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El hombre que convirtió en poesía la vida cotidiana

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Mientras fracasaba como vendedor de aceitunas griegas y cebollitas en vinagre, el poeta Luis Carlos López estaba recostado  a la puerta de su tienda de enlatados ultramarinos, escaso de clientela, arrullado por la modorra del mediodía, en el centro colonial de Cartagena de Indias, cuando vio pasar por la acera del frente al legendario presbítero que prestaba indulgencias plenarias al veinte por ciento mensual, canijo, con su cuello de ganso y leyendo un misal.

Fue precisamente en ese momento, mientras engrasaba el fusil de la palabra, cuando el poeta  sublevado que se atrincheraba en su espíritu derrotó al comerciante que pretendía ser, como ya había derrotado también al aprendiz de dibujante, al estudiante de medicina, al periodista y al diplomático. Entonces, observando a monseñor desde el fondo de su mirada oblicua, y a pesar de las reprimendas de su propia familia, que financió con enorme esfuerzo la instalación de ese depósito de sardinas españolas para que cogiera juicio y  se convirtiera en un hombre útil a la sociedad, no tuvo más remedio que hacerse la célebre pregunta que habría de cambiar para siempre su destino de mercader y, de paso, el destino de la poesía colombiana: ¿qué hago con este fusil? Ya se sabe que la poesía es un arma cargada, como todo lo que tiene nombre de mujer, y disparando con ella sus ráfagas de perdigones acribillaría para siempre al cisne de plumaje engañoso que volaba feliz entre los algodonales del romanticismo literario. 

Gracias al retraso de aquella siesta, la obra que Luis Carlos López nos dejó por herencia, cada vez más reconocida y elogiada, se ha convertido, como la antigua propaganda de una empresa comercial, en patrimonio y orgullo de los colombianos. Aprendió a describir su aldea, como recomendaba Tolstoi, hasta volverse universal. Y hasta volverla. Contra lo que pensaban sus contemporáneos, y lo que siguen pensando los críticos que agotan su diccionario de encomios, no fue cómico, ni amargado, ni gracioso, ni envidioso, ni ingenioso, ni siquiera tuerto, aunque tenía una mirada desobediente, eso sí. 

Con ese fusil imaginario, que desde entonces llevaría terciado en bandolera, se convirtió en un poeta inmenso, como pocos lo han sido, lo cual vale más que cualquier cosa, pero menos, en todo caso, que el cariño que uno les tiene a sus zapatos viejos.



DE POETAS Y DE CÓMICOS

Quién quita que el responsable haya sido el nieto de aquel mismo juez que con el paso de los años le fue cogiendo confianza al prevaricato. O quizás  un sobrino del tendero estafador. Tampoco parece muy inocente, así que digamos, la hermana menor del alcalde que metía su mano donde no debía. A lo mejor se lo debemos a algún pariente lejano del arzobispo prestamista que no tuvo hijos, o al yerno aventajado del gran tigre cebado que se comía a los burros de su corral aliñados con la salsa sabrosa de la usura. Tengo sobrados motivos para sospechar que todos ellos, juntos,  descendientes de sus víctimas, fueron quienes se desquitaron de él haciéndole creer a la gente, “la buena gente de mirar de buey”, que Luis Carlos López no había sido más que un humorista aldeano que vivía en Cartagena de Indias sin oficio conocido y que, por lo tanto, se dedicó a perder el tiempo escribiendo chistes en verso para embromar a sus amigos, y que de toda aquella obra solo sobrevive, como una curiosidad para distraer a los turistas, el monumento dedicado a unos zapatos viejos, el más gracioso entre los lugares públicos de una ciudad tachonada de estatuas, de mar, de ciénagas, de murallas, de historia, de atardeceres. Y de zánganos.

Es probable que el dinero necesario para solventar los costos de semejante conspiración de damnificados hubiese provenido del mismo banquero de aquella señora “flaca y fría”, que tenía veleidades de pianista y en cierta velada nocturna ejecutaba sin piedad una sonata, “con alevosía y premeditación”.  El poeta,  que la oía con el codo apoyado en la cola del piano, se preguntaba por qué diablos Mozart no se había dedicado mejor a la albañilería. 

En todo caso, los integrantes de esa fauna humana, a la que el Tuerto López llamaba “caterva de vencejos”, lograron una venganza exquisita, pero pasajera. En su afán por quitarse de encima semejante pulga poética que les picaba la espalda hasta sacarles roncha, se salieron con la suya durante medio siglo. Lograron que perdurara la superchería del humorista aldeano, autor de unos sonetos risueños e inofensivos, los mismos que, a fuerza de repetir semejante impostura, acabaron por convertirse en la receta apropiada para reír a mandíbula batiente en el sarao de los sábados o para hacer la digestión después del almuerzo, a la hora en que el vasto territorio del Caribe chapalea como un náufrago en la sopa de calor. En esa trampa dialéctica cayeron desde críticos generalmente juiciosos hasta académicos avisados, pasando por lectores de criterio tan respetable como Baldomero Sanín Cano, que solía ser atinado al juzgar libros y hombres. Lo calificó de “humorista penetrante y sano” en una definición virginal.

La leyenda negra del bufón pueblerino que divertía al vecindario con sus ocurrencias fue creciendo hasta cuando a algún integrante de la caterva se le ocurrió añadirle el cuento del bohemio vergonzoso, una especie de crápula que se sentaba cada noche en los salones de “El Bodegón” a beber trago hasta caer borracho, repartiendo trompadas, lanzando improperios, cantando boleros, esperando el amanecer, mientras le venían a la mollera gracejos y versos fáciles sin mayor esfuerzo.

Fábulas de pacotilla, mentiras parroquiales en las que suelen revolverse, como en la mezcolanza de una cacharrería, lo pintoresco con la mala índole, la farándula con el arte, los dimes con los diretes. Sainetes de tierra caliente. Nada es más falso que esa imagen. El Tuerto López, por el contrario, era un hombre retraído, casi un misántropo --a la  manera de la “misantrópica tarde campesina” de su poema--, que hablaba con poca gente, solo salía de su casa de vez en cuando, para escanciar una copita de ajenjo o de anís en compañía de unos cuantos amigos escogidos, y dedicaba su tiempo al quehacer literario, a trabajar la dura piedra de sus versos con una rigurosa seriedad de artesano.  

   

De cómo se acabó la falacia      
 

No podía haber sido otro. Rubén Darío, el indígena de Nicaragua que cambió para siempre la forma de escribir poesía en lengua castellana, fue el primero que percibió los destellos de una piedra preciosa en medio del barro. Dijo la verdad completa en unas pocas palabras. Para hacerlo le bastó una frase: “Aquí hay un gran poeta; sin duda, un gran poeta”, exclamó el maestro ante sus contertulios, golpeado por el asombro, cuando llegó a sus manos un modesto cuadernillo de versos, Posturas difíciles, que le enviaron por pura cortesía los editores madrileños de la imprenta de Pueyo. El Tuerto era por entonces un escritor anónimo de veinticinco años que vivía en un poblachón soñoliento al otro lado del mundo, al que ya le había pasado su “edad de folletín”.

Cincuenta años después, en Bogotá, apareció Jorge Zalamea, ya desde entonces el mejor retórico de la las letras colombianas, que en el éxtasis de su entusiasmo emprendió la aventura de compilar la obra casi completa de López, la parte que le fue posible recoger hasta entonces. Le puso el título consagratorio de La comedia tropical. Gracias a su trabajo de recolección, hecho con el mismo amor de un cosechero, Colombia supo entonces, y solo entonces, que entre las cuatro paredes de un poema puede desfilar  completo, descrito con mano maestra, el gran teatro de la aldea, el séquito municipal, la comparsa del campanario compuesta por marionetas y manipuladores, señores y vasallos, protagonistas y segundones, la pantomima y el llanto, el aristócrata embrutecido por la rutina y el advenedizo sonriente, la rancia familia arruinada y el ganadero que engorda al compás de sus vacas, el peluquero masón que oye misa de hinojos pero habla bien de Voltaire, la beata asustadiza que madruga junto al desparpajo de la pecadora impenitente que se pasea por la calle meneando su caderamen de mulata al compás de la brisa. La verdad, en fin, acorralada por una pandilla de apariencias. O al revés, que da igual. La farsa y el drama. Tragedia y comedia al mismo tiempo. La tragicomedia tropical.

Mientras se cocina a fuego lento semejante sancocho de gente, en el fondo de la cazuela está la ciudad inmóvil, que ronca a pierna suelta desde los tiempos de la Colonia, adormecida por el tedio, sitiada por el olvido, acunada por la gloria. Hay un solo vecino que se atreve a romper en astillas la modorra. Es Luis Carlos López, que zumba sin descanso en torno del fogón, como la abeja venenosa del desengaño. El poeta es la cocinera encargada de revolver el potaje, de aliñarlo y de probarlo para ver si ya está a punto. El resultado de aquel condumio, dice Cobo Borda, “tiene humor, pero también compasión”.

¿Humor? ¿Acaso es humor lo suyo? Otros eruditos consideran que es amargura, en el mejor sentido de la palabra, que es el sentido del desencanto espiritual. O en el peor, que es la envidia. Hablando acá, en la trastienda, tengo para mí que se trata de algo mucho más profundo que el humor, más recóndito que el salero castellano, más elaborado que la amargura, más sólido que la simple envidia y más depurado que la compasión. Es la insurrección. Es la mirada estremecedora de un hombre que se ha rebelado contra los síntomas de la decadencia sin alzar la voz. No grita: susurra entre las sombras de la cocina, donde su mujer prepara el guisado del almuerzo, al tiempo que él garabatea sonetos en las mismas bolsas amarillentas, sucias de grasa, en que el tendero tramposo empaca los alimentos. Un lápiz rústico, de punta roma, acribillado de mordiscos: ese es todo su armamento. Tampoco necesita más.



De la bilis y el ingenio

No es aconsejable catalogar como un simpático arranque de humor, sin correr el riesgo de incurrir en un disparate, el hecho de comparar el amor  contrariado que se le profesa a la ciudad nativa, tras propinarle una reprimenda bíblica, con el cariño que “uno les tiene a sus zapatos viejos”. Es un arrebato de dulzura hogareña, casi marital, un piropo de dormitorio, afectuoso pero con ciertas reservas, salpicado de cautela, como quien luego de treinta años de matrimonio ve a su mujer peinándose desnuda ante el espejo de la alcoba, y le descubre las primeras cicatrices de cesárea, celulitis en el muslo, la flacidez de los senos, las nalgas escurridas, y desde la cama le manda  un beso con la punta de los dedos. No se trata de humorismo ni de burla. Es una manera de comprender que hemos envejecido juntos y que las mataduras nos están sitiando a ambos. Es un resquicio del amor cotidiano.

El Tuerto López, que parece implacable contra todo el mundo, a veces se deja mecer en la hamaca de un acto justiciero, y si bien es cierto que llega hasta la crueldad sangrienta cuando se trata de haraganes, embusteros, vividores, simuladores y parásitos, también lo es que se muestra solidariamente piadoso con el que compasión merece: el organillero sin clientes, la loquita empolvada que arrastra sus chancletas en una casa asediada por la telaraña, el cura de almas que cuida enfermos sin haber desayunado, mientras su jerarca se ocupa de esquilmar a las ovejas cobrando los réditos por adelantado.

Sin embargo, mientras avanza por ese camino erizado de púas, el poeta encuentra una tercera vía, que no consiste en la simpleza de condenar a los villanos y perdonar a los humildes, porque para eso se escribieron las peores novelas románticas, sino en hacer una especie de amasijo, una argamasa de mordacidades, entremezclando la hidalguía con lo bellaco que anida en el espíritu humano. Para eso sirve la sabiduría, que rompe moldes y se sale de la manada. A riesgo de parecer cruel, hay un ramalazo de ternura pero también de crudeza en las imágenes que dedicó a su flautista hambriento. No es posible olvidar que crudeza no viene de crueldad, sino de crudo, que es lo que no se puede comer, tal como sucede con las insidias de la realidad. Crudeza es lo áspero, aunque parezca ser lo cruel. Como ocurre con frecuencia en la obra de López, el título del poema es una celada con apariencia cándida: se llama “Fresco amanecer”.



(...)

De pronto se me ha ocurrido pensar que el humor sí abunda a lo largo del universo original creado por el Tuerto López, pero no en la acepción ingeniosa de esa palabra, que se refiere a una demostración de jovialidad y agudeza, sino en sus implicaciones orgánicas, que son mucho más humanas pero menos agradables para el gusto de la buena burguesía. Los fisiólogos saben que cualquiera de los líquidos del cuerpo se llama humor. La saliva, la baba pastosa, la flema y los mocos, la bilis espesa, la orina, un poco de pus, la misma sangre. Miserias, impurezas, inmundicias: la pequeñez de la condición humana. Así es la poesía del Tuerto López, atravesada por cartílagos y huesos. El hombre es infamia y grandeza. El gran poeta lo sabe.

El verdadero espíritu de la originalidad no está, pues, en humoradas de menor cuantía, sino en el inmenso talento que se requiere para escribir como él escribía y en darle al alma propia la templanza  que se necesita para ir viviendo mientras se escribe. Después de conocida la antología de Zalamea, otro colega suyo, Juan Lozano y Lozano, escribió aquel ensayo demoledor con el que puso las cosas en su sitio: “En un país de versificadores fáciles, que pretenden pasar a la posteridad con treinta palabras y un fascículo de poemas, Luis Carlos López ha creado la obra más importante, la más auténtica y personal. Es decir, la poesía verdadera”. Sin titubear, Lozano se refirió a él como “el primer poeta de Colombia”.





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* Apartes del magnífico prólogo de Juan Gossaín, publicado en la antología de la poesía completa de Luis Carlos López, publicada por El Áncora Editores, y auspiciado por Surtigas.

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Comentarios

Don Juan Gossain, gracias por

Don Juan Gossain, gracias por tan hermoso reportaje sobre uno de los cartageneros mas ilustres and sabios. Su sarcasmo era tan importante como su sencillez y terquedad. Fui my amigo de su hermano, Domingo Lopez Escauriaza, ex senador de Colombia. Tambien de sus herederos y del capitan Holmes Otero, quien fuera gerente del Universal, cuando el Universal era un poco mas que un pasquin (no como ahora que es un pasquin).