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El origen de Álvaro Cepeda Samudio

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A veces, todavía, se lee por ahí que Álvaro Cepeda Samudio nació en Ciénaga. Alguna expresión de Álvaro, nada enfática y se diría que deliberadamente equívoca, junto con la circunstancia de que su novela La Casa Grande tiene como epicentro la ciudad de Ciénaga, ha servido de base para este error.

Doña Sara Samudio viuda de Cepeda y después esposa de don Rafael Bornacelli y Montero, en cierta ocasión, medio irritada, me pidió: -Tienes que rectificar esa mentira. Álvaro no nació en Ciénaga; es tan barranquillero como tú. Lo que yo diga sobre el particular tiene un valor irrecusable. Don Luciano Cepeda y Roca, hijo de don Abel Cepeda, político de alguna figuración, orador obligado en las fiestas patrias y quien, aguerrido militante del partido conservador, desempeñó importantes cargos públicos, fue un hombre, hasta que perdió definitivamente la razón, aficionado a la lectura.

Mi padre, José Félix Fuenmayor, con alguna frecuencia le daba libros en préstamo. Don Luciano pasaba todos los días por el frente de mi casa camino a la suya, que quedaba al extremo de la cuadra. En esa casa, que era grande, nació Álvaro.

Yo recuerdo que en la mitad de su enorme patio creció, hasta donde se le dieron las fuerzas, un corpulento "guácimo". La primera vez que recuerdo haberlo visto, Álvaro estaba desnudo, agarrado a los barrotes de madera de la ventana de su casa mientras el aya trataba de vestirlo. Tendría dos o tres años. Creo que desde entonces éramos amigos pues, de paso para el colegio, yo me detenía un momento frente a él y él se quedaba mirándome. Yo era nueve años mayor que Álvaro. Don Luciano Cepeda y Roca murió y no volví a ver a Álvaro en la ventana. Más tarde supe que, con su mamá, se había ido para Ciénaga, en donde ella montó el que era el mejor hotel de la ciudad y en el que, principalmente, se alojaban viajeros de Barranquilla. No volví a ver a Álvaro sino mucho tiempo después, cuando él frisaría en los veinte años. Terminaba estudios de bachillerato en el Colegio Americano donde, el parecer, se había aficionado al basket-ball y a la literatura.



¿Cómo era Álvaro Cepeda Samudio? ¿Da de sí mismo una impresión fiel y suficiente en los cuentos que escribió, en su novela, en sus guiones cinematográficos, en sus notas, en sus crónicas?

Seguramente que no, aunque en todo eso entrega buena parte de su desbordada personalidad. Ahí no están sus carcajadas, sus gestos asombrosos, su lenguaje muchas veces rabelesiano, sus silencios, sus sarcasmos, su entusiasmo, esa capacidad suya para inventar cosas, para concebir proyectos, esa temeridad para desconocer normas. Sus amigos lo recordamos también por su generosidad, por su simpatía, por sus imprudencias, por su arbitrariedad, y desde luego, por sus contradicciones.

...Para tratar de definirlo habría que acudir a muchos adjetivos: generoso, vital, impaciente, anhelante, emprendedor, precipitado, mal hablado, cortés, compasivo, hiriente. No todos de estos adjetivos son entre sí incompatibles, excluyentes, y riñen unos contra otros. Pero era que Álvaro era frecuentemente cambiante y sólo en pocas cosas parecía ser inmutable. La contradicción era en él, muy probablemente, una manifestación de su vitalidad.



  * Apartes del prólogo que escribió Alfonso Fuenmayor para la edición de Todos estábamos a la espera, de El Áncora Editores, 1993.



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CEPEDA SAMUDIO,  UN NOVELISTA SINGULAR



“La casa grande aporta un testimonio nítido sobre una época de la literatura hispanoamericana –mucho más que de la literatura colombiana-, y esto es lo que hace, en su país, la singularidad de la novela de Cepeda y de la producción de García Márquez. Lo que brilla en esta novela –tanto como había brillado en los cuentos de Todos estábamos a la espera- es la conciencia de trabajar con el lenguaje. Dicha conciencia la adquirió Cepeda, como muchos de sus contemporáneos dispersos por América Latina y entonces desconocidos, en sus lecturas de los clásicos y de los grandes autores extranjeros de su época...

Si hay que establecer una comparación de dignidad estética y política, la única referencia posible es Cien años de soledad, cuyos puntos de contacto con La casa grande, va más allá de sus coincidencias geográficas e históricas, y de la amistad personal que unió a sus dos autores, son la soledad. La decadencia familiar, el incesto y otros elementos temáticos de la mayor importancia literaria.

Apasionado por la necesidad de renovar, Cepeda Samudio da la impresión de ser un escritor que se sacrifica como tal y que paga un muy elevado precio por querer contribuir a desbloquear una literatura que a él le parecía conservadora y aburrida.

( Jacques Gilard, 1985.)

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