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El guardián de nuestro tiempo

A Mariano Magallanes lo vi por primera vez cuando se dirigía hacia la Torre del Reloj, en el Centro Histórico de Cartagena, con el bolso lleno de herramientas.
Andaba rápido, con el rostro circunspecto, como si desafiara el tiempo al arrastrar los pies.

Eran las 2 de la tarde, lo recuerdo porque me quejaba del sol inclemente de la ciudad, cuando Magallanes saludó de forma discreta a mi fotógrafo.

Apenas contemplé su figura, que se perdía tras la puerta blanca que conduce al antiguo cronógrafo de la torre, antes de oír el campanazo que marcaba el primer cuarto de hora.

Quince minutos después, justo al oír dos campanazos, Magallanes se despidió de nosotros.

Dos días después, a las 3 de la tarde, volví a ver al guardián del tiempo.

La intriga de saber quién era el hombre encargado de mantener en marcha las manecillas del Reloj Público había calado en mí.

Originario de Pasacaballos, Magallanes lleva 7.665 días dándole ‘cuerda’ al reloj, un oficio al que llegó por azar en 1994, cuando comenzó a trabajar en la Alcaldía de Cartagena.

Era novato y asumió el compromiso que sus compañeros del área de mantenimiento rechazaron en varias ocasiones.

“Este era un puesto que a los compañeros no les gustaba porque decían que era perder el tiempo, es decir, trabajar de gratis, porque había la obligación de venir todos los días y en ese momento no pagaban esas horas”, cuenta Mariano al girar la manivela que iza las pesas que mueven el reloj.

Nadie comprendía la trascendencia que tiene preservar el legado histórico que data de 1874, año en el que se le adaptó a la puerta principal del cerco amurallado (construida en 1631) un reloj de torre traído de Estados Unidos.

Magallanes le dio valor a un tarea diaria que demandaba horas extras en sus labores, que no sabe de festivos o feriados, ni de cumpleaños o compromisos familiares.

“A través del tiempo me fueron reconociendo mi trabajo. Sea 1 de enero, Semana Santa o en Fiestas de la Independencia, todos los días tengo que venir a darle cuerda porque el péndulo oscila de 8 a 4 de la tarde. Es un compromiso muy grande”, comenta.

A sus 63 años, Magallanes conoce a detalle la pieza de relojería suiza que reemplazó a la original en 1937. Nunca debe estar adelantado o atrasado, la sola idea de que alguien llegue tarde por su culpa le molesta.

“Al darle cuerda las pesas suben y luego bajan por gravedad. Eso dura 30 horas. Pero a veces se traba o se descompone, entonces tengo que arreglarlo enseguida porque el reloj lo miran más los extranjeros que los criollos y siempre tiene que estar bien”, me dice.

Durante sus 21 años de servicio, Mariano aprendió el oficio que desempeñó Rafael Flórez Solano, el antiguo relojero de Cartagena.

Flórez Solano había sido el heredero de una tradición familiar de 117 años a cargo del reloj. Cuatro generaciones dedicadas a la relojería que finalizó en 1992, cuando se enfermó el último guardián.  

De manera empírica, Magallanes logró reconocer cada movimiento del sistema de engranajes que le da vida a la Torre del Reloj y a arreglar los inconvenientes de forma pragmática.

A veces le toca recurrir a la ingeniería popular para lograr que funcione.

“Hace años, un 10 de noviembre, llegué a darle cuerda y encontré el péndulo en el suelo. No había nadie disponible para solucionar el problema, así que me fui a Bazurto y mandé a hacer una réplica de la pieza que se había partido con unos soldadores. Quedó tan buena que duró varios años”, y sonríe el jugador de sóftbol amateur y padre de tres hijos.

Mientras suenan tres campanazos, que indican que falta un cuarto para las 4, contemplamos la muchedumbre deambular entre la Plaza de Los Coches y la Plaza de la Aduana, ignorando que desde la torre un hombre vigila que los cartageneros lleguen a tiempo.  

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Comentarios

Cindy

un tema interesante. Pudiste sacar una buena crónica. Te sugiero asesores de Juan Gossaín para saber escribir una crónica. Con todo respeto.