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El año pasado

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Esa noche salí a la tienda y en medio de la calle se fue la luz. Hacía calor: denso e insoportable. Y hediondo. La peste se pudo oler y sentir en el transcurrir del día.

En casa, en el barrio todo el mundo la tenía en algún grado: una gripa de tos áspera y de moco espeso. De dolor de tripas, de granos y furúnculos rojos que laceraron la piel. “Va a llover” escuché decir al tendero, más con el deseo que con la certeza.

El sopor de la dentina al amanecer la hacía inevitable, formaba parte del ambiente, del aire respirado por todos: desde hace años estamos acostumbrados. Desde hace años se viene pudriendo la bahía: con mercurio, con plomo, con sentina, con sedimentos de agua dulce. Y, quién sabe desde cuando, con derrames de combustible. A las playas llegó el pez león: una especie marina temible por su veneno poderoso que acaba con otras especies y que puede afectar los bañistas.

A los bañistas, que en su mayoría no son de aquí, los cuida el ejército porque la policía resultó insuficiente. Los asesinatos en la ciudad se tornaron cada vez más viscerales. A sangre fría. Hay quien decía que en Cartagena iba a estallar una bomba social. Como imaginando una gran rebelión cual masa de pobres y miserables tomándose los sectores medios y altos de la sociedad. No. Nunca ocurrió así. El hambre y la desesperación sumieron a la gente en un desbarrancadero moral de gran envergadura. Todo se resolvía a tiros, a cuchillazos, a pedradas. Todos contra todos. Ya veníamos acostumbrándonos a los tiros. Una muerte segura, rápida, sin sentimientos y efectiva. Nos veníamos acostumbrando porque eran ejecuciones limpias y todo obedecía a un cómodo ajuste de cuentas, caiga quien caiga. “Por algo sería” decía la gente y se encogía de hombros, hasta el día que le tocaba a uno. Era una mezcla de indiferencia con resignación, pero, de repente todo comenzó a cambiar desde el año pasado.

Cuando dos mujeres jóvenes fueron ahorcadas, asfixiadas con manos propias. Cuando un hombre degolló a su esposa. Cuando un empleado apuñaló y degolló a sus patrones: madre e hijo. A sangre fría. Más fría que los tiros de los sicarios. Porque aquí se trata de un contacto directo, mirando a los ojos, viendo cómo se escurre la vida del otro, de la otra entre las manos para después aparecer  en El Teso, en Q’ubo, en Sucesos. Allí donde aparecieron las casi dos mil casas que se cayeron el año pasado en San Francisco. Un barrio que forma parte de ese largo costillar que termina en Ciudad del Bicentenario. Un costillar donde están arrinconadas cientos de miles de gentes que andan en casi sesenta mil mototaxis. Y la peste ahí. Una que viene de la sopa espesa e insana de la ciénaga, de los caños. Una peste de mocos, pero, también, de semen y de sangre porque lo que es aquí a la gente se aparea carne con carne. El sida prolifera pero de eso no se habla. Ni siquiera en las elecciones del año pasado fueron un tema predominante.

Cada vez que llueve todo se inunda. Se inundan los ricos en sus cientos de edificios en Manga y Bocagrande. Se inundan los de la zona norte. Pero no les pasa nada. Los pobres no se inundan, se los traga la tierra mojada que no se seca desde hace casi tres años. Para el 2012 Transcaribe no ha entrado en funcionamiento. El mercado de Bazurto se quedó ahí para siempre. Ningún gobernante desde hace décadas tomó decisión alguna para desviar la inercia del modelo perverso que hace inviable a Cartagena, pero tampoco la deja morir del todo. En la última ocasión, se pasó de la improvisación a la incertidumbre. Hay campo para pocos. El futuro se extravió, en especial, desde cuando aquí se puede comprar una impresora de tercera dimensión capaz de imprimir una pared, un reloj, una barra de chocolate, un juguete o un hueso. Si se rompe un plato en la casa, uno introduce el diseño en la PC y lo imprime con base en un polvo molecular que puede ser de plástico, proteínas o metal, entre infinidad de materiales. Sellado todo con rayos láser (Ver: http://www.semana.com/vida moderna/impreso-3d/163537-3.aspx). Mejor dicho, la era del empleo se acabó por completo y las fábricas chinas se hicieron inútiles. Al igual que el alcalde elegido el año pasado. O la alcaldesa, nunca se sabe.



ricardo_chica@hotmail.com

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