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El oficio de escritor

No existe escritor, por malo, mediocre, notable o extraordinario que sea, que no se haya preguntado por el oficio de escribir.

No es una pregunta exclusiva de los escritores. Quienes realicen un oficio, el más modesto, el socialmente más noble o inútil, como es en principio el oficio de escribir, se hacen en algún  momento de sus vidas idéntica pregunta.

(...) No se puede, en ningún oficio, repetir las respuestas de los demás porque las preguntas acaso no hayan sido las mismas. Hacerlo es una manera de trampear, de mitificarse usando artificiosamente a los demás, en ocasiones a alguien a quien admiramos o a quien pretendemos emular, con lo cual, por muy brillantes y acertadas que sean las respuestas a preguntas que no hayan sido las nuestras, acaba por revelar un mimetismo que tarde o temprano se hará visible y que, con justicia, podría llevarnos al ridículo.

Deseo, pues, con esta breve ponencia, evitarme la caída en el ridículo y hablar del escritor desde una experiencia personal, probablemente parecida a la de los otros escritores pero experiencia que, por lo personal, revela o pretende revelar mis dificultades y mis aciertos en el oficio. Podría haber elegido a aquellos escritores que admiro y que en algún momento de sus vidas escribieron cosas ejemplares y emotivas sobre el oficio. Podría glosar a la Virginia Woolf de Una habitación propia o al William Faulkner de su discurso con motivo de la recepción del premio Nobel; glosar y simular que comparto las observaciones de que Hemingway desliza en París era una fiesta o las consideraciones de Edward Morgan Forster y H. James sobre la novela, tan reveladoras como las recientes notas que Raymond Carver ha escrito en su volumen La vida de mi padre. Son muchas y tal vez inabarcables las páginas que se han escrito y publicado sobre el oficio del escritor, que varían sutilmente del “oficio de escribir”.

(...)

Escribir empieza por ser una actividad incierta pero más incierto es el inmediato futuro, que empieza por la supervivencia y sigue por la necesidad de hallar un poco de tiempo libre. Es posible que, ya consagrados y liberados de esta servidumbre, muchos escritores gocen del privilegio social que, a la vez, les da sentido a sus obras y, de paso, al oficio de escribir. Esto no basta, sin embargo, para quien empieza en medio de azarosas y desesperadas dificultades: nadie apuesta nada por él, ni en su familia (suponiendo que la tenga), ni en su entorno social. Un escritor es un inútil, improductivo, a menos que demuestre lo contrario. Y demostrar lo contrario puede tardar años, tantos como el consumo de adrenalina, de sueño, de kilos, de esperanzas, e incluso de prestigio, pues no puede gozar de prestigio quien vive al fiado, atrasado en el pago del alquiler, sospechosamente mirado por quienes lo sacan de apuros, y, en últimas, tenido pos un iluso o un embustero por quienes no han tenido la ocasión de ver los resultados de sus desvelos y mitomanías. Porque a medida que el escritor se hace, deja a su paso lo que los demás no conocen, siempre abruma a su auditorio, si lo tiene, con sus proyectos literarios.

Un escritor que empieza es un proyecto incierto, una pluma a la deriva, un sujeto lleno de ansiedades. Lee y busca el camino trazado por sus predecesores y no halla la manera de emularlos. Y si llega a conseguirlo, no será él, el escritor que pretende llegar a ser un día, sino una huella difusa de aquellos predecesores que imita. Si de verdad desea ser auténtico, debe olvidarse de las obras de aquellos escritores que admira. Y esto no es fácil: se cuelan en su prosa o en sus versos con insidiosa frecuencia; pertenecen a su memoria de escritor y nada puede hacer para desalojarlos de allí.

El hallazgo de un estilo o un acento propio suele ser un primer escollo. Y es por momentos tan irrebasable, que el aprendiz de escritor cae en la tentación de mimetizarse en el estilo o el acento de los escritores que admira. Muy a menudo, las formas elegidas también forman parte de este mimetismo. El escritor nace al mundo con tantas rebeldías y tanta inconformidad, que sueña pegar un salto sin precedentes, así como sueña matar a sus mayores, a esos predecesores a los que tarde o temprano (mejor que sea temprano) pretende quitar de su camino. Empieza por creer (creencia ilusoria) que todo empieza con su escritura y por ello hace de ella un amasijo de influencias extraídas de aquellos escritores que sí han hecho una verdadera revolución en las formas literarias o en la manera de escribir. Puede que de este mimetismo salga algún día un acento propio.

(...) He preferido la aventura y el riesgo, el vagabundeo por temas y estilos, algo que, seguramente, obedece a una personalidad cambiante, reacia a fijar su residencia en un solo puerto. Nuestra obra es, en el fondo, nuestra biografía, directa o sublimada. Y en lo que a mí concierne, he tenido, más por azar que por elección, una biografía de nómada.

El nomadismo temático y estilístico de mis cuentos y novelas ha establecido lazos indisolubles con el nomadismo de mi vida. ¿Es esta experiencia parte del oficio de escritor? Temo que sí. Pero temo también que, más debajo de la superficie, siguen estando los temas que me obsesionaron desde el comienzo: la sexualidad y el amor, los conflictos interpersonales, las degradaciones de la política y los simulacros de la historia.

______________

Apartes de una conferencia dictada por Óscar Collazos en la Universidad Javeriana, en 1995, y recogida en el libro Artesanías de la palabra: Experiencias de quince escritores colombianos, publicado por Panamericana, en 2003.

 

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