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Cumbia en el metro

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El otro día me vi caminando rápido, junto a ellos, junto a todos. “¿Qué estoy haciendo?” Me pregunté. “¿Por qué tengo prisa?” Analicé la situación. No había motivo. Es una pulsión colectiva, es como si tu vida dependiera del ritmo marchante del otro, del que va delante, del que va detrás, de los que van a los lados.

En la hora pico del metro de la Ciudad de México circulan más de nueve millones de almas al mismo tiempo. Es la hora de la sardina y el sábado pasado caí, me atrapó. Quedé apachurrado en un vagón que, en ese momento tenía más de 200 personas, cuando está diseñado para transportar 140 máximo. Iba para el zócalo, la gran plaza central de la ciudad, pero, una estación antes, de un empujón me expulsaron. Y tuvo que ser así porque había gente con necesidad apremiante de salir. Total, digamos que no tenía prisa en este lugar cuyas distancias son tan inmensas, donde el paso de una semana es como el paso de un día en Cartagena. Este ejercito cotidiano de gente me hace sentir parte de una plaga. La plaga implacable que somos. ¿En qué momento apareció este monstruo lleno de tripas de metal, de tubos, de cápsulas, de rieles, de carriles, de varillas y cemento? Un monstruo barroco que superpone capas de asfalto, pisos, rascacielos, puentes, viaductos, barrios y gente. Mucha gente, por chorros. Tanto que aquí es el único punto de la república mexicana donde el aborto es legal.

Mientras no sea hora pico, los vagones del metro se llenan de vendedores ambulantes. Esos. Sí, esos que tanto desprecia la élite nuestra. Se trata de millones arrojados en las entradas de las estaciones y venden de todo. Muchas veces son parejas y familias que llegan en sus propios automóviles, abren el baúl y venden cualquier producto inimaginable. Parquean los automóviles en las aceras contiguas a cada estación de las doce líneas del metro. Cuando uno pasa por los fosos de acceso, se encuentra con más tenderetes: en las escaleras, en los pasillos, en el piso. Existen los vendedores que circulan vagón tras vagón, estación tras estación. Pasan músicos, predicadores, pedigüeños y vendedores: todos muy jóvenes, hombres y mujeres. “Son 180 canciones de cumbia que te vas a llevar” anuncia un joven, apenas se cierran las puertas del vagón. “Son cumbias de toda época de los setenta, los ochenta, los noventa y la época actual” continúa la oferta. Acto seguido, el vendedor activa un MP3,o según sea el caso, un Disc – man, el cual está conectado a dos poderosos parlantes que lleva en un morral colgado en la espalda. En medio de las cientos de caras serias, inexpresivas; en ausencia de voces, en medio de miradas que se clavan al piso o en ninguna parte; en medio del zumbido de los rieles y el convoy suena “La Cadenita” aquel histórico éxito del getsemanicense  Lucho Pérez Argaín de la Sonora Dinamita, tal y como si fuera la última moda. Suena la cumbia colombiana en el metro naranja del Distrito Federal.

ricardo_chica@hotmail.com 

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