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Declaración de amor a Cartagena

Cada vez que llego a Cartagena de Indias, siento como si volviera a casa. Desde la primera vez que vine, hace cuatro años, no lo viví como si visitara un país extranjero, sino como una sensación desbordante de encontrarme justo donde debía de estar.

Y de por fin sentirme feliz. Tan feliz como la pieza de un rompecabezas que se acomoda en el lugar adecuado, tras una larga espera en una caja negra.

Todo encaja. Todo en Cartagena encaja en mi interior: la generosidad de la gente que te da más de lo que tiene, y nunca deja de dar; la pasión que transpira desde la tierra; la piel cálida frotándose contra piel cálida que reinventa el fuego una y otra vez; la luna caprichosa que se muere por ser devorada; el aire húmedo que se siente como una lengua que constantemente lame tus labios, tu cuello, tu espalda, tu pensamiento; la lujuria sin fin que se alimenta a sí misma y permanece hambrienta; las sombras danzantes detrás de cada ventana; la locura de lo que aún no ha sido descubierto; la sed y lo que viene después, que es más avaricioso que la sed misma; los sueños que yacen a tus pies como leones domesticados; el niño que permanece vivo en cada adulto; las sonrisas que no prohíben el dolor y viceversa; la espontaneidad del sí y del no; el misticismo sexual; la sexualidad mística; la poesía que transpira en cada detalle; el “nada nunca es suficiente”; el “quiero más y no quiero nada”; el “así es como soy y no me importa”…

Me toma treinta horas llegar hasta aquí desde Beirut. Treinta horas entre aviones, escalas, registro y retirada de mi equipaje en distintos aeropuertos, e interminables filas en los controles del pasaporte. Treinta horas sin sueño, con un terrible dolor de espalda, apretada en un estrecho asiento de avión entre una viejecita que ronca y un bebé que llora. Pero ni siquiera se me ocurre quejarme. Me basta llegar aquí, caminar por la calle y aspirar el aire, para olvidar el agotamiento y el trajín: una y otra vez se sucede el milagro, y me parece tener ventanas y sorpresas en la palma de mis manos. Estaré por siempre agradecida con el Hay Festival por hacer posible conocer esta parte de mí misma, una parte que de otra forma jamás habría sospechado que siquiera existe.

Sí. Cada vez que llego a Cartagena y me baño en su esplendor innato, me siento en casa. Me siento amada. Me siento Amor. Y me doy cuenta de que vale la pena vivir la vida.

A pesar de todo.

(Traducido por Eduardo Rabasa)





* Texto cedido por la gran poeta y ensayista Joumana Haddad (Beirut, 1970).

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