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El humor de un luthier de violines

Está de pie. Seguro pensando en su mujer que se ha quedado en Florencia, Italia. Sostiene el diapasón de un violín. Lo mira calculadamente. “Una regla, por favor”, le pide Fabrizio Di Pietrantonio a Pablo López. El uno es un luthier consagrado, el otro su aprendiz. Ambos han venido a la edición diez del Cartagena Festival Internacional de Música. El bogotano de treintaiún años sale del cálido taller con pasos ligeros en busca de aquel instrumento de medición.
El italiano tiene cincuenta y dos años, barba de candado, camisa manga corta lila, pantalón blanco. De esto último se queja después. No fue una buena elección, dice. Esta suerte de carpintería inevitablemente le tizna el lino pálido. Qué importa a la larga.
Empezó a los veinticinco. Desde entonces no ha parado de construir y reparar instrumentos musicales de cuerda, aquel oficio ancestral; la luthería.
Estamos en uno de los salones del Museo de la Presentación, antiguo claustro que ha sido convento y colegio. La ventana del taller deja entrar la luz cremosa de la Calle Estanco del Aguardiente. Es un ambiente cálido, quizá más caliente de lo que debería para los violines, violas y violoncellos que están guindando de un marco de madera ocre. Algunas cajas de resonancia conservan fracturas de otras épocas, aquello no disminuye su valor estético, todo lo contrario.
Chicos de todas las edades entran, curiosos, descreídos, a ver esas máquinas de música.
—Lo que todo luthier tiene que saber es que nunca se para de aprender en este oficio—sentencia Di Pietrantonio. Ahora está lijando el diapasón que luego pegará al mango de un violín, que a su vez habrá que calibrar en su clavijero y voluta—. También debe trabajar con respeto la madera.
Hace cuatro años Fabrizio Di Pietrantonio no sabía nada de Colombia, y muchísimo menos de Cartagena. Pero en el último lustro lo han invitado a ofrecer sus conocimientos al programa Luthiers Colombianos, una alianza que hace el Ministerio de Cultura y la Fundación Mario Santo Domingo, con presencia en cinco regiones del país, conformando la mayor producción artesanal de instrumentos musicales tradicionales.
—Desde niño me gustó la música clásica y empecé a tocar el violín, eso me produjo la curiosidad de saber cómo se hacía uno. Luego conocí a mi maestro Igino Sderci. Iba cada día una hora a su taller a ver cómo lo hacía —me dice este hombre, dueño de un sentido del humor que atraviesa cada pregunta. Detrás de sus respuestas, una carcajada.
—Qué piensa del talento colombiano para la luthería—le he preguntado.
—Talento hay mucho. El problema es que cuando alguien pregunta cuánto tiempo se necesita para ser un buen luthier, la respuesta que siempre se da es la misma: dos generaciones.
Fabrizio no tiene hijos, de ahí que resulte más importante su labor con los jóvenes colombianos. Lo admiran. Sus pupilos no son más de veinte. Pero son los mejores del país y él dice que los considera sus hijos. Ellos lo miran con una devoción infrecuente, casi como si fuera una estrella de rock.
—¿Y qué es lo que más le ha gustado de Cartagena, Maestro?
—Las muchachas—me dice, tapándose ligeramente la boca con el dorso de la mano, en una actitud deliberadamente infantil. Luego viene una carcajada moderada. Ambos reímos—. No, mira, lo que más me gusta es que donde yo vivo, en Toscana, están a cinco grados centígrados, y en cambio aquí hay calorcito.
Insiste en que el bochorno de la tarde no le sienta nada bien a los instrumentos. Sobre todo por el pegamento de origen animal, añade.
—Para los instrumentos es nefasto este clima—dice, mientras da un largo suspiro—. Se despega todo en un minuto.
—¿Y cómo define usted a un luthier?
—Pues es un artesano de alto nivel. Así de simple—contesta Fabrizio, que en otra vida o en algún universo paralelo bien podría ser un gimnasta artístico, disciplina que desarrolló hace ya muchísimos años.
Aunque dice que no habla perfectamente el español, sí lo entiende muy bien.
—¿Qué le hace falta a Colombia para llegar a ser tan buena en este arte?
—A Colombia le faltan unos 3.000 años de vida—lo dice sin saña, pero socarronamente. La paciencia, en efecto, es una de las virtudes imprescindibles para dedicarse a esta vocación que tiene entre sus mejores exponentes a los italianos, franceses y alemanes. “Hay que esperar, tener mucha paciencia, y trabajar, claro”.
Cuando le pregunto por sus gustos en cuanto a artistas musicales, me contrapregunta si me refiero a los clásicos o a los actuales.
—Bueno si me dices que te gusta David Bowie, está bien—le he dicho, sólo para joder.
Me mira descreído por la provocación.
—No, no me gusta—responde tajantemente, con media sonrisa asomada, como si yo hubiese acabado de decir una sandez—. En la música prefiero todo el barroco: Vivaldi, Bach, Händel.
Sus aprendices —disimulando el interés— escuchan atentamente nuestra conversación. Conocen el sentido del humor de su maestro, sus ocurrencias e impertinencias.
—¿Los instrumentos tienen alma?
—¿Conoces tú algo que no tenga alma?
—Una lata no creo que tenga alma.
—¡Pero claro que tiene alma, un alma pequeña!
—¿Qué importancia le da al humor en su vida, Maestro?
—Toda. Y a ti qué te gusta, ¿reír o llorar? Porque a mí me gusta reír.
—No puedo decir que estoy en desacuerdo contigo.
Pablo López, coordinador pedagógico del proyecto Centros de Luthiers colombianos, sin perder su aspecto solemne de interiorano, celebra el buen ánimo de Fabrizio. Están contentos. Hay buen ambiente. Puede que sea producto también del calor, o de que estemos en las entrañas de la ciudad vieja. Puede también que hayan llegado animados del almuerzo. Total, Cartagena, el Caribe, se parece mucho a la imaginación.

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