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El Castillo del Mall

Hace muy poco estuve en el barrio Boca en Buenos Aires, Argentina. Allí confluyen tres grandes dinámicas como son la vida de barrio, la vida de muelle y las actividades turísticas.

Llama la atención ver y sentir cómo el turismo, entre otros intereses poderosos no necesariamente son amenaza para la gente. En otras palabras no hay un proceso de gentrificación, tal y como nos ocurre aquí. Gentrificación es un concepto que se refiere al desplazamiento de una población de un territorio que, por lo general, se re – valoriza; en nuestro caso, se consolida al declararse el centro histórico de Cartagena patrimonio de la humanidad por parte de la UNESCO en 1984, donde la piedra vale mucho más que la gente. Se calcula que ¿nuestro? Centro histórico puede costar 20 mil millones de dólares y eso puede explicar las prácticas de fascismo social y estético que sobre nosotros se ciernen.

De hecho la gentrificación  supone un proceso de aburguesamiento en determinado espacio urbano, donde la población original de un barrio o sector es considerada en proceso de deterioro o pauperismo y eso me hace recordar un hito histórico, como lo fue, la salida del mercado público de Getsemaní y la llegada del Centro de Convenciones, en su lugar. Venía con mucha fuerza el proceso de estigmatización del barrio Getsemaní y sus habitantes, los cuales fueron relacionados con el peligro y el miedo. El aumento del valor del metro cuadrado, más el aumento en arriendos y en servicios públicos, formaron el mecanismo de expulsión barrial. Un mecanismo aplicado durante todo el siglo XX en Cartagena, donde nunca se ha respetado nada y mucho menos la gente, su memoria y su identidad.

Vayan al nuevo centro comercial de la ciudad y asómense a la terraza con vista al Castillo de San Felipe y observen y escuchen los comentarios de la gente, de nuestro propio pueblo: “¡Qué horror!” “¡Qué porquería!” “¿Por qué no los quitan de ahí?”  Dicen, al ver la vida barrial puesta en escena en una calle contigua. El Espinal es un barrio que apareció a fines del siglo XIX en virtud de los campesinos, viajeros y comerciantes que esperaban durante la noche y la madrugada, la apertura del Revellín de la Media Luna para hacer su ingreso a la ciudad y que se encontraba ubicado en el desaparecido Baluarte de los Doce Apóstoles. Cuando tumban aquel pedazo de muralla y su sistema de resguardo, aparece el puente Heredia y entonces nace el barrio. Su edificación más destacable era El Corralón de Mainero, un edificio de madera de tres pisos, donde se apretujaban un promedio de trescientas familias a finales de los años cuarenta del siglo XX. Predominó una arquitectura muy caribeña, dada en casas de madera, estilo republicano popular. Hay que investigar bien la desaparición del famoso Corralón de Mainero a principios de los años cincuenta, pues, se llevó a cabo por parte de uno de los alcaldes más míticos de Cartagena y de la manera más cruel, despiadada e inhumana. Es que, si revisamos la historia oficial de la ciudad, a la luz de la perspectiva social y siguiendo el hilo conductor de la gentrificación, vamos a desmitificar ciertos ídolos arropados con el manto de la hipocresía. Alcaldes y funcionarios patricios e iluminados que jamás respondieron por la plata que se robaron del alcantarillado desde 1944, culpables de un holocausto olvidado: la muerte de tres niños por día, durante los llamados meses de calor, por espacio de más de treinta años. Se trata de miles de niños muertos: en un cuadro estadístico (muy parcial) publicado en Gaceta del Consejo de 1954 contabilicé un poco más de mil niños fallecidos, en diez años, en una Cartagena que no pasaba de 120 mil habitantes.

A mi juicio, el peor efecto de la gentrificación, ha sido quitarnos el contacto con el mar y privarnos de la vida de muelle y eso fue justo lo que encontré en Boca: barrio guapo, estadio bravo, puerto, malecón y fútbol – religión,  la emblemática calle Caminito y gente trabajando, discutiendo en la esquina, comiendo, tomando, rebuscándose. Andando por sus calles me topé de frente un club barrial, con un anuncio grande en su entrada: “El único héroe posible, es el héroe colectivo”. ¿A qué va uno al Boca? A conocer gente, lo que hace, como vive. ¿A qué vienen a Cartagena? A conocer el Castillo del Mall, piedras calientes y orinadas.  ricardo_chica@hotmail.com

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