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El baúl de la tía Horte

Todo comenzó en la calle de la paz, cerca de la parroquia de San Antonio, a un par de cuadras del Cine Miriam en el barrio El Bosque.

La niña Ketty, de cuatro años, abrió el baúl de la tía Hortensia en uno de sus  recurrentes viajes a Maicao de donde traía manteles bordados en lino. De tamaño generoso era un baúl adusto y con carácter, tal cual, como los de cualquier pirata del siglo XVI. “Me acuerdo bien de aquella sensación” Me contó la propia Ketty.

“Con el tiempo me fui dando cuenta que aquel baúl tenía el material con que iba hacer mi vida” Remató con una sonrisa. Y es que la tía Hortensia guardaba los manteles que quedaban en aquél depósito de la casa, junto con cientos de retazos de otras telas, lanas, tiras de colores, de múltiples formas y texturas. “Mi tía Horte fue mi primera maestra. Ella me enseñó a hacer los vestidos de mis muñecas, a crear adornos para el pelo y hacer las flores, muchas flores de tela y de lana. O las blusas para las mujeres de la casa, porque siempre nos vestíamos bonito”.

Sin darse cuenta la juventud llegó en una Cartagena barrial, colegial y sabrosa y se convirtió en modista ocasional de amigas y compañeras que con el tiempo le comenzaron a pagar por sus primeras confecciones. “Yo sabía que esto se estudiaba, pero, en mi casa no había manera de que me enviaran a Bogotá. Fue, entonces, que terminé como delineante de arquitectura en el Mayor de Bolívar” Me dijo. Por pena, no cobraba su trabajo, en especial a sus amigos arquitectos e ingenieros; fue esa la mejor excusa, para regresar al mundo de la modistería donde ya la conocían allende las fronteras del barrio. Eso sí: antes de aquel tránsito por el diseño y la arquitectura, siempre estuvo Jose, un menudo y contento ingeniero de Calamar. Se casarían por siempre.

Modista e ingeniero. Crecía la familia y buscaban casa nueva; desde entonces,  Ketty vislumbraba cómo aquellas tiras y retazos de aquel lejano baúl de infancia maduraban con la experiencia de la confección. Ketty, Jose  y un par de niños no advirtieron con mucha claridad que, antes que en una casa, vivían en un taller de costura que los abrazaba, que los ahogaba casi. La modistería, como ocurre antaño en la ciudad, es un oficio para completar los ingresos del hogar. Para ayudar al hombre, como dicen las mujeres tenaces e invencibles y que, con el tiempo, devienen en maestras de sinceridad creativa, como la tía Hortensia. “Yo me di cuenta que esto estaba llegando a un límite. Un día nos vimos todos tomándonos la sopa sosteniendo el plato en la mano. El comedor era mi mesa de trabajo” Refirió Ketty. Jose hizo lo que pudo y se instalaron en un apartamento un poco más amplio en Manga y repensaron las cosas: todo evolucionó de la modistería a la casa de modas y, mientras tanto, el nombre y el apellido de ella quedaba en la mente de clientas y amigas. Si el medio día cogía a todo el mundo y  a la clientela en casa, había un buen plato de almuerzo para quien estuviera. Llegó la crisis de fines de los noventa y la construcción, sencillamente, colapsó. La gente devolvía las casas, no había con qué pagarlas. Un buen día Jose le dijo a su mujer: “El metro me lo voy a pasar de aquí, acá” Hizo señas con indicaciones contundentes, el metro iba de la cintura del ingeniero, a la nuca de la modista. Y allí comenzó el salto a la marca Ketty Tinoco, a la fase empresarial, donde había que hacer un giro profundo en la vida de todos. Era eso o resignarse a lo mismo de siempre. Jose lo entendía bien: no había empleo, pero trabajo sí. Todo comenzó en la muy lejana Polonia, una potencia mundial en producción de lino. Allá fueron a templar aquella pareja de caribeños invitados a una misión comercial organizada por la Fundación Mario Santodomingo, acompañados por la muy veterana Pilar Castaño, decana de la moda en Colombia. “Tienen que abrir una tienda” Fue todo lo que les dijo. Fue entonces cuando se develó La Dama del Lino que siempre estuvo en Ketty. La tienda principal está en la calle Baloco, esquina con Nuestra Señora del Carmen; acaban de abrir otra en la Ciudad de México. Van doce años desde que Jose decidió cambiarse el metro de lugar en su cuerpo. “No ha sido fácil. Ser empresario es trabajar duro, aquí no hay domingos, ni vacaciones. Eso sí, me parece muy importante el apoyo del gobierno, de las instituciones, de las fundaciones. Eso ayuda bastante” Puntualizó la diseñadora. Cuando Ketty abrió el baúl de la tía Hortensia descubrió el gusto por vestir a la gente y la pista estaba en los diseños bordados de los manteles de Maicao. “Siempre me parecieron muy románticos. Por eso me encanta que la gente se vista con el romance del lino” Me dijo Ketty, una tarde de domingo.



ricardo_chica@hotmail.com

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