para compartir algunos minutos con él. Es una familia de integrantes “nómadas”, que guarda el calor de hogar para quien llega. Kevin a sus 23 años, se acostumbró a ello pues desde niño sabe lo que es irse de gira y manejar sus espacios.

“A mí me prepararon para esto. Mi tío (Carmelo Flórez) me mecía haciendo Beat Box (sonidos con la boca). Cuando tenía un año me decían ¨¡Kevin rap, rapea, rapea y te doy un pan de queso!¨. Cuando tenía como 5 años ya me llamaban Kevin Rap. Fue cuando mi papá compuso mi primera canción, que hacía con mi hermana Cindy y que cantamos en el Hotel Hilton, en el día de los trabajadores. Mi papá trabajaba allí”.

Los reflectores no lo cegaron, le mostraron el camino. “Quiero vivir como si fuese espectador, viendo a un niño cantando igual a como lo hacía hace años”, expresa.

Para apoyar estos nuevos talentos, la familia Flórez tiene su propia productora musical: Farra Rap Records. Kevin es productor musical y además toca el violín y “un poco de piano”. “Uno de los primeros que dimos a conocer fue a Young F, ahora a los Legendarios de la Champeta y mis hermanos Kf2, también a Cousin y Dandy”, explica orgulloso.

Dice que por las venas les fluye el ritmo. Su abuelo, a quien califica como “el mejor soldador de la Costa”, era un asiduo coleccionista de música jíbara y haitiana. Hoy con su champeta “urbana”, Kevin recorre el mundo llevando éxitos como La invité a bailar, Con ella, Viva el amor, Mi nueva vecina, y ahora Asómate a la ventana, hasta Europa, varios países de Latinoamérica y pronto a Norteamérica.

Parece ser que el único receso del artista fue cuando esperó a que “le cambiara la voz”, ese aterrador paso de niño a adolescente. La experimentación comenzó “y... bueno a la gente le gustó mi voz”, cuenta casi con un suspiro.

La fundación de Kevin Flórez se une a sus nuevos proyectos, materializándose como un centro de ayuda para jóvenes en riesgo de caer en la drogadicción o el alcoholismo.

Su nicho dorado
Su hogar, un laberinto con una entrada enorme, al igual que el pequeño Papa Noel en la puerta expresa un “Bienvenidos”. Más adentro está la habitación y un pequeño estudio. Al ver la repisa de vidrio empieza el conteo. “¡Uno, dos, cuatro... 24!” dice Kevin. Tiene tres premios Shock, dos premios Nuestra Tierra, un Congo de Oro (del Carnaval del Bicentenario en Barranquilla), tres premios Luna, un premio Nuestra Identidad (Enai Award) y un premio Mi gente. Una estatuilla con un pez dorado se hace espacio entre los premios; se la obsequiaron en La Dorada, Caldas. Tropicana Cartagena lo condecoró como el artista cartagenero con Mayor Trayectoria y además tiene menciones que llegaron desde la isla de Santa Catalina y de Mosquera, Cundinamarca.

Cuando habla de los galardones sus ojos brillan más de lo usual. “¡Daaa! Es una emoción inexplicable. Yo me veía estos premios (Shock) y me decía ‘algún día voy yo’ ”.
En su habitación tiene parte de su vestuario. Un ciento de pares de zapatos está en los estantes diseñados para ordenarlos en hileras. Del otro lado están las gorras. “Hay un zapato, aquí hay otro zapato... 6, 7, 8, 9, 10” señala la pequeña Kishany. En realidad son demasiadas gorras y zapatos.

En casa
Este fin de año, al igual que en los anteriores, no pueden faltar en la familia Flórez Rodríguez, las uvas, la maleta que le da la vuelta a la manzana y el baño de arroz y lentejas. En cuanto a los regalos, Kevin tiene su propio concepto aún cuando hace de Papa Noel cada navidad. “Creo que los regalos materiales son el relleno de muchas cosas. El mejor regalo de mi papá para mí fue siempre estar ahí. Le agradezco haber estado conmigo”.

Un compromiso llama al artista pero parece que para él no hay prisas. El sol cambió de posición mientras Kishany jugó con Kymani y Kingston. Hubo arreglos en su casa. En minutos su hogar pasó de estar vacío a lleno. A lo lejos y entre las risas de su familia, se escuchaba un entretenido programa de televisión.

“Así es todos los días... bueno cuando estoy porque casi no paso aquí”, dice, a pocas horas de cumplir, en nochebuena, un compromiso en otra ciudad.

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