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El cine y la literatura perdieron a su tigre

Estaba muy feliz porque había venido recientemente de Nueva York, cargado de sorpresas: había estado visitado la casa natal de Woody Allen y había encontrado en los lugares más impredecibles de la calle, como tesoros invisibles, libros y películas que lo devolvían a la pasión que cultivó desde niño: el cine y la literatura.

Su hija Olga intuyó el color de la fatalidad: estaba muy amarillo, y se lo hizo saber a él que a lo largo de sus 66 años había sobrellevado una existencia en apariencia saludable, sin ninguna dolencia, en un cuerpo bonachón y un rostro de sutil picardía, sentido finísimo del humor y una mirada voraz que le alcanzó para ver todas las películas del mundo.
Ese era Alberto Duque López, el más devoto y apasionado crítico de cine del Caribe colombiano y uno de los mejores del país, que no faltó un solo año al Festival de Cine de Cartagena, desde que empezó hace medio siglo, es decir, cuando él apenas contaba con dieciséis años. Siendo casi un niño trabajó al lado de Álvaro Cepeda Samudio, del que aprendió el sentido innovativo del periodismo, las salidas inesperadas en la manera de titular y concebir un texto narrativo y por supuesto, también de él, el vicio del cine. Habría que imaginarse a Alberto Duque López buscando un bus intermunicipal para asistir en marzo al Festival de Cine de Cartagena y encontrarse con su amigo y hermano Alberto Sierra Velásquez, que también tomaba otro bus intermunicipal para ir a Barranquilla para asistir a los estrenos de las películas, “porque las películas llegaban primero a Bogotá y hacían un itinerario tremendo, hasta el punto que cuando llegaban hasta nosotros en Cartagena, algunas de ellas, ya estaban deterioradas”, confiesa Alberto Sierra, conmovido por la partida de su amigo.
Tanto Duque López como Sierra Velásquez conservaron una obstinación común: perseguir las películas de sus directores predilectos hasta el colmo de emprender viajes a ciudades lejanas, traspasando las fronteras, con tal de asistir el estreno. No son los tiempos de hoy en que alguien sin salir de casa ya encuentra esas películas en las aguas de Ares. Hace treinta o cuarenta años, el asunto era una verdadera proeza: Duque López no dejó de cumplir esa proeza y era un asiduo y activo visitante de los festivales de cine de América Latina y del mundo. Sierra Velásquez, por su parte, convirtió su casa y su calle en un homenaje al cine: en el barrio San Fernando bautizó su calle como Charles Chaplin, nombre que figura en la nomenclatura y mapa de Cartagena, y su casa es Puerta de Lilas, en homenaje a René Clair. Pero bueno, uno ya se nos adelantó en el viaje. Los dos escribieron dos novelas interesantes y con lenguajes innovadores en la década del sesenta: “Dos o tres inviernos”, de Sierra, en 1964, y Duque López “Mateo El flautista”, novela ganadora del Premio Esso 1968. En el prólogo de la novela de Sierra que hizo Duque López, había un homenaje a Cortázar en su ruptura con el lenguaje y la sintaxis y en su juego de unir palabras del habla oral del Caribe, escribir en minúscula los nombres propios y el nombre de las ciudades. Curiosa y bella esta alianza entre dos creadores: Sierra acaba de escribir tres tomos de un diccionario cinematográfico en el que figura Alberto Duque como crítico de cine, novelista y cineasta. Detrás del saludo cálido y Caribe de Duque López: “Ajá tigre?”, había un ser consagrado a la palabra y la imagen, a los sabores y a los saberes estéticos. No se bebía una gota de licor y lo embriagaban las películas, las novelas, los reportajes, la buena comida y el arte de la amistad. Legó a la literatura colombiana, además de su premiada novela ‘Mateo El flautista”, “Mi revólver es más largo que el tuyo”, “El pez en el espejo”, “Alejandra”, y “Muriel, mi amor”, una biografía de Marlon Brando, dirigió tres cortometrajes: “Paloma”, “Sebastián” y “Cenizas”, ganó el Premio Nacional de Novela José Eustasio Rivera, fue uno de los críticos constantes y apasionados del cine a través de la radio y la prensa escrita y uno de los divulgadores del buen cine y la gran literatura del mundo que apenas empezaba a llegar a Colombia. Fue uno de los primeros en celebrar entre nosotros la obra de Julio Cortázar, Álvaro Cepeda Samudio, Guillermo Cabrera Infante, Manuel Puig, paras citar algunos de ellos.
Vuelta a leer su curiosa, controversial e innovadora novela “Mateo El flautista”, dedicada a Alix y Rocamadour, y con epígrafe de Cortázar, encontramos rasgos notables y evidentes de sus influencias primerizas: Cortázar, Cabrera Infante, Cepeda Samudio, un homenaje a Durrell, un guiño amoroso al jazz y al habla oral del Caribe colombiano.
Novela de diálogos sorprendentes, absurdos, descabellados, de escenas grotescas y surreales, y un gran sentido del humor pero sobre todo, de un vuelo poético: “Y las historias de los hombres disparando con los pañuelos en la cabeza disparando sobre los trenes que venían de Barranquilla y después los hombres los hombres con los ojos vendados caminando sobre los rieles quemados con las manos amarradas a la espalda y desnudos como los pájaros en la carpa rota del gitano…” (pág 25. primera edición de Lerner, del 10 de diciembre de 1968).
“Alguien dijo alguna vez que en Puerto el mar regresa por la tarde cargado de caballitos azules y rojos y con los ojos cerrados para que los niños los cojan: es una frase idiota pero el cronista la consigna para satisfacción de algunos lectores ingenuos que todavía creen en los caballitos azules y rojos que vienen con los ojos cerrados” (Pág. 36)
“Cuando se haga el balance, habrá que reconocer que Duque López fue un renovador”, ha explicado el crítico Ariel Castillo, quien recuerda la polémica que suscitó en Barranquilla cuando afirmó que “Cortázar era más importante que Cervantes”. “Duque era tan apasionado por el cine que era capaz de salvar una escena de una película mala”, confiesa Sierra Velásquez: “Su devoción por el detalle, por la escena, por los instantes, por los instantes, hicieron de él, uno de los más profundos conocedores del cine”.
Era de los que volvían a ver las películas de siempre: la película francesa “El samurai”, con Alain Delon", que consideraba la más bella que había visto. Regresava a ver a "Humphrey Bogart en “El halcón maltés” y “Casablanca”. “No he podido olvidar su sombrero y su eterno cigarrillo", pero por supuesto, no había podido olvidar “La cabellera de Ingrid Bergman y los senos de Sofía Loren", le dijo al periodista Ricardo Rondón.
El tigre se ha adelantado en el viaje. La sala ha quedado a oscuras.

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