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El doctor Juan Gómez, seductor de blancas

Negro. Bajito. Cuidadoso de la indumentaria hasta caer en la más cómica petulancia. Abogado. Muy mal abogado, pero con algunos clientes y unos cuantos pesos heredados de su progenitor- un virtuoso pescador de Riohacha-este doctor Juan Gómez pasea ahora su humanidad pintoresca por almacenes, cafés y calles de Cartagena. Lo conocí hace algún tiempo en un pueblo de la provincia de Valledupar me pareció un tipo muy simpático… Simpático porque me divertía.

De él se contaban entonces las historias más regocijadas, especialmente en lo que hacía relación a sus aficiones donjuanescas, de las cuales no lograba curarlo—ni lo han logrado todavía—los decepcionantes desaires de las damas ante quienes él derrochaba el inagotable entusiasmo de sus reverencias y cortesías. Por aquel tiempo el doctor Gómez había pasado ya los cuarenta años y se aproximaba a los cuarenta y cinco. Debía, pues, por razones de edad, ser un hombre serio. Si nunca lo fue, la culpa la tuvieron las mujeres. Y más que todo esa endemoniada predilección suya por las señoras de alcurnia, en presencia de las cuales desabrochaba toda su desfachatez y se alborotaban los diablillos picarescos de su graciosa galantería. Parece que cuando el doctor Gómez era aún joven, las mujeres de la población tomaban en serio sus persecuciones y, asustadas le tiraban las puertas en las narices. Pero pasado el tiempo se convencieron de que, en estos casos, la frivolidad es la mejor consejera. Y por las tardes, cuando el incorregible galanteador se situaba en la acera de enfrente ceremonioso y juguetón, ellas se asomaban a la ventana para gozar del espectáculo.
Cuando hace cuatro años, aproximadamente, el doctor Juan Gómez estuvo en Barranquilla, no estaba loco de remate todavía: comenzaba a padecer los síntomas iniciales de la chifladura. Allá lo encontré una vez al salir de un almacén de la carrera El Progreso. Hacía un día caluroso, probablemente un día de este junio agobiador. Y el doctor Gómez vestía… un sobretodo de paño que acababa de comprar. Yo contuve la risa por más que me hizo gracia el estrambótico atuendo. Por complacerlo lo acompañé un largo trecho hasta entrar a una heladería. Cada vez que alguien pasaba junto a él sonriendo maliciosamente, el doctor Juan Gómez se detenía para apostrofar al transeúnte irreverente:
Entrometido. No te metas en lo que no te importa.

Ahora, el pobrecito ha perdido el juicio definitivamente. Ayer lo encontré en el Portal de los Dulces. Me reconoció a pesar de su locura y a despecho de mis bigotes. Está loco, loquísimo. Lo acompañé con recelo a tomar un tinto, a sabiendas de que iba a oír cosas muy interesantes. Y como siempre-claro está- me habló de las mujeres. Porque ahora ocurre este curioso fenómeno psíquico: el doctor Gómez se ponme cuerdo cuando mira a una mujer blanca, o cuando habla de ella. Refiriéndose a su última aventura pasional me dijo:

-Estoy enamorado de una viuda rica que vive en Riohacha. Es blanca. Alta. Cabellos hasta aquí- me indicó la cintura-. Toca maravillosamente el piano.
- ¿Y le corresponde?
- ¡Claro que me corresponde! Pero como es una dama de abolengo ella no quiere hacer públicos sus sentimientos todavía.

-¡Caramba, doctor! Lo felicito!

El doctor Gómez sorbió su taza de tinto. Y como yo le preguntara la causa de unos desazonantes movimientos de los dedos sobre si cabeza me respondió.

-Es que estoy ejercitando los dedos para cuando ella me enseñe el andante en el piano.

Ni qué decir del terror que me congeló el corazón durante unos cuantos minutos. Y pensé con aflicción por qué este hombrecito que perdió el juicio imaginando amores con mujeres blancas, no buscó para ser dichoso, el amor tierno y bienhechor de una negrita.

( Este texto escrito en 1941 fue publicado en su libro “Cincuenta años en cuartillas”, publicado en septiembre de 1989, bajo la selección y prólogo de Jorge García Usta).

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