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El odontólogo de García Márquez

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Jaime Gazabón Serje  es un hombre afortunado. Durante siete años fue el odontólogo de Gabriel García Márquez en Cartagena, y en 1997 el escritor lo eligió como su compadre al ofrecerse bautizar a su primer hijo varón. García Márquez le dijo con picardía en su primer encuentro que había venido a su consultorio por “su fama universal”. Jamás hablaron de literatura, solo de asuntos cotidianos y algo de política, y los dos parecían divertirse con las ocurrencias de cada uno. Gazabón, egresado de la facultad de Odontología de la Universidad de Cartagena en 1975 y especialista en Rehabilitación Oral de la Ohio State University, es oriundo de la provincia del Guamo y mantiene un gran sentido del humor y un repertorio sorprendente de historias curiosas y singulares de la gente del campo, y  no fue fácil para él mantener en secreto en la ciudad, que García Márquez  había sido su paciente, y torear a los curiosos e infidentes que querían coincidir en la cita del escritor para hacerse una foto o pedirle un autógrafo. Una señora que se hizo intensa en este propósito de hacerse una foto con el escritor llegaba dos horas antes de la cita de García Márquez con una cámara dispuesta. Jaime le dijo a su compadre que tenía una mujer que asediaba el consultorio.

Cuando García Márquez la vio le hizo la venia y la cámara se le trabó. “Maestro”, le suplicó, ¿puede repetir la venia? García Márquez retrocedió y le hizo la venia en cámara lenta a aquella señora encopetada, de cabellos azules y deslenguada que parecía haber salido de uno de sus cuentos. Un 6 de marzo del año siguiente, García Márquez invitó a su compadre a celebrar su cumpleaños en el restaurante Ranchería de Bocagrande, con una parranda vallenata.  García Márquez llevó a su madre Luisa Santiaga Márquez.

Cuando Jaime se acercó a saludar a la madre del escritor, García Márquez lo abrazó diciéndole: “Compadre, esta es mi vieja. ¡Jueputa si no!”.  La confianza entre los compadres fue tan intensa y natural que Ángela y Jaime le enviaban a García Márquez, las galletas pizzelles de la nonna Lucía, cada vez que su hermano Jaime viajaba a México. Era como llevar el sabor de aquella noche en Cartagena, luego del bautizo del niño, como masticar el recuerdo y el sabor íntimo de la memoria en una galleta italiana.

Cuando el periodista peruano Julio Villanueva Chang le preguntó a Jaime qué tratamiento le había hecho al escritor para escribir una crónica en 2008, el odontólogo le dio el dato ficticio de que le había extraído la muela del juicio y en reemplazo le colocó un implante. El paciente lo sabía y cuando el periodista lo escribió,  el escritor dijo: “Gazabón no fue ético en contarte eso”. Jaime volvió a contarme la verdadera historia a su regreso a Cartagena, después de la partida del escritor en 2014 y ahora ha vuelto a contármela en este abril de 2015.  La verdad fue que le extrajo el colmillo superior derecho que él le regaló cuando se lo quitó en una pequeña cirugía con regularización del reborde alveolar. 

De la breve e intensa relación de compadres, entre García Márquez y su odontólogo, quedó una amistad perturbada por el viaje repentino de la familia de Jaime y Ángela, a Tampa, Estados Unidos. García Márquez regresó al año siguiente a Cartagena y se encontró con la sorpresa de que ya su odontólogo y compadre no vivía en la ciudad. Él renunció finalmente a su profesión de odontólogo en 2013, luego de irse a Tampa (Florida). Tanto él como su esposa la pintora Ángela Shiappa, Licenciada en Bellas Artes de la Universidad Jorge Tadeo Lozano de Bogotá (1978),  se convirtieron en pastores evangelistas de la Comunidad Cristiana Crearte.  “Desde muy joven, mi padre me estimuló en la lectura y me animó siempre a que leyera los libros de García Márquez, para luego comentarlos de sobremesa”, me cuenta Ángela en este marzo de 2015.

“En mi casa aprendí a admirar su obra, a soñar a través de ella, a viajar con la imaginación de este genio de la literatura colombiana. Fue a través de la profunda devoción que mi padre tenía por Gabo y su obra literaria, que me convertí en una verdadera fans del maestro.  Con mi padre hacíamos competencia de quien lo leería más en la semana, para luego divertirnos en el análisis casero de nuestro Nobel. Nunca jamás se me cruzó en la cabeza que veinte años más tarde, yo estaría casada con el dentista de Gabo. Y mucho más aún, que me convertiría en su comadre gracias a su deseo expresado por sus labios de bautizar  a mi único hijo varón”.   

García Márquez recordaría después que la familia de Jaime y la suya que se había establecido en Cartagena después de venirse de Sucre en 1951, fueron vecinos cuando vivían en el Pie de la Popa, y había una cercanía entre sus hermanas.  

 ¿Qué vas a hacer con ese colmillo?-le preguntó García Márquez a Jaime Gazabón cuando su compadre se lo mostró ya enmontado en oro.  Al principio podía parecer un talismán colgante en su cuello, pero ahora solo es un recuerdo de su vida de odontólogo y de los días y las noches maravillosas compartidas con su amigo y compadre

García Márquez. No es un talismán, sino un regalo de su compadre:  No un molar con tres raíces  como había dicho, sino un colmillo del mejor escritor del mundo, en una incrustación de oro que aún  guarda como una pequeña joya  en  un terciopelo azul.  

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