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¿Cuánto vale su Navidad?

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Por un patacón con un pedazo de salchicón y 800 pesos, “El Cholo” accede a contarme qué es la Navidad. Son las 10 de la mañana y él acaba de despertar. Habla despacito. Es como si hiciera un esfuerzo descomunal para pronunciar cada palabra, por corta que sea. Se llama Ángel Barrios Fajardo y perdió la cuenta de cuántos años lleva viviendo en la calle, aferrado al vicio. Su cama es un pedazo de cartón y su cuarto es el andén que está frente al Reloj Floral, en Pie del Cerro.

Dice que su mamá vive en una invasión de El Pozón y que atravesará la ciudad a pie para llegar a verla en Nochebuena. Repite que es cartagenero y que tiene 22 años, aunque parece de 40.

-“Siempre me regalaban ropa, carros y baloncitos. Me gustaban mucho los balones. La Navidad es bacana”, dice. Sonríe.

Y yo me pregunto, ¿habrá plata suficiente para sustituir una Navidad en familia?

Piense que le ofrecen dinero, un millón de pesos, por ejemplo, para perderse entre el próximo 30 de diciembre y el 7 de enero de 2016. Perderse es perderse: la condición es no comunicarse con ningún familiar por ningún medio, ni siquiera para dar el feliz año. ¿Le suena?
Pregunté a 24 compañeros de la Redacción y el resultado es contundente: 14 responden con un “no” rotundo; 7 dicen “sí” y los otros tres argumentan lo pensarían, pero es muy poca plata.

-¿Por un millón de pesos? ¡Nombe! Eso no alcanza para nada -dice Keendy, mientras agarra su bolso para salir-.

-¿Y entonces por cuánto te irías? -pregunto-.

-Por tres millones. Me pierdo y regreso con regalos buenos para mi mamá -responde y suelta una carcajada-.

En cambio para Julie, que nació y creció en Soplaviento -Bolívar-, no hay plata que sustituya un diciembre en casa. Fin de año es, según ella, sinónimo de nostalgia. De fe. Es morir de ganas por regresar el tiempo para salir cada 25 de diciembre a mostrar los regalos del Niño Dios a los vecinos del pueblo, como lo hacía de niña. Para volver a mirar la sonrisa del abuelito que ya murió. Es el olor a pintura fresca. A juguete nuevo.

¿De dónde viene tanto amor por Navidad y fin de año?
“Estas fechas son muy especiales en Cartagena y en la región Caribe y la prueba está en el significado que tienen en la memoria colectiva. Es un juego entre costumbres y tradiciones. Las tradiciones están muy ligadas a la gastronomía, a ese significado que tiene servir el plato en torno a la familia en esta época. Las costumbres se manifiestan en las novenas, juegos en el vencindario...en ir al Centro Histórico para ver los juegos pirotécnicos, pese a que somos una ciudad en crecimiento y hay otros barrios que podrían ser focos de interés”, explica la historiadora Albertina Cavadía Torres.
Albertina cuenta que la mayoría de costumbres navideñas en Cartagena son adoptadas de otras culturas. “Podríamos mencionar a los sirio-libaneses con sus lazos. No sé si has visto que en las puertas ponen grandes lazos, que parecen de regalos. También de ellos tomamos a Navidad y fin de año como una época mercantil por excelencia”, comenta.

Diciembre, el el Caribe, es sinónimo de compartir. De amar. Es tiempo para ser feliz.

Aquí, cuatro anécdotas que resumen lo que los caribes están dispuestos a hacer con tal de pasar fin de año en su hogar.

UNO. ¡Pero llegué!
“Nací en Ciénaga, Magdalena, pero estudié y hace algunos años trabajo en Cartagena. Soy fotógrafa. El 23 de diciembre de 2014 trabajé de 10 de la noche a 6 de la mañana del 24. Quería pasar Navidad con mi mamá, así que salí así, amanecida, para la Terminal de Transportes. Tomé un bus a Barranquilla, de ahí abordaría uno a Santa Marta para llegar a Ciénaga. Cuando llegué a Barranquilla me dijeron que la vía a Santa Marta estaba cerrada por una carrera de ciclismo. Me quise morir, pero no me regresé. Esperé y a mediodía abrieron la carretera...llegué a mi pueblo a las tres de la tarde, el viaje tardó cinco horas más de lo normal...¡pero llegué!”. Lorena Henríquez.

DOS. ¡Qué odisea!
“Para pasar Navidad y fin de año en familia toca pedir permiso en la empresa para luego empezar la odisea de conseguir un tiquete para la cuidad donde está mi familia. Si no lo consigo, pues toca esperar. Hasta me ha tocado dormir en la Terminal para esperar que salga el último bus”, dice Yirle Tatis, lectora de El Universal.

TRES. Cambio de maletas
“Mi abuela, Ecolástica Flórez, llegó a Cartagena a visitarnos hace muchos años. Era diciembre. Duró acá unos días y después se regresó en un bus para Sahagún -Córdoba-, el pueblo donde vivía. Llevaba una maleta café con regalos para sus hijos y nietos, ropa para todos. Cuando llegó a Sahagún y bajó del bus le entregaron una maleta café, como la suya. Al llegar a casa, sus hijos y nietos la rodearon. Mi tío Jaime, uno de sus hijos, abrió el maletín y dijo: ‘mamá, ¿usted dónde estaba? ¿En Cartagena o en una ciénaga?’, porque encontró una rula y un par de abarcas sucias de barro. Mi abuela salió corriendo al terminal, el bus iba a arrancar rumbo a Montería, pero ella alcanzó a decirle al chofer y encontró a un campesino con su maleta. Las intercambiaron y los niños recibieron sus regalos”. Gustavo Tatis.

CUATRO. Lejos de casa
“Nací en los Llanos y me crié en Bogotá, pero vivo en Cartagena. Mi abuela Emma, que me crió desde que tenía 4 años, vive en Aguazul, Casanare. Ella es el centro de la familia, entonces en Navidad y año nuevo toda la familia viaja de todo el país para llegar a su casa. El año pasado, por el trabajo, no pude ir y fue muy duro. Cuando estás lejos de casa, buscas pegarte a otra familia para celebrar esas fechas especiales, a la de tu pareja por ejemplo, pero cuando llegan las 12 del 31 de diciembre te desplomas, así estés en la cima de la rumba. Entonces las líneas telefónicas colapsan y cuando por fin puedes comunicarte, que escuchas que tu familia está feliz, comienzas a llorar. Eso me pasó”. Jairo Cárdenas, periodista.

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