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Educación y ciudad

El problema que tienen nuestras escuelas y universidades es que están en Cartagena. Un grupo importante de instituciones educativas locales, están arrojando avances cruciales a partir de grandes esfuerzos por alcanzar niveles decorosos de calidad. Pero ¿Qué pasaría si nuestros mejores colegios y universidades estuvieran en ciudades como Medellín, Bogotá o Barranquilla?

Mi sospecha es que estarían mejor articulados a sus entornos próximos, con incidencia en el rumbo que lleva la sociedad. La relación educación y ciudad, supone distinguir dos visiones del proceso educativo. Una cosa es la educación en el plano institucional y otra en el plano cultural.

La experiencia de aprender se da sobre todo en las dinámicas urbanas. Es por eso que el bachiller que puede nos abandona y Bogotá es su primer destino. A uno lo forma - tanto como la universidad donde estudia- el intercambio con el entorno, el cual, puede ser estimulante, creativo, fascinante; o lo contrario. El intercambio consiste en apropiarse socialmente de lo que ofrece el mundo. Y, ese es el problema, que somos el trasero de Occidente. En Medellín, si no me equivoco, la Secretaría de Cultura Ciudadana ostentó un presupuesto mayor que el del Ministerio Nacional de Cultura y ello se reflejó en la ejecución de una oferta cultural ambiciosa, de calidad mundial, democrática y permanente.

Una oferta cultural integradora de la ciudad e incluso de la región. La gente, pues, se forma en la vida escolar, institucional y curricular; y, al mismo tiempo, nos formamos en el dinámico devenir de las costumbres, los saberes, la memoria colectiva, los gustos. De ahí la importancia de la visión cultural de la educación.

Pensar la educación, en sus dos sentidos, implica responder a la pregunta ¿Hacia dónde vamos como sociedad? La apropiación de conocimientos –modernos o tradicionales; locales o globales; culturales o disciplinares; etc.- tiene que ocurrir de manera colectiva. La clave de la relación entre educación y ciudad es nuestra capacidad para crecer, madurar y avanzar juntos. Pienso que es un desafío social, urgente. Mientras tanto, se han dado pasos importantes en ese sentido. Las universidades cartageneras han logrado altos estándares de calidad académica y científica en el plano nacional e internacional, por ejemplo. Asimismo, la actual  Secretaria de Educación Distrital, nos deja una importante infraestructura educativa que mejora ostensiblemente la calidad de vida de miles de niños y jóvenes de los sectores sociales que más sufren la desigualdad. A eso hay que sumarle la superación del analfabetismo y la obtención de lugares destacados a nivel nacional en las pruebas Saber, en cabeza de los bachilleres de la Generación del Bicentenario; entre otros contundentes logros.

No obstante, como dije arriba, el problema es que estamos en una ciudad que no es ciudad. En esa circunstancia ¿qué es lo que aprendemos en las calles de Cartagena? No me refiero nada más a la poderosa imagen del Centro Histórico, sino, especialmente, al mundo de la vida en los barrios de todos nuestros sectores sociales. Ahí es donde la pedagogía social se hace medular y, en ese sentido, menciono cuatro referentes institucionales interesantes: La Escuela de Gobierno y Liderazgo; el Instituto de Patrimonio y Cultura; el Dadis y la Umata.

Las dos primeras instituciones marcaron giros históricos en sus trayectorias; con poco hicieron mucho; involucraron y facilitaron la participación de miles y miles de jóvenes, niños y familias en dinámicas de aprendizaje colectivo en diversos escenarios de la ciudad. Lo hicieron de manera profesional y sistematizada. Hablo del Dadis porque las prácticas de higiene y salud pública, son esencialmente culturales; y, al parecer, nos quedaron debiendo un liderazgo institucional que nos abra los ojos respecto a problemáticas tan delicadas como el Sida y la salud sexual y reproductiva, entre otras. Hay que partir de la idea de que en Cartagena hay mucho meneo irresponsable y eso tiene relación con la formación ciudadana.

La Umata (Unidad Municipal de Asistencia Técnica Agropecuaria) lideró una insospechada ampliación del proyecto bandera Patios Productivos. Desde ahí se está resolviendo con inteligencia un problema tan acuciante como el  de la seguridad alimentaria. Si hay un secreto guardado en Cartagena, es la sabiduría rural que aún subsiste en los barrios y que se manifiesta diario en nuestra extraordinaria sazón gastronómica; ello implica la mesa donde se toman los alimentos, como escenario privilegiado para aprender a ser cartageneros. Y mejor si es la mesa de fritos. 



ricardo_chica@hotmail.com




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