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El balón rueda como un arte

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“No hay duda de que los romanos jugaban algo bastante parecido al fútbol, mientras Jesús y sus apóstoles morían crucificados”, dice Eduardo Galeano en uno de sus bellísimos textos sobre el fútbol. Lo cierto  es que en  el mármol de una tumba griega aparecen escenas de fútbol, cinco siglos antes de Cristo. 

En un grabado de la dinastía Ming del siglo XV, aparece un chino de barba de chivo  a punto de elevar una pelota y de sostenerla con el pie derecho. En otro mural de hace más de mil años en Tepantitla, Teotihuacán, aparece un zurdo pateando una pelota.

Los hallazgos de arqueólogos prueban que los egipcios y los japoneses se divertían pateando una pelota. El fútbol está en los orígenes del asombro de los chinos y los japoneses antes de era cristiana.  Mucho antes de que existiera el fútbol como juego organizado, existía en la antigüedad griega un espacio destinado a jugar con la pelota.

Todo este pretexto para decir que hay grandes alusiones al fútbol en el arte y la literatura, al margen de la fobia de algunos artistas e  intelectuales. El escritor y filósofo francés Albert Camus llegó a decir que le debía al fútbol mucho del sentido de la  moral  “y de las obligaciones de los hombres”, luego de su experiencia al jugar en el club deportivo Montpensier, cuando   era estudiante en la Universidad de Argel en los años veinte.

“Antes de terminar el primer tiempo, tenía la lengua como uno de esos perros con los que la gente se cruza a las dos de la tarde en Tizi-Ouzou”. Camus es la otra paradoja del poeta argentino  Jorge Luis Borges  el más grande despotricador del fútbol en nuestro continente. Junto a Camus hay excelentes  narraciones sobre fútbol escritos por autores heterogéneos como Ernesto Sábato, Nagib Mafhuz, Vladimir Nabokov, Mario Benedetti, Mempo Giardinelli, Hernán Rivera Letelier, Roberto Fontanarrosa, Eduardo Sacheri, entre otros. 

En los años cincuenta, Gabriel García Márquez escribió una columna  sobre un partido de fútbol en Barranquilla y calificó a los hinchas del Junior como los devotos de una religión dominical. Así describió aquella experiencia que llegó a comparar con una vivencia similar a la de los creadores de suspenso policíaco.
“En primer término, me pareció que el Junior dominó a Millonarios desde el primer momento.

Si la línea blanca que divide la cancha en dos mitades significa algo, mi afirmación anterior es cierta, puesto que muy pocas veces pudo estar la bola, en el primer tiempo, dentro de la mitad correspondiente a la portería del Junior. (¿Qué tal va mi debut como comentarista de fútbol?)”, se pregunta García Márquez.
Y remata invitando a  contagiarse por una pasión que solo comprenderán los que viven el fútbol:
“No creo haber perdido nada con este irrevocable ingreso que hoy hago –públicamente– a la santa hermandad de los hinchas. Lo único que deseo, ahora, es convertir a alguien. Y creo que va a ser a mi distinguido amigo, el doctor Adalberto Reyes, a quien voy a convidar a las graderías del Municipal en el primer partido de la segunda vuelta, con el propósito de que no siga siendo –desde el punto de vista deportivo– la oveja descarriada”.

Parece una exageración decirlo pero nosotros los que nacimos en el Caribe, aprendimos a leer en una pelota de fútbol. Y los que nacimos en Sahagún empezamos la infancia pateando una pelota de trapo como si fuera la cabeza de un espantapájaros. Aprendimos a leer de la mano de mamá, pateando vejigas de vaca, trizas de costuras de la abuela convertidas en balones, y dándole duro a aquella bola de caucho verde que tenía un abecedario disperso como todas las pelotas de América Latina.

En Colombia se han escrito bellas crónicas, cuentos y novelas sobre fútbol, desde la clásica obra maestra Reportaje a Garrincha, de 1968, de Álvaro Cepeda Samudio, y algunos de sus textos de Los cuentos de Juana, y muchos de los artículos y semblanzas de Daniel Samper Pizano, quien hizo un bellísimo retrato a Pelé, al igual que en algunas de las crónicas deportivas de Juan Gossaín en La nostalgia del alcatraz; las crónicas extraordinarias de fútbol de Alberto Salcedo Ramos en De un hombre obligado a levantarse con el pie derecho, en 1999, en algunos de los poemas de Jorge García Usta en Libro de las Crónicas, en poemas de José Ramón Mercado y en algunas crónicas de Gustavo Arango en su libro Retratos, para citar algunos de ellos, sin dejar de recomendar el espléndido libro El fútbol a sol y sombra de Eduardo Galeano en 1995, y Dios es redondo, de Juan Villoro, en 2006.

Hoy al escuchar a Jorge Valdano en sus espléndidas crónicas sobre la Copa del Mundo en Brasil 2014,  asistimos al disfrute de un deporte calificado de arte en algunos instantes prodigiosos.

“El fútbol es una ficción de noventa minutos que te devuelve a la infancia y que te ayuda a sentir más que a pensar”, confesó por estos días al periodista Galo Martín.

El ojo del artista y el reportero captan el movimiento en la cancha de juego. La lentitud no siempre se traduce en torpeza sino en velocidad mental.  Un arte de la agudeza y la estrategia que convierten al cuerpo en un escenario de defensa, riesgo y propuesta. Todo lo que antecede al gol y lo que construye en secreto un triunfo o una pérdida. En suma, la estrategia del corazón y la sabiduría de los pies en la cancha.

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