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“El hombre que amaba a los perros”, de Leonardo Padura

“El hombre que amaba los perros” (Tusquets, 2009) del escritor cubano Leonardo Padura (La Habana, Octubre 9 de 1955) es una novela fuerte, dramática y persuasiva que debe leerse despacio y con una alta dosis de reflexión.

El cubano Iván Cárdenas Maturell es el narrador principal que, en primera persona, nos lleva por su vida contándonos cómo ésta se ve atada de repente a la de dos hombres que no tendrían por qué haberse cruzado jamás en su camino. Son ellos, el líder comunista ruso Liev Davídovich Bronstein, más conocido como León Trotski y su asesino, el comunista catalán Ramón Mercader del Río.

Iván es producto de la revolución cubana, con toda la carga positiva y negativa que esto conlleva. Tiene talento y ganas de escritor, pero prefiere frustrar sus aspiraciones por el miedo que le produce escribir sin libertad total “(…) había optado por escribir el silencio. Al menos con la boca cerrada podía sentirme en paz conmigo mismo y mantener acorralados mis miedos”. Profundo creyente de la revolución, hizo todo cuanto había que hacer y cuando había que hacerlo, para contribuir al éxito de esa utopía en la que creía con fervor.

Un día cualquiera, después de muchos avatares y reflexiones, se encuentra, por azar en una playa, con un desconocido que paseaba dos bellos galgos borzois y quien, por su interés en los perros, le entabla conversación. En ese instante cambió la vida de Iván para siempre. Este hombre es Mercader quien decide, al conocer las  inclinaciones literarias de Iván, trabar amistad con él. En varias sesiones, va contándole su vida pero, hábilmente lo hace en tercera persona, sin confesarle nunca quien era realmente y ocultando el propósito de que Iván se convierta en su amanuense. Iván poco a poco intuye cuál es la verdadera identidad del hombre que amaba los perros, pero una vez enganchado en su historia, ni puede, ni quiere zafarse de ella.

Mercader era un hombre duro, de convicciones profundas que arrastraba consigo una conflictiva historia familiar. Había sido educado en y para el odio por su madre Caridad del Rio, una comunista de la España anterior a la Segunda Guerra, quien lo puso en contacto con quienes le asignaron la Misión Pato, que él aceptó alentado hasta el último momento por ella. La misión, había sido encomendada por el mismísimo Stalin, quien odiaba a Trotski profundamente, por considerarlo un traidor. Para cumplirla, tuvo que moverse por vericuetos llenos de mentiras y disfraces, hasta convertirse, el 20 de agosto de 1940, en el asesino de León Trotski. Éste paradójicamente había logrado, antes de su muerte, sembrar serias dudas en la férrea e inamovible ideología de Ramón. Pero ya no tenía salida, había que matarlo. Era su propósito de vida.

La arquitectura literaria de la novela, si bien no es novedosa, está bien lograda. Dividida en tres historias de vida que se intercalan entre sí, pero que casi podrían leerse de manera independiente. Con diferentes voces narrativas, cada cuatro o cinco capítulos se retoma la vida de uno de los tres protagonistas principales y se van tejiendo poco a poco esos vínculos que los amarran entre sí para siempre. 

Es una novela histórica, anclada en hechos reales y verificables, aunque el autor se concede algunas licencias literarias necesarias para ajustar la trama. Le introduce también los ingredientes de ficción inevitables para recrear aquellos incidentes históricos que se han mantenido en la oscuridad. Padura es maestro del género de la novela policiaca con su serie sobre el detective Conde. Experiencia que trae aquí para mantener el hilo narrativo y la agilidad de una novela de misterio, intriga y pasión, sin que se pierda por esos rincones, el profundo drama humano, social y político que contiene. Además, no es arte fácil mantener la tensión y la atención del lector, cuando de antemano se conoce, no solamente el final, sino muchos de los acontecimientos que rodean la trama.

Es indudable que la obra trata sobre la pasión, la compasión, el miedo y el dolor pero sobre todo trata sobre la desilusión vital por la gran utopía perdida. Aunque no de la misma manera, los tres protagonistas fueron víctimas inocentes de una misma prisión terrible: su ideología inamovible. Creyeron, con la fe del carbonero, en la utopía marxista, la cual fue envilecida de la peor manera. 

El autor al final de la obra, manifiesta sus deseos, no sólo de que se conozca “esta historia ejemplar de amor, de locura y de muerte [sino que espera] que aporte algo sobre cómo y por qué se pervirtió la utopía e, incluso, provoque compasión.”  Padura lo logra. El sentimiento con el que estuve lidiando durante muchas páginas, fue ese: compasión en su verdadera acepción, es decir, padecer con el otro. Padecí cada minuto de cada día de todos los personajes. Compadezco, como Iván, a Ramón Mercader, porque se convirtió en el autor de un asesinato inútil, a pesar de haberse dado cuenta de que ya todo era una mentira pero siguió adelante por físico pavor: “(…) me provocaba, más que cualquier otro, aquel sentimiento inapropiado que el mismo Ramón rechazaba y que a mí me espantaba por el solo hecho de sentirlo: la compasión”. Compadecí a Trotski por haber sido el blanco y el chivo expiatorio de tanto odio y de tantos horrores cometidos por Stalin. Pero sobre todo, compadezco a todos los Ivanes, que como él, le apostaron todo a esa utopía y han vivido de manera inocente, vidas tan difíciles y dolorosas.

Las páginas más conmovedoras y que se leen sintiendo la compasión más viva, son las que narra un Iván reflexivo quien se ha quedado solo con esa historia trunca de Ramón Mercader; historia que no hace más que afirmar y avivar sus dudas, desilusiones  y rabias. Al mismo tiempo narra cómo le toca vivir ese periodo especial tan duro como fue la década de los 90 en Cuba. Da cuenta de momentos verdaderamente amargos, vividos en compañía de su amada Ana, otra de tantas víctimas inocentes.

(...) Sin embargo, a pesar de todo lo que este libro encierra y encarna, de lo que dice y de lo que no dice, de lo que se intuye y de lo que duele, la utopía primaria perseguida, es decir, la igualdad y la hermandad humana, es la verdadera. Es la éticamente correcta. Que en su búsqueda, por diversos motivos, se torcieron los ideales, no quiere decir que no haya que ir en pos de ella, tratando de encontrar el camino recto que nos conduzca lo más cerca posible.

Sin utopías no se puede soñar, ni caminar y con toda seguridad no se puede avanzar. Hay una anécdota que ilustra muy bien qué es una utopía y por qué nunca se debe prescindir de ella: un estudiante cartagenero le preguntó una vez al director de cine Fernando Birri, para qué servían las utopías y él le contestó con gran acierto: “la utopía siempre está lejos de ti, cuando avanzas en su búsqueda, la utopía se aleja, si avanzas diez pasos ella se aleja diez pasos, si crees acercarte, ella se aleja más, entonces… ¿Para qué sirven las utopías, me preguntas? Pues sirven para eso, sirven para caminar”. Agregaría que sirven para caminar en la dirección correcta. El problema se presenta cuando los líderes que dicen perseguirla y guiar a sus seguidores hacia ella, la manosean en su favor y extravían el olor de su esencia.



iliana.restrepo@gmail.com

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