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Cultura ciudadana

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La Escuela del Gobierno del Distrito dio a conocer los resultados de la Encuesta de Cultura Ciudadana y, en general, puede decirse que todo apunta a confirmar nuestro carácter ambiguo frente a la ley, frente al derecho ajeno y frente a la corrupción y al narcotráfico. Se trata de prácticas sociales que, en general se encuentran en toda América Latina y apuntan al referente de “se obedece pero no se cumple”.

El escritor Antonio Caballero dice que se trata de una actitud heredada de la indulgencia, o la compra del perdón divino y entrada segura al cielo, que la iglesia católica vendía a ciertos personajes o familias respetables y con poder económico. Para tratar de ordenar un poco el asunto propongo distinguir a qué nos referimos con cultura ciudadana: se trata de prácticas sociales y cotidianas que las personas llevamos a cabo en el escenario urbano. Prácticas que, a su vez, están referidas a un sistema de creencias, es decir, a los esquemas mentales que nos habitan y que nos sirven como referentes para tomar decisiones sobre lo conveniente o inconveniente; lo malo o lo bueno; lo feo o lo bello; lo aceptable o lo inaceptable; sobre lo razonable o lo irracional. Estas prácticas cotidianas se corresponden, en parte, a las condiciones en que vivimos.
Esto último es bien clave, porque normalmente creemos que la gente que vive a la orilla de la perimetral, en tales condiciones, no es gente. Que deberían desaparecer, que son unos animales, que son un lastre indeseable porque son vagos, invasores, delincuentes. Eso no es nuevo. Hay que revisar la historia social de la ciudad desde fines del XIX y hay que seguir la pista a las manifestaciones de desprecio y exclusión que se practicaron desde el mismo gobierno local, desde los medios, desde los inversionistas y desde los intelectuales de prestantes apellidos cartageneros. Hay que ver cómo se referían en la prensa de entonces y en cuanta tribuna pública, a los habitantes de barrios al pie de la muralla como Pekín, Boquetillo, Pueblo Nuevo que fueron expulsados hacia los pantanos de Canapote y donde murieron, quien sabe cuántos cartageneros, mientras se rellenaban los terrenos. Lo mismo pasó con la historia de Chambacú y del Papayal. Nada más escarbar un poco en la prensa local para encontrarnos con un plan de injusticias, desplazamientos forzados, manipulaciones a la ley. De todo se ha hecho. Aquí se pasa por encima de los más débiles, se les aplasta, se le desplaza porque ocupan tierra muy valiosa. Como las cientos de familias que viven a la orilla de la perimetral: es buen negocio despreciarlos. Busquen en las otras orillas de la ciudad, para que vean.

Hay en el Centro de Documentación de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Cartagena, un puñado de tesis de historia que cuentan lo que nadie quiere oír en esta ciudad. Trabajos escritos por estudiantes comprometidos y respaldados por docentes muy serios. Ahí están, para quien tenga una mañana libre y se anime a leerlas en aquel sitio. La cultura ciudadana, en el fondo, supone amor colectivo por la ciudad, es decir, por nosotros mismos. Respecto a eso, no soy pesimista. En octubre de 2007, cuando salimos a votar a la alcaldía de Cartagena, por ejemplo, hicimos la tarea que nos tocaba. Déjenme ser claro: aquel día demostramos como sociedad que somos capaces de ser razonables, que queremos salir adelante, que anhelamos cambiar las condiciones de vida para la mayoría en esta ciudad. Hicimos nuestra parte.
Cualquiera me diría que con las elecciones pasadas no fue lo mismo, que la compra – venta de votos fue vergonzosa. Déjenme ser abogado del diablo: a mi juicio, esas elecciones están diseñadas para que funcionen así. Habría que rediseñarlas para que las opciones queden claras a ojos de cualquier elector. La cultura ciudadana nos habita, pero, en relación con el Estado, con la sociedad, con el sector privado. Una relación donde la gente sabe que tiene derecho a la ciudad y sale todos los días a participar de ella para arrancarle un pedazo de bienestar para sí mismos, para sus hijos. Así la ciudad no le ofrezca las condiciones apropiadas, sino miedo.
ricardo_chica@hotmail.com

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