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Después de la música

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Fecundar la maravilla. No petrificarnos con la ilusión de lo vivido sino estimular la expectativa de lo que viene. Y no quedar como esos niños que se quedan mirando el circo cuando lo desmantelan, como si hubieran asistido a una ilusión. No: lo que ha ocurrido es la semilla de un bosque con irradiaciones mayores.

Sin duda, el V Cartagena Festival Internacional de Música promovido por la Fundación Salvi, es una lección apoteósica de que es posible consolidar un proyecto cultural en Cartagena para todo el país y el mundo. Pero hace falta mucho para que Cartagena pase por el país y el mundo, más allá de ser un escenario de fascinación como destino turístico, paisaje cinematográfico y se fortalezca como industria creativa. La ciudad adolece de una memoria articulada al presente.

El éxito de los festivales musicales no sería posible si en esta ciudad no hubiera existido una tradición musical, en la que coexisten lo erudito, lo sinfónico, popular, folclórico, y lo experimental en el territorio de lo contemporáneo. También ha existido una tradición suelta y deshilvanada en el jazz que algunos estudiosos han registrado en documentos y ensayos. No es suficiente recordar, hay que valorar y hacer visible esa historia: la de Juan Pérez Materano, que en 1537 publicó en Cartagena el libro más antiguo de música del país, la de Guillermo Espinosa Grau, maestro y fundador de la Orquesta Sinfónica de Colombia, que entre 1945 y 1953, fue el artífice de los Festivales de Música, a través de la Asociación Pro-Arte Musical de Cartagena. La historia aún desconocida de Adolfo Mejía Navarro (1905-1973), el más grande compositor sinfónico que ha dado el Caribe colombiano, cuyas partituras debieran ser editadas para los nuevos músicos colombianos. Cartagena ha fallado en la memoria y en la preservación de sus recuerdos, pero eso tampoco es suficiente. Aún no se ha grabado en la misma ciudad a la que consagró su himno, un disco que reúna siquiera una selección de su obra sinfónica creada para piano y la inmensa obra que se nutre por igual de lo popular y lo erudito.

Nada de lo que ha ocurrido por estos días de festival de música sería posible si no existiera esa tradición que hoy Julia Salvi cosecha en tierra fecunda. La ciudad creció en oferta y demanda cultural pero sus contrastes sociales siguen siendo igualmente dramáticos. En Cartagena coexiste la miseria y la riqueza. La creación de una nueva facultad de música es una excelente noticia para 2011. Fortalecer lo existente e incentivar el legado artístico de Adolfo Mejía es una alternativa urgente. Las autoridades culturales del distrito dieron un primer paso pero eso no es suficiente: rescatar el nombre de Mejía para el teatro distrital que antes se llamaba Teatro Heredia es algo a medias: aún Mejía sigue siendo fantasmal, porque debió empezarse por la obra de Mejía para hacerlo visible. Es tarea del Teatro Adolfo Mejía y tal vez del IPCC editar la obra musical. Lo simbólico no va a ninguna parte si no se rescata lo tangible de una obra. Ese reino de lo tangible y misterioso que es la música, como quien intenta tallar emociones, fijar eternidades en el tiempo, ese tejido de lo imposible. Cartagena tiene deudas de reparación histórica en la cultura y una de ellas es Adolfo Mejía: Unibac puede hacerlo para confrontar que en el pasado a Mejía lo destituyeron en Bellas Artes. La familia de Mejía tiene que reconsiderar todo eso porque la ciudad no puede perpetuar sus olvidos y torpezas. Qué bueno que en 2011 año del Bicentenario de nuestra Independencia de Cartagena, la Alcaldía, el IPCC, Teatro Adolfo Mejía y Unibac, decidan hacerle el gran homenaje a la obra de Mejía. Editarla con sus partituras para que por fin empiece a vivir como un teatro orgánico y tangible. Lo mismo habría que hacer con otros músicos populares: Pedro Laza, Clímaco Sarmiento, Sofronín Martínez, Michi Sarmiento, entre otros. Las tertulias deben desembocar en hechos contundentes como ediciones de libros, discos, videos, fotografías, etc. Que la iniciativa de crear un Museo de la Música Popular de Cartagena de Indias, que ha estado en la mente de musicólogos, músicos y líderes culturales, y lanzada al comienzo de este 2011 por Rafael Martínez Fernández en el ciclo de tertulias Los sonidos del Caribe, no se quede en las buenas intenciones y en las emociones entre amigos. Que el buen deseo que ha respaldado el historiador Alfonso Múnera siga adelante con el apoyo de la Universidad de Cartagena. Esa memoria musical puede contar con el respaldo interistitucional de la U. de Cartagena, el Instituto Internacional de Estudios del Caribe, el Observatorio del Caribe, la Maestría en Desarrollo y Cultura de la Universidad Tecnológica de Bolívar, entre otros. Sin alianzas es imposible. Vean lo que ha ocurrido en Barranquilla con el Museo Cultural del Caribe. Vean cómo Barranquilla ha apostado a su memoria viva a través de escenarios, museos, parques, convocatorias como el Carnaval de las Artes, e incluso el caso de La Cueva, un bar restaurado que es también un centro cultural. Cartagena no logra salir del círculo vicioso de su fragmentación. Y cada año se empieza todo como si se empezara de cero, como si no existiera política pública de cultura. Todo es tan reciente en apariencia que hay que señalarlo con el dedo…

Los músicos que han venido a Cartagena invitados al festival han podido comprobar que aquí hay una reserva humana y artística que el mundo aún desconoce. Y que aún el público se emociona y se maravilla escuchando a Bach como si siempre hubiera sonado en las plazas. Qué bueno que algunos de esos músicos invitados compusiera una sinfonía para Cartagena. Que el festival popularizara en discos y en videos toda la memoria de todos los festivales. Y que esos niños y niñas de Nelson Mandela y El Pozón que interpretan con violines y trompetas la música europea, también compusieran su propia música y se la regalaran al mundo. Es el mejor tributo a Beethoven, Mozart y Bach. Y a nuestro Adolfo Mejía.

¿Qué va a pasar con el movimiento sinfónico de Cartagena, más allá de lo episódico y espectacular de un festival musical como el que organiza Julia Salvi? Eso es demasiado serio y maravilloso como para dejarlo a la deriva o en las manos de una sola institución. Las alianzas culturales son necesarias y se requiere que los niños y niñas, jóvenes y adultos que cultivan lo sinfónico, vean lo que el mundo está haciendo en ese ámbito y se confronten hacia una competitividad de exigencia formativa. Escuchar lo que está haciendo Occidente y Oriente en la música. Y competir en el sentido más elevado del término. Buscar la excelencia, acceder a becas internacionales y a festivales del mundo. Para que Cartagena pase por el mundo, sin perder su esencia, y no siga viéndose como la ciudad exótica y curiosa donde el muchachito o la muchachita de Nelson Mandela o El Pozón deslumbran al europeo porque toca a Bach o Beethoven con su violín. Pasar de esa realidad a otra dimensión: Sí, además de tocar lo que Europa conoce, mostrar las nuevas posibilidades creativas y musicales, el tesoro interior de potencialidades humanas y artísticas de una ciudad como Cartagena que no tiene nada que prestarle o envidiarle al mundo.

 

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