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De noche

Comenzamos clase a las ocho de la noche. Como de costumbre casi todos los estudiantes llegan a tiempo.

Hace poco los tableros de acrílico fueron reemplazados por tableros inteligentes capaces de grabar el mapa conceptual que habita en la vieja USB que acabo de insertar. Un tablero conectado en línea que me permite mostrar un tramo de documental, que reposa en www.youtube.com. Así mismo, deposito en las cuentas de correo electrónico estudiantiles, el portafolio académico con la guía de aprendizaje de los temas vistos. Portafolio académico que diseñé para trabajar en equipos que investigan, proponen e innovan los interrogantes y las apuestas. La clase no dura más de treinta minutos. Los próximos cincuenta minutos los dedico a asesorar a cada equipo de estudiantes, en especial, en lo que tiene que ver con base datos y criterios de búsqueda de información en ciencias sociales, las cuales reposan en revistas producidas por comunidades científicas internacionales. Casi todas las bases están en inglés, otro tanto en francés, algunas pocas en castellano.
En clase todos somos bilingües. La mayoría de mis 46 estudiantes tiene entre catorce y dieciséis años de edad, están en tercer semestre de la carrera de Gestión Documental-antes solía llamarse Comunicación Social y casi todo el mundo asumía que allí se formaban periodistas-. La materia a mi cargo es Teoría del Pensamiento Estratégico y la clase termina hacia las 9 de la noche y desde 2010, es raro ver a un estudiante hombre. Ya casi cumpliré treinta años de docencia, el próximo agosto del 2022. Las cosas no son como antes. Me encuentro con los estudiantes cada quince días por espacio dos horas. El resto del contacto es en línea, donde sigo la evolución del proceso de aprendizaje. Extraño la época en que veía los estudiantes casi todos los días por la mañana, pero, la culpa de todo la tiene el maldito calor. Hace una docena de años recuerdo haber visto El Libro de Eli, una película con Denzel Washinton y todos, sin excepción usaban gafas oscuras que cubrían en su totalidad las cuencas oculares. Fue un presagio de lo que se nos venía encima en una ciudad como la nuestra.
Recuerdo bien que cuando salió la película, la vi mientras viajaba en un bus. Apenas me acomodé en la silla tres pantallas planas retráctiles, salieron del techo. En ese entonces tenía mi tutora de tesis en Tunja, en mis estudios de doctorado. Ya estaba viejo para eso, pues, contaba con 42 años. Comenzaban a aparecer en el panorama académico universitario de la costa, los primeros doctores con treinta años de edad o menos. Era mi segunda vez en la capital boyacense y el bus comenzó a recorrer la sabana, hacia las tres de la tarde con un sol tan intenso y tan brillante como si estuviera al pie del mismísimo baluarte de Santa Catalina. Lo que más me impresionó fue cuando el chofer tuvo que prender el aire acondicionado cuando íbamos llegando a Bogotá, a la altura del parque Jaime Duque. Casi todos los pasajeros se bajaron en la estación de la 170 para abordar Transmilenio. El bus quedó con unos cuantos pasajeros. Me acerqué a la cabina y le pregunté al chofer por el aire acondicionado. “A veces toca prenderlo, como hoy”. Me pareció una respuesta aterradora. A mediados de los ochenta, cuando viví en la capital siendo un muchacho, el frío era constante como una carretera larga en el desierto guajiro.
Aquel aire acondicionado prendido entre las montañas y ver la copia pirata de aquella película, me dieron una pista de lo que se nos venía. Recuerdo perfectamente, que en 2010 vi aparecer los primeros mosquitos en Bogotá, a las seis de la tarde. Ahora todo es de noche y dormimos de día. Todo comenzó en Bazurto. Todos lo sabíamos: desde siempre, buena parte de la gente que labora en el mercado público, comienza a las dos o tres de la madrugada, hacia las nueve ya están desocupados, cuando el sol comienza su fase más insoportable. Otros tantos iniciaban labores desde las once de la noche del día anterior. La gente que, habitualmente, pasaba a las tres de la mañana por el mercado al salir de la rumba en el centro histórico, se percataba. A esa hora, Bazurto era un hervidero caminando despreocupado por la Avenida del Lago. Cargando bultos, empujando carretillas, con fajos de billetes en la mano, con el barullo de siempre. Pronto el resto de la ciudad, sin darse cuenta, invirtió las rutinas. Todo comenzó hacerse de noche.
ricardo_chica@hotmail.com

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